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Luis Miguel Suárez Martínez
8/07/2018

Conmoción celeste

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Javier Lostalé. Cielo. Vandalia, 89 pp.

 

 

 

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Aunque Javier Lostalé (Madrid, 1942) se dio conocer en la antología Espejo del amor y de la muerte (1971), hasta finales de los noventa su obra poética pasó prácticamente inadvertida para un gran sector de la crítica y del público, preterida por su labor periodística, tan relevante para la cultura española. Aquellos primeros libros —Jimmy, Jimmy (1976), Figura en el paseo marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998)— dilatados en un periodo de más de veinte años, le catalogaron como discípulo de Aleixandre. Con el nuevo siglo, su obra irá adquiriendo una mayor relevancia, a la vez que toma un sesgo más personal, con la publicación de La estación azul (2003), —uno de sus libros más destacados—, Tormenta transparente (2010) y El pulso de las nubes (2014). En estas dos últimas, con ciertas influencias de Rilke, su lenguaje poético se concentra y se depura.

 

Su último poemario, Cielo (2018), título extraído de un verso de Manuel Altolaguirre que figura aquí como lema, enlaza con los dos anteriores en esa línea de depuración y despojamiento expresivos. Los treinta y cuatro poemas que lo integran están precedidos por un prólogo del autor (pp.11-12), en el que se adelantan sus claves temáticas y formales, y van clausurados por un epílogo de Diego Doncel, 'La realidad sublimada' (pp. 83-87), que ofrece un breve panorama de la trayectoria poética de Javier Lostalé  y un breve y atinado análisis de Cielo.

 

El texto inicial, 'Regresas' (p. 15), plantea el núcleo temático de todo el libro: la rememoración de un pasado que ya no existe, o que incluso nunca existió; un pasado cuyo signo fundamental es el amor, o más propiamente, el desamor, sentimientos, que como el propio poeta señala en sus palabras preliminares, constituyen la “columna vertebral” de su poesía (p. 11). Y, en efecto, los poemas giran de manera recurrente en torno a la memoria de un amor más deseado —o soñado— que vivido, hasta tal punto que el texto que mejor sintetiza esta situación es el que se titula significativamente 'No amado' (p. 39). De ahí las constantes expresiones negativas y las referencias a lo que no fue: 'tu amor sin destino' (p. 17), 'aquello que no fuiste' (p. 19), “llama muda /  de cuanto no amaste” (p. 19), “pasión / sin otro destino que su propio ardor” (p. 21), 'lo que nunca llegó a existir' (p. 71), etc.

 

De esta manera, la experiencia amorosa va unida a la soledad y el vacío: “Tan grande es tu vacío / que cualquier esperanza es vértigo” (p. 37); “Quien creyó amar / se abraza a espejo desierto (p. 41);  “No hay espacio más hondo / que el de un alma habitándose en su soledad” (p. 81). Incluso la naturaleza se revela como un espejo del aislamiento del poeta: “Ese árbol pequeño / no busca amparo / en ninguna mirada humana (…). Ese árbol eres tú, / solitario canto enamorado” (p. 43). Esa sensación de desamparo y decepción no hace sino acentuarse por el paso del tiempo y la consciencia de la muerte: “Soñar fue, / lo sabes ahora / que la muerte ya te espera, / la única verdad de tu vida, / y en tu cielo sin nadie / constelación fue el olvido” (p. 73). Por eso, este ejercicio de memoria vital cae en algunas ocasiones en el más profundo abatimiento: “De todo lo vivido / ya no queda / sino su engaño” (p. 29); Ciego error fue tu vida, / cielo caído sin tumba / de tanto sueño sin aurora (…) rosa nunca mirada, / lumbre sola / de beso deshabitado (p. 31).

 

Sin embargo, al final permanece una actitud de firmeza frente a la angustia y la amargura: “Haz de la necesidad pureza / y del olvido inocencia” (p. 29). De hecho, el poema que clausura el volumen, 'Cielo completo', se inicia con un verso revelador: “De nada te arrepientas” (p. 81). Porque, el amor, incluso frustrado, es capaz de dar sentido a la vida: “Aunque nadie ya te espere, / tu única verdad es saber / que en amor, aun sin rosa, todo es inmortal” (p. 79).

 

 

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En último término, el amor tiene su justificación en el poema —son diversas las referencias al mismo ejercicio de la escritura—, un espacio en el que el desamado se redime y se acaba borrando: “Quien al escribir este poema, / darte quiere sueño y nombre, / definitivamente te borra” (p. 37); “quien ama / sin nunca haber sido amado / escribe ahora este poema / en el que se va borrando, / mientras su escritura / no deja de sangrar” (p. 54). Cobran así sentido las palabras del propio Lostalé en su prólogo, titulado reveladoramente 'Consumación': “la alteración del ánimo se acerca a una conmoción donde todo el ser entra, hasta el punto de crearse un espacio tan puro que existe la tentación de en su verdad desaparecer. La desaparición existe en Cielo, un impulso al borramiento como entrega a lo que ya no tenemos o nunca tuvimos, pero en lo que realmente fuimos y somos” (p. 11).

 

A este tono meditativo le corresponde un estilo conciso y concentrado, casi siempre parco en la adjetivación, con versos predominantemente cortos que conforman poemas breves, con un ritmo a veces apoyado en la anáfora y el paralelismo (pp. 45, 47, 49, etc.), que en alguna ocasión culmina en un cierre casi epigramático (pp. 53-54). Es de destacar en el plano léxico, la acuñación de verbos —'desnacer' (pp. 23, 61, 73…)— y derivados verbales —'desconcebida' (p. 41)— o el uso insólito de otras construcciones también verbales —“En daño la memoria atardece / cuanto nunca fue  (p. 41)—, etc., características, por lo demás, presentes en otros poemarios del autor.

 

En definitiva, Cielo ofrece un ejercicio de introspección en la memoria amorosa del poeta, en la que el tono reflexivo no carece, sin embargo, de emoción, rasgos que Lostalé, según recuerda muy pertinentemente Diego Doncel en su epílogo (p. 85), sabe fundir de manera muy efectiva.

 

 

 

 

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