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Luis Miguel Suárez Martínez
24/06/2018

Una chica sin suerte

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Noemí Sabugal. Una chica sin suerte, La Coruña, Ediciones del Viento, 2018, 189 pp.

 

 

 

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La primera novela de la periodista y escritora leonesa Noemí Sabugal (Santa Lucía de Gordón, 1979), El asesinato de Sócrates (2010), se adscribía a los cánones del género negro. En la segunda, Al acecho (2013), ya se rebasaban las convenciones del género, al añadir a la trama policiaca un conflictivo trasfondo histórico y un hondo planteamiento ético. Pero más allá de las clasificaciones genéricas, destacaba la indudable calidad literaria de su estilo, que la consolidaban como una de las novelistas jóvenes más prometedoras. En su último libro, Una chica sin suerte (2018) abandona los argumentos policiacos para adentrarse en la asendereada vida de la cantante americana de blues, Willie Mae “Big Mama” Thornton.

 

No se trata, sin embargo, de una novela biográfica convencional. Su punto de partida es la exitosa gira que durante cinco semanas llevó a la protagonista por los principales países de Europa: Suiza, Alemania, Reino Unido, Francia... con una breve parada también en España. En correspondencia con esa estructura itinerante, la narración se divide en cinco partes, a su vez segmentadas en breves capítulos ambientados en cada una de las ciudades por las que discurre la gira, desde Baden-Baden hasta Ginebra. El relato se cierra con un pequeño epílogo en el que se sintetiza el contexto histórico de la novela (pp. 182-183). Esta estructura, además de agilizar el ritmo narrativo, favorecido también por el uso de la elipsis, traduce el vertiginoso ritmo de la propia gira musical.

 

Esta vorágine dará pie a la cantante a rememorar su vida, marcada por la pobreza y la mala suerte, dos circunstancias que, por otro lado, están en el corazón del blues, “una música nacida de la miseria” (p. 151). Y es que, como ella misma piensa, “para cantar bien blues, para entenderlo, hay que haber sufrido” (p. 31). En realidad, la crónica de su vida es esa lucha por sacudirse de ambas desdichas. Una lucha que no es fácil, pues la pobreza, aun cuando se haya superado materialmente, es una compañera que siempre acompaña al que nació en ella: “La pobreza es una roña que no se va. Puedes pasarte la vida frotándola con una esponja de oro, pero siempre estará allí” (p. 45). De ahí que, en el fondo, lo que más desee la protagonista en el futuro sea solo un poco más de suerte (p. 181).

 

No muy distintas parecen ser, en el fondo, las circunstancias vitales del grupo de músicos, también de color, que la acompañan; unas circunstancias condicionadas por el contexto histórico y social —la gira transcurre en 1965—, sin duda otro de los temas centrales de la novela. A todos ellos Europa les mostrará a su llegada un mundo muy distinto de la América de la segregación racial y de la guerra de Vietnam en la que malviven de la música, “esa fulana tan traicionera”, como la definirá el propio narrador (p. 34). Europa les asombrará con sus hermosas ciudades y sobre todo con su hospitalidad, con un público que les aplaude y se interesa sorprendentemente por un género musical como el blues, que pensaban preterido por el triunfo de los jóvenes como Bob Dylan, los Beatles o los Rolling Stones. Pero tanta felicidad puede resultar incluso excesiva, hasta el punto de que la misma protagonista llega a preguntarle a otro personaje: “¿No te parece que en Europa todo es demasiado bonito, demasiado? (p. 54). Bien es cierto que ese mundo en apariencia tan perfecto esconde sus propios problemas (el muro de Berlín, el conflicto del Ulster…) que  ellos apenas pueden atisbar en su vertiginosa gira.

 

 

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En cualquier caso, a ninguno de ellos se le oculta que el regreso a su país les devolverá a un ámbito personal lleno de incertidumbres. Y a pesar de algunos signos de cambio social —la lucha por derechos civiles de los ciudadanos de color— y a pesar de algunas ensoñaciones motivadas por la euforia del éxito del momento, lo que predomina en ellos es el desencanto y el escepticismo, que quizás sean los sentimientos que al final prevalecen en la novela.

 

En cuanto al estilo, es de destacar una vez más el dominio del ritmo de la narración; la riqueza del lenguaje —que combina distintos registros desde el coloquial, e incluso vulgar, hasta el más literario, donde sobresale la acuñación de metáforas y comparaciones (p. 174)—; o la notable capacidad para evocar ambientes y lugares mediante pinceladas breves y precisas  —como puede observarse, entre otros pasajes, en las sugestivas descripciones de París (pp. 164-166) o de Ginebra (p. 174)— que dan una vívida sensación de realidad, etc.

 

Todas estas características son signo de una cuidadosa voluntad de estilo ya presente en todas sus obras. No obstante, Una chica sin suerte explora, respecto a sus novelas anteriores, nuevos caminos narrativos, lo que es un loable signo de ambición literaria que consolida la trayectoria de la escritora leonesa.

 

 

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