Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/09/2018
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Isabel Llanos
7/09/2018

Sostenerse

Guardar en Mis Noticias.

 

[Img #39112]

 

 

Este año me está costando aterrizar más de lo debido. Con aterrizar me refiero volverme a acostumbrar a la vida cotidiana, aunque quien me conoce, sabe bien que mi vida es de todo, menos cotidiana. En fin, será entonces, más bien, que lo que quiero decir es lo que me cuesta (o lo imposible) que me resulta cerrar la caja de Pandora una vez abierta, cuando descubres quien eres realmente y el conformismo se configura en un traje diminuto que aprisiona y asfixia. Pero claro, la adaptación al medio es la única manera de sobrevivir, así que ahí radica el peligro, el riesgo. Cómo sobrevivir sin matarse a uno mismo, sin dejar de ser, sin perder la esencia. Eso…, eso aún no lo he descubierto. Así que transito a uno y otro lado, pero cada vez con los zapatos más y más prietos, y sólo tengo ganas de volar, aunque sea con el coste del vuelo último buscando el aire a bocanadas, escapando del incendio, si hace falta saltando por la ventana. Y sé que voy a precipitarme, pero el aire negro no encaja en mis pulmones. 


Cada vez que viajo a mi tierra de origen, el sabor agridulce se vuelve más intenso. Nunca tengo la certeza de poder volver a lo mismo. Cada vez cambian más las cosas, las situaciones, y cada vez se acrecientan los recuerdos como pasto en el que alimentarse mientras se hacen visitas a los lugares que protagonizaron mi pasado. 


El hombro en el que apoyarse…


Visito los lugares de vida. Me aposento en ellos. Intento concentrarme aspirando su instante, apurando el recurso de las dimensiones paralelas, trocando al tiempo para conjurarlo y crear. Un lugar está en las Corrupias. Ni siquiera sé si se llama así de verdad, pero así lo viví en mi infancia y en sus voces. Mi abuelo, ese hombre alto, grande y sereno, me esperaba vestido con su gabardina azul y su sombrero impecable pegado a la pared de enfrente a la puerta de salida del colegio. Tan alto, que su cabeza sobresalía por encima de todas las madres y padres que buscaban recoger a sus hijos. Todos hablaban, chillaban, montaban algarabía. Él era la paz. Con inmensa paciencia intentaba cogernos de la mano a mi hermano y a mí, y nosotros huíamos saltando entre los charcos, siguiendo el sendero de piedras que dividía la calle. Nos gustaba soltarnos y correr. Y él nos iba llamando detrás, siempre vigilante, siempre cuidadoso, siempre sosteniéndonos en la distancia. Dejábamos esa mano grande, inmensa para jugar, para aprender vida. ¡Cuánto daría hoy por poder volver a dejar que sus dedos grandes envolviesen la mía! 


Las Corrupias suelen estar vacías, apenas pasa gente. Me tiré un buen rato ocupando su mismo espacio, imperecedero a pesar de los años, en el portalón de la casa vieja de piedra. Y ahí estuve, intercalada en el borde del escalón, apoyada mi cabeza en el marco, imaginando que era su hombro el que me sostenía. Sintiendo el calor, el amor, la protección, a través de los años y los tiempos. Agarrándome a su mano grande con la mía de niña, queriendo contarle lo que ya sabe porque siempre soñé seguir sus pasos y tener ese corazón inmenso y generoso en el que tantos encontraron acogida. 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress