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Luis Alonso Luengo
27/10/2013

Signo y estampa de la Maragatería

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Artículo publicado por Luis Alonso Luengo, en la revista 'Teoría y Hechos', con fecha de 21 de septiembre de 1945

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De entre todo el vivir popular español, queremos hoy extraer, para las páginas de ‘Teoría y Hechos’, el de una región, diminuta en su dimensión geográfica, pero profundamente amplia en su contenido vital: la Maragatería.

Dulcemente recostada entre los muros de la ciudad de Astorga y el monte Teleno, en larga planicie ondulada, no se observa entre el costumbrismo de esta zona y las de las otras que la circundan ese escalonamiento de matices y de influencias tan característicos del vivir regional español. Lo maragato, racialmente, es un cerrado paréntesis; una isla violenta de fronteras cortantes y definidas, anclada en remotísimos fondos ibéricos. Lo maragato es singular.

Como en ningún otro punto de España, aquí, el traje, la costumbre y el rito se conservan vivos y pujantes.

El paisaje
Todo el ámbito de su paisaje se prepara para el triunfo de la luz: para hacer de ella motivo de jerarquía y orden. Todo: los valles sin bosques sombríos donde la luz naufrague, ni yermos donde la luz rebote, sino con finas arboledas y laderas suaves, donde la luz se remanse en matiz. Ríos que son arroyos insinuantes. Y la graciosa sorpresa de perspectivas resecas que, sin transición, con golpe rápido, se tornasolan en verdes húmedos.

Tierra pobre, franciscana, de sereno equilibrio inefable. De abajo arriba, la partía el ‘Camino Francés o de los peregrinos’, por donde durante siglos, la Cristiandad, en marcha hacia Compostela, traía y llevaba, sobre la entraña maragata, vientos y soles de todo el mundo...

Fue tal vez este signo dinámico, sobre aquel suavemente estático, el que imprimió, en el modo de ser maragato, dos contradictorios impulsos que hoy perduran: uno que empujaba a salir, a caminar; otro, a aquietarse en los ritos más íntimos y misteriosos. El primero cuajó antaño, en la arriería; hoy, en la emigración.

¡Panzudos carromatos, bamboleantes por nuestros viejos caminos reales, de ciudad en ciudad! En todas ellas tenían los maragatos exención de portazgo, que, en gracia a su proverbial honradez, les concedió un privilegio de los Reyes Católicos, que facilitaba, así, frente a competidores, su negocio.

¡Afán del mozuelo quien, apenas apunta el bozo, recibe la bendición materna -el padre está lejos- y parte con lejano rumbo!

Pero siempre, enriquecido ya, el arriero -para casarse y morir- deja los caminos, y el emigrante torna. Y uno y otro, clavados en el paisaje nativo, viven los ritos de la raza. Tras el tumulto vario, la monotonía plena. Tras el mundo entero, el terruño. Paradoja extraña. Nueva aventura en el espíritu confusamente aventurero: la aventura de vivir sin aventuras.

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El hombre: el indumento
Maragatos, quizá Mauri-capti (moros cautivos); acaso ‘Vaqueiros de Alzada’ que el rey Mauregato asentó; tal vez tribus errantes de Mauritanos. Es lo cierto que ni un hecho, ni una anécdota orientadora se conserva de los tiempos pasados; y contrasta este desconocimiento con el conocimiento absoluto, con el exacto observar, hasta hoy, de los tradicionales hábitos.

He aquí el indumento masculino maragato: anchas bragas de raso negro; ligas de colorines sobre las negras polainas; almilla, negra también, que deja al aire la pechera blanca de la camisa y la roja, bordada en múltiples colorines, del chaleco. Sobre la almilla el ancho cinto polícromo con esta leyenda: ‘Viva mi dueño’. Amplio sombrero con verdes borlas episcopales.

Y ved el indumento femenino: acampanados manteos; blanca media; colgantes cintas a la cintura, por la espalda, con alusivas inscripciones-‘es la maragata gente noble, leal y valiente’-; pañolón de merino rameado, y, sobre el moño de ‘picaporte’, el pañuelo de seda blanca para solteras y el rojo a cuadros para las casadas. Sobre el pecho  las grandes ‘arracadas’ de oro viejo, con reliquias que traían los peregrinos del Camino Francés.

Las viejas arcas familiares guardan las ropas de padres a hijos y se abren para las grandes fiestas, y, sobre todo -raza solar la maragata-, para los ritos de las más profundas ceremonias del vivir: la boda y la danza.

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La boda
Al nacer lo hijos conciertan los padres, en secreto, el casamiento. Y ya mozos aquellos, conocedores de la consigna paterna, han de acatarla y guardar el sigilo también. Es misión de los mozos del pueblo descubrir los amores. Si lo consiguen, conspirando, la noche de un sábado, han de tender un rastro de paja molida desde la casa del novio a la de la novia, para que, a la mañana siguiente, el pueblo, al ir a misa, conozca la noticia e irrumpa en las mansiones de los futuros desposados que han de invitar a todos con esplendidez.

Luego, coincidiendo con la primera amonestación canónica, la ceremonia de ‘las cintas’: pago por los novios del gasto del baile del día y que es el abono de los derechos a danzar en la ‘entrada del baile’ para las hijas del futuro matrimonio. Estas, si sus padres no rindieron tal tributo, quedarán relegadas cuando mozas de aquel lugar de honor de la danza. Días antes de la boda, a la reja de la novia, los legendarios ‘sacramentos del amor’, bellos romances de bárbara fiereza.

Al amanecer del día de la boda recorre el tamboril, acompasado con la chifla, las calles del pueblo, llenas de sol, entre estampidos de cohetes y polvo, llamando a todos a la ceremonia. Pues todos -invitados y no invitados- han de acudir a cumplir el papel que la tradición a cada cual asigna. El tamborilero actúa de ‘Maestro de Ceremonias’. Las ‘Mozas del Caldo’, especie de damas de honor de la novia -reminiscencia de tiempos caballerescos- visten a esta de traje nupcial. Entre tanto, los 'Mozos del Caldo’ -escuderos del novio- precedidos del tamborilero recogen a aquel, a su padre y al padrino de sus respectivos domicilios. Aunque el calor apriete, novio, padre y padrino han de cubrir las bragas con la capa parda, prenda ritual de la ceremonia.

Todos a son de tamboril, se dirigen a la casa de la novia. La puerta está entornada. El padrino, adelantándose, golpea con los nudillos y dice:
-Venimos a cumplir una palabra empeñada.
-Cúmplase ‘enhorabuena’. Contesta el padre de la novia, y abre, para todos, la puerta.

Una de las ‘Mozas del Caldo’ ha de colocar a la novia sobre el cuello el rosario de cuentas negras de los antepasados, que llega hasta el suelo. Y es el padre quien luego la ha de bendecir. Después, la bendición materna…

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Sonando los hombres las castañuelas, retumbando siempre la chifa y el tamboril, entre estampido de cohetes, la comitiva nupcial va camino de la iglesia. Abren paso las ‘mayas’, niñas ataviadas con el traje maragato traducido al blanco, y que luego animarán el baile con sus danzas extrañas.

Bajo una luz clarísima van llegando todos a la iglesia. y mientras dentro culminan los ritos religiosos, fuera, las mocitas cantan canciones alusivas:

Sal casada de la iglesia,
que te estamos aguardando
‘pa’ darte la ‘norabuena’:
Que sea por muchos años.

A la puerta de la casa de la novia se han colocado dos tronos floridos: uno para la desposada  y otro para la madrina. El padrino se acerca entre el silencio de las circunstantes, descubiertas los hombres sus cabezas, y tomando un puñado de trigo lo arroja a los pies de la novia con la frase solemne:

-“Que el matrimonio sea fecundo como fecundo es el trigo.”

La última palabra es ahogada por el ‘Rijuju’, grito inarticulado que lanza el ‘Mozo del Caldo’ más joven, como signo varonil, fálico, dominador, hacia la fragilidad femenina.

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Sobre la pradera verde, entre la sombra de los álamos, es ahora la ‘Carrera del Bollo’. Especie de pugilato olímpico en el que, entre un público que vitorea haciendo marco, corren por parejas los mozos disputándose el trofeo de un enorme muñeco de pan maragato que luego ha de ser llevado en triunfo por los vencedores mientras los  ‘no invitados’  del pueblo les esperan para festejarles alegremente. 

Después el banquete de boda, con el clásico ‘cocido maragato’ y con toda una glotona y ruidosa algarabía de romances, coplas y donaires que sobre los novios todos han de lanzar. Servirán la mesa actuando de maestresalas ‘Los Mozos del Caldo’.

Las danzas y la tornaboda
Y a la tarde, sobre la pradera, en las afueras del pueblo, el baile.

Aporrear de tamboril. En el centro las mocitas cuyos padres en su día pagaron ‘Las Cintas’, giran en fila india, moviendo ligeramente las castañuelas- entrada del baile-. 

Acuden los mozos al reclamo y, al acercarse para el emparejamiento, hienden el aire con la‘zapateta’: especie de salto de garrocha sin garrocha, chocando los pies por lo alto.

Seriedad en los que danzan. Seriedad en los que observan. Rito, más que diversión. Unos tras otros van trenzando, en ciclo cerrado, los bailes de las grandes solemnidades: la ‘Entradilla’, el ‘Baile Corrido’, ‘La Dulzaina’, ‘La Peregrina’, ‘La Cabrilesa’.

Son viejos romances representados. Una peregrina, camino de Santiago, que se pierde y su peregrino -el danzador- que finge en sus giros buscarla. Simbólico requiebro del mozo a la moza en el ‘Baile Corrido’. Y como final de la danza el ’Rijuju’ estentóreo. Un mar de humana policromía se ondula, se retuerce, suave y serenamente: no sabemos si estas que se mueven son formas que pesan o formas que vuelan.

Al siguiente día, ‘tornaboda’ con tanto lujo de detalles como la boda misma, con el cónclave de mozos y mozas, al amanecer, para dictaminar si los novios, durante la noche, burlando la vigilancia del mocerío, lograron juntarse, y en ese caso invitarles a la ‘chocolatada’, o ser, en otro, los novios quienes inviten; y con la ‘ronda’ recorrido de la comitiva por las casas de los ‘no invitados’ del pueblo, quienes han de hacer el gasto en ese momento. Y el nuevo banquete, Y el nuevo baile. Y la salva final, a media noche, con disparo de cohetes y de las escopetas todas del pueblo en una traca gigantesca.

La boda, centro y síntesis del ambiente tradicional maragato, irradia su fuerza hacia todos los polos del vivir e influye, con los suyos, los ritos de las fiestas sacramentales plenas de danzas religiosas; los de las veladas invernales, los de los velatorios y las ‘borrachinas’; los de las fiestas de las ‘mayas’, que celebran los esponsales todos los años con el florido mes…  

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El símbolo de Pedro Mato
Sobre el ábside de la catedral de Astorga, capital de la Maragatería, se yergue la colosal estatua de Pedro Mato; enorme maragato de bronce que, mudo, estático, mientras las cigüeñas sobre su sombrero revolotean, avizora el panorama todo de la tierra, con los emigrantes que salen y vuelven; con los arrieros que emborronan en la lejanía; con los industriosos telares de los pueblos maragatos; con el silencio espectral que penetra en la luz y resbala desmayándose sobre su rostro de esfinge.

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