Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 25 de Agosto de 2018

Las rendijas fabuladas de Lala Isla

 

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Se presentó en estos días el libro de Lala Isla: Las rendijas de la desmemoria.  Efectivamente se trata de rendijas y de desmemoria.

 

En su presentación por José Cabañas, José Antonio y Juango Perandones se hace hincapié en la ‘fabulosa’ documentación que aporta. A los presentadores les corresponde el ensalzamiento.

 

Conozco bien a Lala desde la infancia, amistades de familia, y desde hace unos veintitantos años hemos llevado una estrecha relación. Mi molino le ha servido de refugio anual de las nieblas y tristezas londinenses durante todos estos años. Esta cercanía y el constante nombramiento de mi persona en su libro me da venia para hacer algunas consideraciones.

 

Es un libro curioso. En la primera parte, casi la mitad del libro, Lala trata de boquear en un proceloso mar social de su infancia que recuerda con auténticas veleidades de high-class, todo ello apoyado por los recuerdos de una madre de memoria acaso distorsionada por la edad y por la depresión crónica en la que vivió sumergida la mayor parte de su vida, quien también padecía de suspiros suntuosos. Esos recuerdos no pueden ni deben considerarse como datos históricos.

 

A través del libro parece como si Lala Isla quisiera reafirmarse públicamente en una histórica categoría social haciendo auténticas ostentaciones familiares. Veleidades. Se podría pensar que trata de reflejar una cierta sociedad de la época, pero no, no es un estudio sociológico de clases sociales de una época, es una exposición de  trasegados recuerdos en clave de alarde de estatus. Es como si una necesidad de grandeur inflamara su imaginación.

 

Parece, además, que para resaltar el nivel económico y de clase que quiere hacer patente de su familia necesita desprestigiar a personas de la época, y lo hace repetidamente y con impasible soltura.

 

Dicho esto, esa gran parte del libro tiene un valor histórico muy relativo, un valor de historia fabulada. En ella habla de personas de la época interpretando con largura imaginativa datos puntuales. Por ejemplo habla de mí y da datos personales míos que nunca me consultó, que se saca de la manga, como el  que yo compré con el dinero de mi divorcio el molino, y ni estoy divorciada ni compré lo que compré con dinero de divorcio alguno. Hay muchos datos míos y de mi familia, e infinidad de no míos y de otras familias que, aún siendo irrelevantes, son falsos y molestan a los aludidos por su inexactitud.

 

Tampoco  se entiende muy bien a cuento de qué viene la narración de infinidad de detalles y anécdotas, ajenos y propios, absolutamente triviales pero expuestos como esenciales. Incluso a veces después de narrar algo con énfasis de verídico acaba la frase con una coma y un ‘creo’. Es decir que todo lo que ha dicho anteriormente lo supone, puede o no puede que sea cierto. Te deja desconcertado en su lectura. ¿Qué finalidad busca al contar algo que no sabe si es o no es? A mí se me escapa.

 

En los capítulos de la guerra. Recoge información del periódico astorgano de la época y  los interpreta a su manera. Por ejemplo en el periódico pone que tal persona ha hecho una donación importante en apoyo del movimiento franquista. Ella supone que esta persona, conocida en la ciudad, ha donado los bienes para salvar el pellejo y asegurarse la vida porque es republicano y, en lugar de informarse y preguntar, da por buena su suposición y así lo afirma en su libro. La familia que lo lee se indigna. Para nada corresponde con la realidad de los hechos. Le pide explicación. Ella justifica su falta de averiguamiento por suponer que  la familia no iba a contestar a sus preguntas, y, también, justifica, por falta de tiempo. “Es muy interesante lo que me cuentas de tu padre”,  le contesta con regocijo a la hija, sin ningún atisbo de contrición, “en la siguiente edición lo incluyo”, refiriéndose al hecho real que le cuenta la hija. Y tan pichi. O  una mujer que se molesta porque lee que Lala la da por muerta y además habla de su marido en términos nada fidedignos. También le protesta, pero ella en lugar de protesta parece que lo recibe como halago. Y así, unas familias y otras se encuentran con datos y acontecimientos de sus vidas que no tienen nada que ver con la realidad pasada y/o presente. Incluso las familias, de su madre y de su padre, están muy contrariadas por sus inexactas manifestaciones Ella partiendo de un dato concreto fabula, inventa. No necesita más. Un poco de imaginación y redondea la historia a su manera. Y olé.

 

Y lo digo con conocimiento de causa. He trabajado con ella y he visto como da por bueno lo primero que le cuenta alguien, cualquiera. Y se queda con ello y ya no necesita indagar ni contrastar. De ahí los numerosos errores de veracidad que comete. No se puede decir que el rigor de investigación sea una de sus virtudes. Doy fe de ello y dan fe la mayoría de las personas que nombra en su libro y una gran parte de los que la leen. Lala no investiga ‘recoge’ todo lo que le cuentan, y sobre ello improvisa.

 

Y llegando a este punto diré que esgrime como verídico, y como fundamento de informe histórico y literario, el hecho de que Concha Espina tuviera un hijo preso por el ejército franquista y por eso escribiera el libro Las princesas del martirio. Ese dato, que me había afirmado un republicano, y que yo le comenté como confidencia de amiga en el curso de la investigación que llevo haciendo años sobre ese tema, ella lo registra calladamente y lo da por bueno antes de que yo lo contraste con la familia y averigüe que no es cierto, que no hubo ningún hijo de Concha Espina preso. Al no tener ocasión de comunicarle esa rectificación, siempre como confidencia de amiga, se quedó con el primer informe falso, que naturalmente exhibe como autentico en el apartado sobre las enfermeras de su libro. Ese es el tema de mi investigación desde muchos años antes de que ella descubriera con asombro, a sus 60 años, que había republicanos con traje y sombrero en Astorga y no eran todos unos desarrapados, como confiesa. Y ese es el tema que ha seguido de cerca a través de mis confidencias y mi amistad, y del que se apropia mis argumentos, investigaciones y documentos.

 

El libro tiene una parte histórica sobre la guerra formada a base de largas y constantes textos tomados de trabajos de otros investigadores que por su abundancia y extensión se hace fatigosa su lectura y su comprensión. Es lo más histórico.

 

En la presentación del libro se ha dado mucho realce a su curriculum que exhibe la contraportada del libro. Como estamos en la era de revisión curricular encuentro importante cierta claridad. Lala estudió antropología, sí, pero no acabó la carrera por lo que no se puede decir que sea antropóloga, como se menciona continuamente. Tampoco estudió historia por lo que el título de historiadora es un poco grande para adjudicárselo por escribir recuerdos familiares o publicar documentos ajenos.

 

Ha trabajado en el Palacio de Buckingham, reza su historial laboral en el libro. Así, a secas,  suena realmente imponente. Nos la imaginamos en un gran despacho ¿investigando quizás?, pero ¿qué ha investigado en ese majestuoso sitio? Se pregunta impresionada la gente. Pues la realidad tiene menos grandiosidad y más gracia. Lala trabajó un verano como bedel (¿o tengo que decir bedela?) en el palacio regio. Es decir, en la temporada estival, cuando hay avalanchas de turistas visitando el Palacio, hay refuerzos de bedeles para que la gente no se cuele por los pasillos, vaya por donde no debe y se encuentre con Isabel II en deshabillé. Lala fue una de esos celosos guardianes de pasillos, con uniforme y todo. Un trabajo muy digno y hasta divertido, pero nada que ver con lo que sugiere enunciándolo así, a secas. No es serio. En fin, detecto algo mucho de suflé en la contraportada.

 

O témpora, o mores

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