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Juan José Alonso Perandones
30/10/2013

Dos pintores en la Corte de Pedro Mato: Pedro García González (y II)

Hay un espacio de singular relieve, el amplio corredor en el que los ábsides catedralicio y episcopal se disputan la belleza: en su semicírculo de nervaduras, blanquecinas o terrosas, y en los remates con sus balconadas caladas. Si la Catedral impone ahí su presencia con ciclópeos arcos y estilizados vitrales, el Palacio reclama nuestra  atención con una mesurada textura de ojivas y su propia réplica de parteluces vidriados. Pedro García ha elegido esta otra entrada del atrio, que da paso  a la sobria  portada renacentista, tan opuesta a la filigrana barroca en la que descansa el hastial que abraza las gigantescas torres y donde Ángel Villafañe recoge su presencia. 

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¿Por qué Astorga y no Madrid, la capital en la que la abuela Emilia, Emilia Argüello Pedrosa, de la saga de los Sibutos, hortelanos, abrió tienda en el barrio de Legazpi? Quizás Pedro sea fruto de esa querencia por la tierra que se transmite de generación a generación; y que prende en quien, aunque no nacido aquí, apenas develados los ojos e iniciado su trotecillo accidentado, despabila cuando oye de sus mayores comentar que proceden de un maravilloso país de huertas frondosas, donde las patatas, los tomates, los pimientos que se llevan  los clientes nacen primeramente en bosquecillos de ramas cuajadas de flores. 

Le hubiera gustado ser arquitecto, pero fue una meta que no pudo o no supo alcanzar. Siempre ha mantenido su aspiración de vivir, aunque finalmente difícil vivir fuese, de aquello que uno puede crear o recrear. Empezó a dibujar con carboncillo en la Escuela de Artes y Oficios de Moratalaz, y pudo asistir un año como oyente a las clases de pintura mural de la Facultad de Bellas Artes; ya en Astorga, participó en el módulo de carpintería  de la Escuela Taller municipal. Pero su verdadera escuela ha sido la calle, y ese Madrid repleto de museos, el Prado, Sorolla..., espacios de singular belleza donde pasar felizmente horas y horas  ante las obras de los mejores pintores del mundo. 

Hace ocho años Pedro decidió alejarse definitivamente de la capital, de su plaza Mayor donde compartía espacio con otros muchos pintores, y asentarse en el nuevo edificio, levantado por sus padres en la calle Zapata, en uno de los extremos de la extensa huerta familiar, donde aún perdura la vieja casa en la que creció la abuela, a dos pasos de la iglesia de impronta gaudiniana. Porque aquí no es como en Madrid “que necesitas un día para entrar y otro para salir”, tiene uno la arquitectura romana bajo los pies, con sus cloacas, termas, suntuosas estancias con  mosaicos y pinturas; y ante los ojos el arte gótico, el renacentista, el barroco, el modernista; y a todo llegas por  recoletas calles y plazas. Y ya subas a la ciudad por oriente o por poniente divisas un horizonte de policromías donde se asientan hermosos pueblos que capturar con los pinceles. 

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Importa la luz, esta luz nuestra tan pronto intensamente azul como tornasolada, que también hubieran apreciado Monet, Degas o Renoir. Con la acuarela hay que apresar la textura luminosa del instante: de la misma Catedral, desde el máximo resplandor hasta el descorrer sombrío; del agua de los ríos, de la vegetación multiplicada en tonos verdes, ambarinos y cárdenos; y de los  puentes y espadañas, de las casas de piedra y de adobe. Pedro también persigue captar la atmósfera de los pueblos del Teleno, aunque costoso sea en ellos conseguir que su color, al secarse en el lienzo, sea la limpia luminosidad estampada en la retina. Y gusta del óleo, para el retrato, para el paisaje, pero ese ya es otro arte, porque, aunque sin exceso, se puede retocar, mirar y remirar hasta conseguir plasmar un semblante, un leve o intenso cromatismo. 

Es esta una época de escasez, en la que el turista, el viajero, apenas se rasca el bolsillo. Pasan los dedos por las láminas, hacia delante y hacia atrás, no ahorran alabanzas al tiempo que comentan sobre los malos tiempos que vivimos, lo bonita que es Astorga, que no se puede uno marchar sin mantecadas, mas apenas compran. Aun así, Pedro no piensa renegar de su libre oficio porque “el verdadero artista es el que, como yo, vive del arte”, aunque este vivir difícil vivir sea. 

No es otro el pensamiento de Ángel Villafañe, el otro pintor igualmente protegido en la Corte de Pedro Mato. Corte esta habitada por imágenes divinas, apóstoles, santos y querubines, así como derrotados simios, faunos y dragones, y que el andarín y legendario caballero, desafiante, vela día y noche desde un espigón que se eleva por encima del ábside catedralicio. 
Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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