Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 20/09/2018
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Sol Gómez Arteaga
30/06/2018

Ego

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Veo egos. Por todas partes veo egos. En el trabajo, en la Memoria, en la creación artística, en la política, en el terreno más íntimo de la familia siempre hay quien quiere llevarse el gato al agua (expresión que alude al juego colectivo de tirar de dos extremos de una cuerda venciendo aquel que lleve al otro a su terreno), destacar, sobresalir, ser más guapo y más listo y más popular y más rico y mejor vestido y más más que el prójimo, dentro de una lucha de poder, de dominio, de predominio de unos sobre otros.

 

Aunque cierta dosis de amor a uno mismo es necesaria para no caer en la baja autoestima que impide el desarrollo de la persona. En no quedarnos cortos pero tampoco pasarnos en la valoración propia parece que está el quid de la cuestión. Y para ello es necesario -ya lo inscribieron los griegos en uno de los pronaos del templo de Apolo en Delfos allá por el siglo IV A.C,- conocernos a nosotros mismos, gnóti seautón, identificando los aspectos positivos, potencialidades, fortalezas, riquezas de uno, pero también aceptando los fallos, defectos, limitaciones.

 

Mirarse en el espejo de las propias aguas no para gustarnos, no para darnos caricias de Fierabrás, no para decirnos, cual narcisos absortos en la auto contemplación que solo lleva al aislamiento, lo importante que somos, sino para reconocernos en nuestra condición limitada, finita, y tras este reconocimiento seguir avanzando.

 

Ciertos ‘espejismos’ como tener el convencimiento (falso) de que nos miran, nos espían, controlan cada uno de nuestros movimientos, saben todo de nosotros, nos adivinan telepáticamente el pensamiento, nos persiguen o, en otro orden del pensamiento delirante, creernos seres especiales elegidos para una misión especial, se sustentan en la idea espuria de que todo cuento nos rodea gira en torno a nosotros. Craso error, pues para bien o para mal no somos más que una criatura en el universo, ni menos, tampoco menos, así lo ponía una inscripción hallada en una iglesia de Baltimore en 1692, que los árboles y las estrellas. En este panorama de seres finitos, limitados, contingentes, sustituibles por otros, -la vida sigue aunque  nosotros no estemos en ella-, lo mejor que podemos hacer es no tomarnos demasiado en serio.

 

Mi madre que es sabia tiene un dicho que repite con frecuencia y es que hacer las cosas bien para que parezcan regular. Hay quien llega más lejos y opina que hay que hacer las cosas bien para que sumen. Yo también lo creo. El día que aprendamos a remar en la misma dirección, a trabajar en equipo aportando cada cual el minúsculo granito de arena que buenamente hayamos podido acarrear, compartiendo, no compitiendo, habremos dado un paso de titanes. Y si para ello tenemos que suministrarnos dosis diarias, desayuno, comida y cena, del jarabe de la  humildad, bienvenido sea.

 

Pues tal vez en la humildad, en conocernos bien a nosotros mismos con nuestras miserias y grandezas, en no creernos más de lo que somos, -tampoco menos-, en no tomarnos demasiado en serio y hasta reírnos de nuestras propias taras, esté el remedio o la cura a la ‘lastrosa’ enfermedad de la egolatría.

 

Para terminar confieso que no libre de ella, guardo un sinfín de piedrecillas en el bolsillo que a modo de expiatorias culpas, voy soltando de a poco por el camino.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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