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Emilio Geijo Rodríguez (*)
3/11/2013

Diderot y Rousseau, dos ilustrados antagónicos: amistad y primera grieta (I)

Con motivo del tricentenario del nacimiento de Diderot en el presente año y el de Rousseau en 2012, quiere el autor de este artículo, dar a conocer el protagonismo de ambos pensadores en el proyecto ilustrado y por ende en el pensamiento contemporáneo.

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El tricentenario del nacimiento de Diderot este año y el de Rousseau en 2012 están siendo buenas ocasiones para retomar el diálogo con el proyecto de la Ilustración y superar la noción epidérmica, y a menudo inexacta, del papel desempeñado por sus protagonistas pues gran parte del pensamiento contemporáneo se despliega bien como el fracaso del sueño ilustrado de emancipación de los seres humanos o bien como un proyecto inacabado que debe seguir siendo el más racional horizonte de esperanza para la humanidad.

Sin embargo, el movimiento ilustrado en Francia no fue homogéneo sino que estuvo repleto de discrepancias y durísimas rupturas entre unos y otros. Justamente,  la historia de la relación entre Diderot y Rousseau muestra esa tensión dialéctica que siempre ha acompañado al despliegue de la razón en la historia de Occidente.

Diderot –junto con D’Alembert-  y Rousseau están en el origen de la Enciclopedia, la hazaña editorial más emblemática de la Ilustración Francesa; Rousseau  estuvo en el desarrollo los primeros años con sus artículos sobre música, pero no en la conclusión de la gigantesca empresa. Diderot, en cambio, permaneció en su elaboración hasta el final, durante 22 agotadores años. Durante ese tiempo, uno y otro hacen recorridos personales e ideológicos diferentes hasta la frontal oposición pero compartiendo una misma fuerza interior e ilusión que se apoderó de ese movimiento que llamamos el Siglo de las Luces.  

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Se conocieron en París cuando tenían 29 y 30 años respectivamente, una ciudad de oportunidades, bastante sucia pero muy dinámica en la que Monarquía absoluta y la omnipresente Iglesia sujetaban con mano de hierro a una población sojuzgada material e ideológicamente. Llegaron a la gran ciudad desde provincias, con rupturas familiares recientes, con una formación notable y con muchos deseos de triunfo. 

Diderot se había educado en el colegio de los Jesuitas de su ciudad natal en Langres y más tarde en el prestigioso Louis-le-Grand de París, como Voltaire y Molière. El ginebrino Rousseau, en cambio, había obtenido su educación de forma casi autodidacta con un instinto certero para elegir sus lecturas. Ambos conocían el desarrollo de las ciencias físico-químicas, de las matemáticas y también percibían el descontento de las gentes amordazadas por el miedo al castigo temporal y eterno. A ambos, les gustaba el debate profundo de ideas, la música, el saber en toda su extensión. Escribían, elaboraban proyectos editoriales que les abrieran las puertas de las Academias, se acercaban a los poderosos, medraban ante las cultas y poderosas mujeres salonnières,  pero se veían obligados a compartir el amargo anonimato mientras otros jóvenes como D’Alembert, bastardo de noble cuna, eran reconocidos en el vibrante París. Los dos jóvenes trabaron una intensa amistad que se alimentó en el fragor dialéctico de las tertulias que tenían lugar dos veces por semana en el salón de un acaudalado joven alemán, el barón D’Holbach

En torno a una mesa de exquisitos platos y mejores vinos, personalidades como Adam Smith, David Hume, Benjamin Franklin, Grimm, Buffon…  hablaban con libertad y sin miedo a los espías y delatores que pululaban por la ciudad. En ese salón emergía una y otra vez, con una facundia interminable, el verbo apasionado de Diderot, mientras el introvertido Rousseau reflexionaba, con irreductible libertad interior, sobre cuanto escuchaba en el salón y veía en la calle. Y en este salón, Diderot, a quien le habían ofrecido traducir el modesto y obsoleto Diccionario inglés de los oficios de Chambers, declinó la oferta y concibió, con D’Alembert, un proyecto moderno que le encadenó durante el resto de su vida: la Enciclopedia. No le faltó la ayuda inicial de los contertulios, especialmente de Rousseau que se encargó de los temas musicales, ni de D’Holbach que llegaría a escribir más de dos mil artículos. 

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El número de colaboradores creció rápidamente, pues el Prospecto inicial había despertado gran interés, pero también crecieron las denuncias y suspensiones propiciadas por los enemigos (clero y aristocracia). Tales dificultades chocaban con el rompeolas de la razón y el progreso que encarnaba la poderosa personalidad de Diderot. Se había puesto en marcha la obra más emblemática de la Ilustración destinada a difundir el saber teórico y práctico, a combatir la intolerancia y la superstición, en definitiva a procurar la emancipación de los seres humanos.

Son abundantes los escritos de ambos que testimonian admiración mutua: el extrovertido Diderot despliega una energía excepcional para sacar adelante La Enciclopedia; el introvertido Rousseau bucea en los orígenes de la opresión y la desigualdad. Sin embargo, la amistad de estos dos hombres se quebró pocos años después. ¿Qué les condujo a la ruptura? ¿En qué divergían? Fueron varios los motivos: hubo desencuentros en asuntos familiares y en las relaciones de amistad, acusaciones en torno a la acogedora e inteligente Madame D’Epinay, celos y recelos por el amor imposible de Rousseau hacia Madame d’Houdetot. Pero también la compleja  y sombría personalidad de Rousseau propiciará la ruptura de la fecunda amistad de los dos hombres primero, y de Rousseau con el grupo de ilustrados después. 
 
Quizá la primera grieta en esa amistad se abriera con el éxito de Rousseau ganando el concurso de la Academia de Dijon en 1750,  cuando era un perfecto desconocido. El tema propuesto era: si el progreso en las ciencias y en las artes ha contribuido a corromper o mejorar las costumbres. El ensayo del ginebrino fue un jarro de agua fría para todos los ilustrados pues en él sostiene que la extensión de las luces ha generado abusos que son la causa de la degeneración de las costumbres. Original respuesta y no menos original dispositivo argumental que, de la noche a la mañana, le dio a conocer ante los grandes, en especial Voltaire, contra los cuales Rousseau encontró ‘la’ posición intelectual que le abrirá la riquísima veta filosófica que constituye toda su obra teórica y parte de la literaria.

Según algunos coetáneos, Rousseau pensaba en una respuesta convencional al tema propuesto por la Academia y fue Diderot quien le sugirió ‘esa’ desconcertante respuesta que el ginebrino, ávido de notoriedad, aprovechó con éxito evidente. Según el propio Rousseau, en un día ardoroso de agosto, junto a un árbol de escasa sombra  tuvo una experiencia privilegiada, una iluminación cegadora cuando leyó la convocatoria de la Academia camino de Vincennes para visitar a su amigo Diderot, allí encarcelado. Y ya en la mazmorra, un sorprendido Diderot le animó a presentarse al concurso con algunos matices a su paradójica visión de la cultura.

Lo cierto es que la polémica que suscitó el Discurso a la Academia de Dijon sacó a Rousseau de la oscuridad y le encaminó a la escritura de textos tan poderosos como ‘Discurso sobre el origen de la desigualdad’, ‘El Contrato Social’ o ‘El Emilio’, mientras que Diderot tuvo que imponerse silencio e inmolar su libertad creadora como precio por salir de la cárcel. 


(*) Profesor jubilado de Filosofía

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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