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Juan José Alonso Perandones
29/10/2013

Dos pintores en la Corte de Pedro Mato: Ángel Villafañe García (I)

No están  al servicio de rey o de noble, para colmar su deseo de inmortalidad con retratos propios o de la familia; tampoco se han aventurado a probar fortuna en la colina de Montmartre, en el encantador barrio parisino de santidad y pecado que siempre ha cobijado a los pintores. A Ángel Villafañe le han permitido disfrutar del atrio catedralicio, aledaño al Hospital, y se muestra recogido con sus plumillas, como quien no desea que su simple presencia, en el poyo corrido que soporta las sobrias verjas con pespunte anillado, suponga molestia alguna. En el  costado opuesto, cercano a  la otra entrada enrejada, sobre los restos enterrados del santuario y el coro  de la antigua iglesia altomedieval, Pedro García aposenta también muchas mañanas su caballete y una mesa con carpetas, sin tomar nunca asiento ni abandonar el pincel, que es como una prolongación natural de su mano.  

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Comprendo bien  la importancia para Ángel de los tebeos que su padre, cuando era niño, le llevaba de Papelera Astorgana. Del desecho, de ese papel que en toneladas era arrojado al 'púlper' para ser triturado por  sus aspas gigantescas, se libraban esos cuentos con dibujos que tanto le impresionaban y pretendía imitar con lápiz de carpintero y pinturas Alpino. Digo lo comprendo porque para mí también era un festín cuando mi padre volvía de su trabajo en la Estación con alguna novela, de Estefanía muchas, que los viajeros dejaban en los trenes. 

Para Ángel la escuela es la vida: nacer en El Postigo; y aprender a jugar en los patios de la guardería cercana de Las Candelas, y a disfrutar del campo abierto de las casas de La Majestad, cuesta abajo por la vaguada hacia El Mayuelo, o aventurándose hasta la mina ferruginosa de El Sierro, donde decían que  había un laberinto de galerías profundas con vampiros, sacaúntos y fantasmas. Con la memoria del abuelo materno Manuel, Juramentos, y con sus herramientas por la casa: el cepillo y la garlopa con que desbastaba la madera, la gubia y el formón, martilleados en su empuñadura, y con los que decían hacía brotar una lluvia de virutas acaracoladas. A Ángel le gustaba tener entre las manos aquellas herramientas con las que podía trazar relieves en la madera.
     
Nunca un arte ha de ser único, ni se aprende del todo: es posible dibujar retratos y caricaturas para El Faro o El Diario y satisfacer en la Escuela Taller municipal, de la mano de Abel Sierra, el sueño siempre apetecido de aprender a modelar la piedra. ¿Porque quién dice que la piedra no es dúctil?: se puede trajinar en un taller, en la propia roca, o en la carbonera de la casa familiar de La Majestad. De la habilidad de sus manos han nacido escudos, estelas, fuentes, lápidas, para casas nobles y cementerios, bebederos y alcores, todos imperecederos.

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Cualquier lugar de la tierra es para Ángel habitable: Astorga, Matavenero, los años en Alemania prendado por las catedrales góticas, las visitas a otros países europeos para dibujar las catedrales góticas, el gótico, es el gótico donde hay equilibrio entre lo compacto y lo etéreo, entre la piedra y el dibujo vidriado... Y ahora de nuevo en esta serenidad, en la casa de La Majestad, o en el atrio catedralicio ante la portada de los tres lóbulos bordados, con las plumillas, con los rotuladores, trazando los perfiles de iglesias, catedrales, figuras humanas y religiosas inspiradas o surgidas de ese fondo caótico que brota en materia artística y que él plasma con tinta, acuarela y óleo. 

Ninguna otra forma de expresión es para él  menor: el rotulado, la ficción del 3D... Todos pueden ser recreados: políticos, deportistas, el 'rappero' francés Nuts, templarios ¡ah, la fantasía gótica!, templarios que salen de la Catedral por la puerta barroca y que hallan a sus pies, diminutos, los más nobles edificios de la ciudad. Lo real y lo onírico, lo religioso y lo profano, la figura y el paisaje, el color y la simple línea;  y el deseo, que quisiéramos ver en  él  colmado, de dibujar todas  las catedrales góticas de España, y de verlas impresas como las de Astorga  y León en el repertorio de Narciso Casas. 

Aunque Ángel Villafañe es casi etéreo en el poyo corrido del atrio y solo levanta la cabeza cuando algún viajero, peregrino o turista se acerca a interesarse por sus láminas, presiente y disfruta en todo instante la inmensidad de la belleza cercana: como un heterónimo de esos orfebres que tallaron las figuras humanas y celestiales  en esa piedra de  la portada evangélica, y bellos escudos en las láminas verticales, casi infinitas, de las torres catedralicias que la flanquean. Eso es, como un orfebre.  


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