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Javier Huerta
5/08/2018

César Vallejo en Astorga

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Hace unos días ha tenido lugar en la Casa Panero un curso sobre César Vallejo y las vanguardias con la presencia de destacados especialistas: Javier Díez de Revenga, José Luis Bernal, José Enrique Martínez, Alejandro Sanz, Carlos Javier Morales, Niall Binns, Javier Gómez Montero, Petra Strien, entre los veteranos, y Clara Isabel Martínez, Juan Gómez Espinosa, Sergio Santiago, Javier Domingo, entre los más jóvenes. Como pretexto, el centenario de la aparición de Los heraldos negros, primer poemario del poeta peruano, fallecido en París en 1938, es decir, hace ochenta años. Leopoldo Panero lo había invitado a su casa de Astorga en el verano de 1931, inaugurando así una costumbre que, pasados los años, extendería a otros escritores: Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, José María Valverde…

 

Panero vio siempre en Vallejo, nacido en 1892, no solo un modelo de poeta sino también todo un referente moral. En cuanto a lo primero, representaba para él el magisterio de quien sabe evolucionar desde la experimentación vanguardista ˗Trilce˗ a la poesía rehumanizada y esencial: Poemas humanos y, sobre todo, España, aparta de mí este cáliz, sin duda uno de los poemarios imprescindibles del siglo xx. En 1948, justo a los diez de su muerte en París, Panero le dedicó una estremecedora elegía, mil veces reproducida, cuyos versos valen por el más sesudo ensayo sobre su obra: “Indio bravo en rescoldo y golondrinas culminantes de tristeza, / había venido, había venido caminando, / había venido de ciudades hundidas y era su corazón como un friso de polvo, / y eran blancas sus manos todavía, / como llenas de muerte y espuma de mar; / y sus dientes ilesos como la nieve, / y sus ojos en sombra, quemados y lejos, / y el triste brillo diminuto de su mirada infantil”.

 

Años después, Panero volvería a cantarlo en el fragor de su desencuentro con Pablo Neruda, otra de sus grandes admiraciones. Al poeta chileno y al peruano les unían unos mismo ideales comunistas, pero la praxis de esos ideales fue bien distinta. Neruda estuvo siempre arrimado al oficialismo, el llamado gauchisme de salón. No le importó poner sus versos, incluso como agente de la KGB, al servicio de una causa que pronto se descubriría llena de miserias y horrores. Sus odas a Stalin hoy no pueden provocarnos sino sonrojo y vergüenza ajena, lo cual no quita para que lo tengamos como el gran poeta que fue: Veinte poemas de amor (cuya lectura desaconsejan hoy, por cierto, algunos majaderos y majaderas por su presunto contenido machista), Residencia en la tierra y buena parte de Canto general ˗la menos afectada de sectarismo˗ son cumbres de la poesía de todos los tiempos.

 

Vallejo, en cambio, no se plegó a ningún poder, como lo prueba su muerte en la pobreza, luego de padecer privaciones sin cuento. Su caso es similar al de otro gran poeta comunista, Miguel Hernández, que, en plena guerra civil, se enfrentaría con algunos camaradas que llevaban una vida muelle en la retaguardia. Cuentan las crónicas que un día llegó del frente y fue invitado a un acto oficial de la Alianza de Intelectuales Fascistas, sita en un palacio madrileño requisado, en el que corría el champaña, y el caviar ruso abundaba en las mesas. Aquella ostentación, en el Madrid hambriento de la guerra, pareció obscena al poeta de Orihuela, que dedicó a Rafael Alberti y María Teresa León unos epítetos irreproducibles, que merecieron de la escritora una sonora bofetada. Años después, mientras sus antiguos compañeros disfrutarían de un cómodo exilio, Hernández moriría en las cárceles franquistas.

 

Miguel Hernández, César Vallejo, dos poetas de altura y de talla moral indiscutible, por encima de ideologías y políticas, siempre pasajeras frente al fulgor inmarchitable de la palabra poética. Y una gran noticia como colofón del curso. El agregado cultural de la Embajada del Perú, Alonso Ruiz Rosas, que asistió a la inauguración y que también es poeta, prometió todo el apoyo de su institución cuando el Ayuntamiento de Astorga decida vestir la sala de la Casa Panero que llevará el nombre de César Vallejo. En sus palabras, será el primer espacio dedicado al escritor peruano en toda Europa. Astorga no puede desperdiciar la ocasión de sentirse así de honrada.

           

 

 

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