Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/09/2018
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Mercedes Unzeta Gullón
8/07/2018

Billy el Niño et moi

Guardar en Mis Noticias.

 

[Img #37831]

 

 

Conocí a Billy el Niño. Su feudo era fundamentalmente  el edificio A de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Podríamos decir que ese lugar era su reserva de caza. Allí pasaba muchas horas del día, principalmente en el bar, al acecho de sus presas. Sus presas eran todos aquellos estudiantes filósofos e intelectuales que se salieran mínimamente de los cánones establecidos por un estrictísimo régimen franquista que quería demostrar que todavía tenía agallas, fuerza y poder incluso encontrándose en sus últimos suspiros.

 

Billy el Niño era el policía secreta, de la Brigada Político-social, menos secreta de todos los secreta. Pequeño de estatura y con cara de abejorro enrabiado, sus ojos parecían como los de esos insectos, como si estuvieran compuestos de miles de unidades sensoriales que hacen que la visualización sea muy rápida y precisa. Ojos de abeja, ojos de águila, ojos de depredador.

 

Todos los estudiantes le conocíamos. Llegaba al bar de la facultad y se apostaba en la barra con mirada de oteador. Barría la estancia escrudiñando caras y gestos de todos los presentes quienes, sentados en las mesas o en corrillos de pie, tomábamos nuestro café mientras intercambiábamos apuntes, comentarios y risas, pero siempre controlando de reojo los movimientos de ese siniestro personaje. En cuanto alguien detectaba su entrada en el gran recinto del bar una voz anunciando su presencia recorría los oídos en un susurro. “Ha llegado Billy el Niño”, y el ambiente se ponía tenso y empezaba la escapada con cierto aire de desinterés para no levantar sospecha de nerviosismo.

 

Lo peor no era que fueras subversivo (lo que se llamaba subversivo entonces, es decir, un poco protestón), sino que lo parecieras aunque no lo fueras. ¿Y quién parecía subversivo? Pues todo aquel que vistiera de una manera informal o todo aquel joven que luciera barba. Si la barba era oscura y densa, a lo Fidel Castro, estaba ya perdidamente catalogado, sin opción a rectificación, de peligrosísimo rebelde.

 

Yo, entonces, estaba estudiando mi carrera de Antropología en el territorio controlado por el despotismo de este violento y perverso personaje. Un día, era última hora de la tarde, iba caminado de salida por un largo pasillo de la facultad. Era tarde y estaba sola en aquel pasillo. De pronto aparece al fondo un estudiante corriendo a la desesperada de frente hacia mí y detrás, en feroz persecución, un grupo de grises con porra en alto comandados por el conocido personaje que azuzaba febrilmente la carrera de los polis para que alcanzaran a su presa. El número de perseguidores ocupaba todo el ancho del pasillo y el pobre perseguido iba delante como una liebre asustada.

 

Vi que me venía algo muy gordo encima y que no tenía escapatoria, porque correr, yo, no corría mucho, y de hacerlo tendría las de perder. Llegó el pobre estudiante -un joven con bastante pelo y abundante barba negra- a mi altura cuando ya le estaban pisando los talones sus cazadores. Asustadísima opté por pegarme como un sello contra la pared para que no me arrollaran los atacadores y pasar lo más desapercibida posible.

 

Los implacables grises alcanzaron enseguida al barbudo e inmediatamente, sin mediar palabra alguna, le achicharraron a porrazos mientras el pobre hombre se retorcía en el suelo. Cuando Billy el Niño se aproximó a la fatídica escena  se percató de que no era el estudiante subversivo que creía que era, el revolucionario que andaba buscando. Pero la cacería tenía que tener una presa y Billy el Niño consideró que este joven barbudo era su presa aunque no era su trofeo, y ordeno, con bastante irritación: “No, no es este, pero tiene barba, llevároslo”. Y después de descargar sobre el inocente universitario toda la ira acumulada  por la frustración, a base de porrazos, le pusieron en pie y se lo llevaron esposado.

 

Todo este espectáculo pasó a escasos pasos de donde yo estaba, lívida, pegada como muerta a la pared tratando de mimetizarme con ella.  No pasé desapercibida pero yo, en aquella época, era una chica mona y bien vestida, y pienso que el cazador me desconsideró como presa interesante. Billy el Niño me miró fríamente y siguió a sus asuntos ignorándome.

 

Tuve otros contactos directos con este tipo por actos colectivos no autorizados en la facultad, pero nunca llegó a ensañarse conmigo. Otro asunto eran los palos recibidos por los grises, porque no siempre me funcionó hacerme la invisible. Pero ese es otro asunto.

 

A este personaje, que nos acabamos de enterar que cobra por sus méritos policiales, le tenía mucho miedo, le tenía terror. Conocía su crueldad ya desde 1969, cuando yo tenía 17 años y cursaba Preu. Entonces tenía una amiga muy cercana que se llamaba Beatriz Ruano. Un día de enero de aquel año, su querido hermano de 21 años, Enrique Ruano, es detenido por la policía mientras repartía propaganda del Frente de Liberación Popular. Tres días más tarde la policía afirma que se cayó por una ventana de un séptimo piso tratando de huir. La familia y los amigos nunca creímos esa versión. En seguida supimos que Billy el Niño (con sus 23 años), había sido el autor de la trágica muerte, que había sido él quien había arrojado a Enrique por la ventana.

 

Billy el Niño, autorretrato. Mientras tortura a otro estudiante, un compañero poli le advierte de que tenga cuidado con la paliza que le está dando porque lo va a matar, pero él continua liberando a golpes su rabia contra el joven mientras contesta al compañero con total impunidad: “No importa (si se muere), hacemos como con Ruano, lo tiramos por la ventana y decimos que se quería escapar”.

 

Ese es Billy el Niño. Y no digo ‘era’, en pasado, porque tantos años siendo un sádico es seguro de que esa característica es parte de su esencia, parte de su ADN, no de una situación. Y bien contento él con su apodo y con su crueldad. ¿Cómo es posible que hayan pasado tantos años sin que nadie haya hecho revisión de su inhumano comportamiento, públicamente conocido, y de los beneficios que disfruta  desde entonces por ello? País.

 

O témpora, o mores

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress