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Samuel Yebra Pimentel
7/09/2018

La cabeza encantada de Astorga y otras niñerías

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Las fiestas de Astorga sin pena ni gloria. En la contienda Ayuntamiento-feriantes lo que vimos fue la mutua comprensión de unos y otros y que nadie cedería en nada. Han faltado cintura y plan B. Perjudicados los usuarios, sobre todo los niños.

 

Hay una comunión inexpresable pero total entre las fiestas y los caballitos, y entre estos y la vida entera. Al menos de la vida tal como era en las sociedades agrarias en íntima armonía, no por invisible menos cierta, con el cosmos. Una repetición de los ciclos naturales convalida el tiempo histórico y conforma al universo. “Esos latidos del universo que solo escucha quién repite y repite.”

 

Esa intimidad va más allá de la concreción temporal, abarcando una vida entera (Una golondrina no hace verano). Como en esas canciones infantiles que vuelven una y otra vez al principio, las atracciones de feria anulan la sensación del tiempo, en retorno a lo mismo al siguiente instante, o al año que vendrá, como antiguamente las cosechas, el invierno, el renacer. Aquella percepción de retorno de lo mismo que procuraba estabilidad y confianza no se ha perdido del todo en una civilización urbanita. No se sale de la costumbre del gen por oscurecer el fulgor de las estrellas, el esplendor de plata fría de la luna. Así los caballitos, la noria, el gusano, la montaña rusa, las compulsiones de repetición, el bucle melancólico.

 

Otras atracciones, aunque en Astorga vinieran en formato minimalista, poseían el alto valor psíquico para los niños de proporcionarles un modelo del que aprenderían a afrontar sus temores. Con ese mismo valor terapéutico que, pongo por caso, los cuentos de Hansel y Gretel, Caperucita, Blancanieves, Jak y las habichuelas mágicas o la Bella durmiente sin edulcoración alguna. Un viaducto para la vida y la confianza en el acceso a una sexualidad madura, tal como defiende Bettelheim en su 'Psicoanálisis de los cuentos de hadas'.

 

Era en esos lentos trenes, como el de la bruja, en los que se descendía al reino de los muertos, donde había una estantigua con bigote y mosqueador de mano para barrer los miedos justo antes de volver a la luz, que es el nacer.

 

Hoy han desaparecido de las ferias aquellos innombrables: la mujer araña, la cabeza parlante, -un remedo de Medusa menos aterradora-, o el hombre orquesta. Solo ocasionalmente vuela el pajarito en busca del destino amoroso de una ninfa quinceañera.

 

Para envejecer con sabiduría o madurar por dentro, dice Eduardo Cirlot, “hay que poder y saber introducir los incisos de los lugares y tiempos en los que el transcurso tenga un sentido y una forma diferentes.”

 

El alfoz de Astorga debe de estar envenenado, plagado de espinos enjutos y enmarañados. Ya los atardeceres huelen a un CTR más punzante que orín de gato. La troupe principesca de la maravilla no ha podido escalar el farallón de concertinas. Un fuego fatuo de artificio dio por terminadas las fiestas. Pero mirándonos fijamente, como la medusa, en la Plaza Mayor y frente al Ayuntamiento, permanece la cabeza parlante que aunque no sepa lo que diga no lo dirá sin ton ni son: "Ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño”. Lee un coro de tragedia, de súbito un fragmento del Quijote, y desgrana lo más profundo del inconsciente colectivo: Un escrito intrincado que enredabaila, ocho mil folios y aún no parará su retahíla hasta llegar a su visión más abismática y aclaratoria que hallará al revelársele el ‘Sumario de Astorga’. "

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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