Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 16/08/2018
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Texto: Silvia Abad Montoliu. Foto: Elena Rodríguez
5/08/2018

Pertenencia

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Silvia Abad Montoliu, es una de nuestras poetas más jóvenes y que ha publicado un libro impagable y maravilloso y extraño "La noche que dejó de ser un animal", editado por Producciones Infames & Tam-Tam Press, en colaboración con el sello Mr Griffin, en 2016

 

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Ciara no conocía esa ciudad. La había visto en fotografías y en un par de documentales y había ojeado ligeramente algún mapa para no hacer el ridículo llegando tarde a la oficina el primer día. Durante la primera mañana en esa casa, que no parecía suya, colocó sus escasos muebles de forma aleatoria contra la pared y preparó una cafetera. Después llamó a su hermana desde la tarjeta prepago que había comprado en la estación el día anterior para avisarle de que todo estaba bien.

 


Repasó mentalmente las directrices de Martín mientras abría las cajas, perfectamente embaladas pero llenas de abolladuras por el pésimo servicio de transporte que había contratado. Tras un rato pensando en el tema, los pensamientos intrusivos eran constantes, así que decidió tomarse un ansiolítico para calmarse; todo esto era demasiado. Y al día siguiente, debía afrontar las presentaciones y las preguntas de los nuevos compañeros.

 


Colocó las películas y libros en la única estantería que tenía y se paró a releer algunos de sus fragmentos favoritos. Desde que todo esto había comenzado, no había tenido apenas tiempo de hacer las cosas que le gustaban. Ya apenas salía, apenas hablaba. Debía meditar concienzudamente sus palabras para que estas no pudiesen ser interpretadas como un ataque o, peor aún: como un deseo. Su vida era la de un fantasma.

 


Cuando quiso darse cuenta, eran prácticamente las siete. Siguió colocando el contenido de las cajas, pero esta vez se movía deprisa, intentando no detenerse demasiado. Se había propuesto comer y dormir bien, a horas decentes. Le vendría bien para encauzar su vida en esa ciudad que no conocía, en esa casa que no parecía suya.

 


No se había duchado desde el día en que su viaje había comenzado, varios días atrás. Sudada y con el pelo lacio, Ciara se dejó caer en el sofá con la televisión encendida. Todas las persianas estaban bajadas para evitar que el calor asfixiante entrase en el apartamento, pero aun así una fina corriente recorría la sala. La luz anaranjada de las farolas dibujaba pequeñas gotas cálidas en el gotelé, que desaparecían cada vez que un coche pasaba, ensordeciendo a la presentadora de aquel programa del corazón.

 


Cuando sonó el teléfono, estaba a punto de quedarse dormida. Era Martín, su abogado; sólo él y su hermana tenían ese número, pero se sobresaltó igualmente. A Ciara no le resultaba agradable que la llamasen por teléfono ni que tocasen el timbre. Pocas cosas le resultaban agradables. A veces, cuando caminaba por lugares donde nadie la conocía, temblaba pensando que los que pasaban sabían todo sobre ella.

 


Martín había llamado para recordarle los pasos a seguir. Otra vez. No llamar la atención, no dar datos demasiado personales, nada de visitas. Cuando se despidió y colgó ya no tenía tanto sueño, así que decidió hacer lo que llevaba retrasando ya una semana. Sacó varios botes de plástico de una de las cajas que se amontonaban en el pasillo y se dirigió al cuarto de baño. Dejó actuar la crema blanca sobre su cabeza, se dio una ducha y observó durante un rato con lágrimas en los ojos a esa Ciara con el pelo teñido de color castaño, tan mayor y seria.

 


Se vistió y bajó a la calle, buscando alguna tienda que estuviera todavía abierta. Por suerte, encontró una tienda asiática en la calle de al lado. Compró algo de comida y un paquete de tabaco y volvió por donde había ido, angustiada. Cuando llegó a la casa apenas tenía hambre, pero se obligó a engullir algunos trozos de pan y queso, que pasaban con violencia por el nudo de la garganta y caían como plomo en el nudo del estómago.

 


Ciara estaba decepcionada consigo misma: eran las once y media de la noche y seguía despierta. Para no sentirse del todo inútil, decidió acabar con las cajas de una vez por todas. Le pesaban las extremidades, pero sabía que, si no lo hacía ahora, acabaría no haciéndolo nunca, y necesitaba sentir que ese lugar era en parte suyo, o se volvería loca.

 


El contenido de la gran mayoría de ellas carecía de un verdadero valor. Lo único interesante eran las fotos de la familia, del grupo de amigos, de los viajes, que debían quedarse escondidas en los cajones de la cómoda. El resto eran cazuelas, un set de platos y vasos de plástico de colores, un mantel, una manta. En la última caja, entre papeles de la Seguridad Social, un bote lleno de monedas de céntimo, una cafetera y
un paquete de pajitas, Ciara encontró una nota en la que él, su acosador, había escrito el nombre de esa ciudad que Ciara no conocía y la dirección de esa casa, que ahora era suya.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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