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Eloy Rubio Carro
29/07/2018
ENTREVISTA / Javier Gomá Lanzón, filósofo

"Ser mortal representa una aventura superior a todas las conquistas de Alejandro Magno o Colón"

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Javier Gomá Lanzón ​​es un filósofo, escritor​ y ensayista​ español, autor de la Tetralogía de la ejemplaridad​ y de un monólogo dramático.​ Es también director de la Fundación Juan March.​ La semana pasada participó en los encuentros de la Red Europea de Traductores en Castrillo de los Polvazares, amparados por la Universidad de Kiel, e impartió una conferencia para la VI Escuela de Traducción en Astorga organizado por la ULE

 

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Eloy Rubio Carro: Usted habla de imagen de una vida como forma de perduración del individuo. ¿Podría explicarnos brevemente esto?

 

Javier Gomá Lanzón: Cuando te vas haciendo mayor, más intensa es la sensación de que todo es caduco, ya que tú mismo te percibes vulnerable y ves que los demás lo son, y algunos incluso van desapareciendo. Entonces te preguntas dónde puedes encontrar una morada perdurable, algo que escape a esa ley de la caducidad, y es de esta pregunta que me ha acompañado desde muy temprano, que pensé que hay dos maneras en las que podemos encontrar una cierta perduración: una es la labor artística, cuando es perfecta y tiene valores que la hacen perdurable, y otra es la ‘totalidad de una vida’,  cuando es recordada por quienes sobreviven. Lo importante de mi libro no es tanto que algo perdure como que algo sea digno de perdurar, porque todavía perdura Hitler lo que no lo hace digno de perduración. Y tener una vida, como en ‘La imagen de tu vida’ se dice, que sea una invitación a una vida digna y bella y que fuera una exhibición de dignidad y de belleza de lo humano, eso es digno de perdurar, y por ello sería algo que también escaparía a la ley universal de la caducidad.

 



Cuando habla de la vida lo hace de las formas de morir en la actualidad y utiliza las siguientes palabras “Obligarlos,  a los ancianos, a afrontar la conocida sucesión de decadencia, desesperación, espantos, agonía, corrupción y pudrimiento (...)” ¿Qué  habría que hacer y quién debería de acometer esa humanización de la muerte?

 

En realidad esta es una observación por una parte trágica, pero por otra parte tiene un acento humorístico, porque es una queja que el autor de esas líneas eleva al arquitecto universal y le dice en unos párrafos anteriores: “esto se hubiera podido mejorar con un poco de imaginación”. Con ese poco de imaginación podríamos haber hecho otra muerte... Podríamos en primer lugar haber evitado la muerte. No hubiera pasado nada porque nos hubieran hecho como a los dioses, que naciéramos pero no muriéramos. O al morir podríamos pasar a otra forma de existencia más amable como la apoteosis en los griegos, transformarse en un dios como en la tradición cristiana de la Asunción de la Virgen, o también se podría haber imaginado una manera de morir en la que la naturaleza proporcionara placer, dignidad y belleza a los últimos días, algo, en fin, dotado de cierta belleza, de cierta elegancia, O, si no estuviera dotado de belleza y elegancia, nos infundiese placer o serenidad o esperanza o amor. Lo que tenemos es particularmente feo. La literatura y la historia nos han dado ejemplos de otras opciones a través de la mitología, a través de las creencias religiosas en clara mejoría con respecto a lo que tenemos. ¿Por qué ha de ser esto así? Me estoy refiriendo a la propia evolución de la naturaleza.  Otra cosa es que esa sucesión de decadencia, muerte, corrupción, incluso en las condiciones actuales, se pudiera vivir con dignidad aunque haya gente que lo viva así.
 


¿Qué quiere decir que lo que pueda sobrevivir de cada individuo sería de “una objetividad que trasciende al sujeto y que al mismo tiempo lleve su marca"?

 

Se trata de la obra de arte. Ahí defino la perduración de la obra de arte, porque en realidad es una de las dos maneras de trascender la ley de la caducidad universal, la otra es la ejemplaridad de vida póstuma, la imagen de la vida. La diferencia es que en la imagen de la vida sobrevive una imagen personal, mientras que en la obra de arte lo que perdura no es el autor sino la obra; y además, si el artista es el individuo más egocéntrico existe, no es egoísta. Es egocéntrico porque se alimenta de sus propias vivencias, pero no es egoísta porque su obra es independiente y emancipada de su autor. En otro caso, la cosa se queda en mera proyección sentimental, mera evacuación. Por ello se habla de la conversión en un objeto, la obra de arte, que cuando verdaderamente es arte, se emancipa de su autor

 

 

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¿Pero eso no depende solo de él? Pues bien pudiera tener esas intenciones y no crear una obra de arte si no fuera reconocida, pudiera pasar que alguien que produjera con esa intención se encontrara con que la recepción no fuera…

 

Esta mañana en la conferencia argumentaba que los genios desconocidos no existen. Y es que la verdadera obra de arte siempre tiene recepción. No existe la figura de un genio incomprendido. Cuando tiene una vida truncada como la de Van Gogh, en la que él no ha asistido a su propio éxito, puede pasar(…); pero cuando una persona tiene una vida larga asiste a su propio éxito, pues el talento es el bien más escaso y la sociedad, que puede resistirse a recibirlo durante un tiempo, a la larga termina por adoptarlo y reconocerlo.

 



¿Cómo es eso de que una imagen luminosa y ejemplar de la propia vida pudiera interpelar a todos universalmente y sin excepción?

 

Porque cuando hablamos de una ejemplaridad yo me refiero a una ejemplaridad igualitaria, no a esa ejemplaridad, que ha estado vigente durante milenios, de una minoría selecta que se proyecta sobre una masa que tiene que ser dócil, y si es indócil la llamamos la rebelión de las masas. Hablo de una ejemplaridad que interpela a cualquier persona y cuando una ejemplaridad igualitaria y universal muere (...) Diríamos que es una imagen ejemplar de la vida cuando proyecta una imagen luminosa de lo humano, que a cualquier persona que lo contemplara le ayudaría a vivir. En definitiva la teoría que propongo, que es como termina el monólogo final del libro, es una invitación a una vida digna y bella. El concepto de ‘imagen de la vida’ alude a una ejemplaridad póstuma que sería entregada como un legado a los que le sobrevivan y sirva como modelo luminoso que invita a vivir recordando el valor de lo humano y el valor de dignidad de lo humano.



Le reformulo una pregunta que usted se hace en ‘La imagen de la vida’, ¿dónde reside lo humano para la conciencia moderna?

 

Es que esa frase se puede contestar de diferentes maneras. Hay una imagen de lo humano que yo critico, la de que para la conciencia moderna, entendiendo por tal la del siglo XVIII y XIX, lo humano reside en lo excepcional, en lo diferente, incluso en lo excéntrico, y es una visión cuya máxima expresión sería la de John Stuart Mill en ‘On liberty’, ‘Sobre la libertad’, que viene a decir que la  individualidad es excentricidad. Excentricidad significa una individualidad no imitable, porque todo el mundo se quiere diferente y tiene algo de aristocrático, ya que solamente estaría reservado a determinadas personalidades poderosas, excéntricas, los aristócratas que se recrean en ser excéntricos. Y frente a ello, en mis libros he propuesto una ejemplaridad igualitaria, en la que lo más poderoso consistiría en que todos los hombres y mujeres vivimos y envejecemos. Esa asunción involucra un dramatismo épico no inferior al de los héroes míticos, al de los grandes caudillos creadores de pueblos o de continentes.

 

Cualquier individuo que muere, vive y envejece participa de esa épica y en ese sentido puede aspirar a lo máximo, a la excelencia en la vida y a la imagen de la vida póstuma. Este es un concepto que en la conciencia moderna, que entiende lo individual como lo excéntrico, estaría excluido. 

 

 

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Usted recupera el término ‘sublime’ y lo hace inclusivo al de belleza. Lo bello y lo sublime no serían cosas diferentes, moralizando ambos conceptos. Lo que le lleva a calificar la “verdadera ejemplaridad de vida”, ahora de carácter democrático, como ‘belleza sublime’. ¿Asumir la propia mortalidad sería entonces el mayor acto de sublimidad al que podríamos acceder? ¿Cómo puede ser que en ese ‘yo del montón’ reverbere la gloria del antiguo héroe homérico?

 

Continuando con la pregunta anterior, los griegos consideraban que la belleza y lo sublime formaban parte de una unidad. La belleza puede ser la belleza de la forma, la de la luz, y en cambio lo sublime es lo que es tan extraordinario y tan grandioso que tiene un aura propia; pero aún así eran compatibles. En la modernidad se divorcian, por una parte lo bello y por otra parte lo sublime, ese sublime no bello que llega a tocar lo sublime casi perverso. Eso significa que prácticamente no habría una belleza de lo grandioso, de lo extraordinario. Cuando no habría una tarea ni una aventura ni una empresa superior a la de ser mortal. Ser mortal representa una aventura superior a todas las conquistas de Alejandro Magno en Asia, al descubrimiento de América por Colón o a todas las conquistas de Hernán Cortés o a la obra más prodigiosa que pudiéramos imaginar. Si hacemos residir lo grandioso en acontecimientos espectaculares la mayoría de la gente estaría excluida de lo grandioso; pero si hacemos residir lo grandioso en el hecho de que somos personas dotadas de una dignidad infinita pero destinadas a la indignidad de la corrupción y de la muerte, en ese destino y en ese dilema estaría involucrado algo realmente épico, y entonces cualquier persona del montón, de esa ejemplaridad sin relieve, cualquier humano que pierde el tiempo en un atasco para volver a su casa después de una jornada de trabajo involucraría al héroe más sublime de toda la antigüedad, como si fuera el  Aquiles de la Ilíada. Es para destacar esa grandeza que propongo recuperar el concepto de lo sublime.

 



Usted dice que la manera marginal española de pensar abre las puertas a interpretaciones diferentes a las que provienen de la ‘imagen conceptual del mundo’, las cuales no permiten construir una ‘imagen de una vida’ ¿Podría  explicarnos en qué consiste esta manera de pensar a la española?

 

Habitualmente se ha hecho consistir lo filosófico en sistemas filosóficos muy a la imagen de la ciencia; son filosofías conceptuales y sistemáticas. Y España en la historia de la filosofía entendida de esta manera no representaría ni una nota a pie de página. Pero si no le damos al sistema conceptual el monopolio de lo filosófico, y admitimos que hay maneras de pensar no sistemáticas y no científicas, podremos comprobar que en la historia del pensamiento español hay mucha filosofía derramada en otros géneros. Y así tendríamos la poesía mística, o el teatro de Calderón, o las obras de Cervantes, o a Vives, o a Saavedra Fajardo, o el propio Unamuno que es capaz de escribir tratados filosóficos, pero también poesía, literatura, libros de viajes, en los cuales hay elementos que dan que pensar más que el tratado filosófico de factura científica. Cuando no le atribuimos a ese modo de pensar más científico el monopolio del pensamiento y nos abrimos a otras maneras de pensar resulta que España, que en la primera forma es como mucho nota al pie de página, en esta segunda forma es una potencia mundial.

 



Cuándo en España el patriotismo está impregnado de ideologías, usted habla de repensar la historia como la ejemplaridad de ciertas personas, como fuera el caso de Cervantes, Velázquez, Goya, Picasso ¿Tiene esto reminiscencias aristotélicas atemperadas con la construcción biográfica de la que habla Ortega?

 

Aquello que habla Ortega de la razón histórica sí. Lo que sucede es que en Ortega todo está atravesado de aristocratismo, siempre habrá una minoría selecta que debe de influir en una masa cuya principal obligación es la de ser dócil.  Pero pedir que la inmensa mayoría de la ciudadanía simplemente sea dócil es disminuirla a una minoría de edad, convertirla en discapacitada ética y política.  Dado que todo el mundo es ejemplo porque su vida produce una influencia en su entorno, trataría de que ese ejemplo fuera civilizador, virtuoso. Eso sería en cierta manera el concepto de ‘ejemplaridad de vida’.  De lo que se trataba era de trasladar esa razón ejemplar al ámbito histórico. Tantas veces hemos puesto el acento en las grandes figuras de raíz ‘caudillesca’, que admiramos por sus hazañas, por sus gestos militares; otras veces la historia ha puesto el acento en fechas, en aspectos socioeconómicos, geográficos y tanto una como la otra con frecuencia han llevado a la controversia y a veces incluso de manera violenta. ¿Qué  ocurriría si tratamos de reescribir, sin que esto signifique que sea la única manera de hacerlo, la historia de España desde la perspectiva de la eminencia de determinadas personas que suscitan consenso, y ahí vamos al ejemplo de 1812, que es un año que es interpretado de manera dispar por liberales, tradicionales, conservadores, progresistas, afrancesados y casticistas, y sin embargo la figura de Goya genera consenso ¿Puede ocurrir que allá donde la interpretación de los hechos o las fechas generan discrepancias, determinadas personas eminentes generaran consenso? Y ya que estamos tan necesitados de ir trenzando consensos es por lo que yo propongo, reescribir la historia de España desde el punto de vista de la ejemplaridad de de esas personas o dicho de otra manera, una razón histórica ejemplar.

 

 

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Usted se plantea que tras la liberación del individuo producida en los dos últimos siglos queda pendiente una socialización que organice los sentimientos, que discipline las inclinaciones espontáneas, que facilite un uso virtuoso y civil de la libertad, aceptando algunas reglas íntimas a la convivencia y promoviendo la concordia social. ¿Se trataría de una propuesta de recomposición de los debilitados lazos entre individuos y su sociedad? ¿Cómo podría hacerse esto?

 

Esta respuesta tiene muchas dimensiones, una de ellas es que el descubrimiento de la individualidad que gesta la subjetividad moderna acaece en los siglos XVIII y XIX. El sujeto se encuentra fascinado por su valor infinito, al tiempo que por todas partes se encuentra esclavizado por reglas que ha heredado de épocas anteriores. Entonces se inicia un proceso de liberación, una liberación frente a la ética tradicional y las costumbres ancestrales. Todo ello va conspirando positivamente para ir ampliando las fronteras de las libertades. El yo, la subjetividad moderna se descubre a sí misma pero con el inconveniente de entenderla de manera antisocial. Concibe la libertad como una reivindicación de la libertad frente a todos los poderes que traten de limitarla, que normalmente son de índole social. Tenemos así una subjetividad muy antisocial, exaltadora de la de la libertad individual, que desprestigia a todo aquello que le ponga límites. Mi convicción es que ese proceso de liberación subjetiva frente a la dominación social alcanza un máximo y ahora se trata no tanto de ampliar esas fronteras, sino de una asunción positiva de ciertos límites. Límites que no empobrecen nuestra libertad sino por el contrario la enriquecen. Suelo poner el ejemplo del lenguaje: el lenguaje es una gramática elaborada por la sociedad y sin embargo cuando lo respetamos somos capaces de pasar de un estado de barbarie a un estado de ‘logos’, de discurso con razón. Esto ejemplificaría que tenemos que dar nuevo prestigio a determinados límites que además, nos constituyen como individuos. Ya no se trata de ser libres, sino de ser libres juntos. Este ser libres juntos implicaría una urbanización del corazón, la asunción de determinados límites, la reglamentación de los instintos no como negación, sino por la educación.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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