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Miguel Pérez
24/11/2013

Las flechas amarillas de los caminos nipones

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Domingo, 24 de noviembre. Tokio

Hoy nos han venido a buscar Seiko y Yamamoto, dos miembros de la asociación japonesa que han estado varias veces en Astorga de hospitaleros. Su intención es acompañarnos durante el día ¡estos japoneses siempre tan amables, siempre tan dispuestos, siempre tan sonrientes!, me pregunto si existirá esa otra cara que muestran alguno de sus dioses de terribles guerreros del más allá. Son gente que todo lo ha disciplinado y convertido en normas de conducta y actuación incluso la naturaleza; pues sus jardines no son otra cosa más que el tesón por que los espacios naturales se adapten a su forma de concebir y disfrutar el mundo.

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La naturaleza disciplinada de los jardines japoneses.

Nos han llevado al Museo Nacional de Tokio que aunque fundado en 1872 actualmente se encuentra ubicado en un edificio de 1882 en el parque Ueno. Se trata del museo más antiguo de Japón y contiene una colección de más de 100.000 piezas de las que sabiamente solo se exhibe una pequeña selección.

El museo tiene piezas realmente espectaculares y algunas de las pinturas me recuerdan que fue el conocimiento de las mismas lo que provocó, junto con la invención de la fotografía, un cambio radical en la historia de la pintura. A finales del siglo XIX a Francia comenzaron a llegar grabados y dibujos de pintura japonesa que asombraron a los nuevos nombres de la pintura y que inspiraron novedosos experimentos y formas de pintar naciendo los nuevos 'ismos'. Curiosamente el proceso sufrido por la transformación de la cocina, en buena parte culpa del genial cocinero Adrià, también tiene uno de sus motivos de transformación en el conocimiento y puesta en práctica de técnicas y utilización de productos de la cocina japonesa. En este museo además de las hermosas piezas que custodia nos encontramos con alguna curiosidad: los teléfonos internos son de baquelita como los nuestros de los años 50 del pasado siglo y se encuentran repartidos por un buen número de salas. En el museo existen piezas privadas cedidas para estar expuestas, por ello las obras de arte propiedad de todos se pueden fotografiar y las privadas, cuyos propietarios no han dado el permiso, no. Una pequeña imagen de una señal de prohibido en la etiqueta es una indicación suficiente.
 
Detrás del museo puede disfrutarse de un pequeño jardín oriental construido con casas traídas de otras zonas de Japón y que simula un pequeño poblado. El otoño está en pleno apogeo y el espectáculo de las hojas asombra a propios y foráneos como nosotros. 

En el mismo parque de Ueno hemos visitado, al final de la mañana, el santuario de Toshogu con su pagado y cementerio aledaño. 

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Santuario Toshogu en el parque Ueno.

Después de comer nos hemos trasladado al piso 45 del actual ayuntamiento. Un edificio que tiene una similitud con el nuestro: dos torres. En todo lo demás son absolutamente distintos, hasta el punto que el edificio completo nuestro cabría en el interior del Hall central del que visitamos. ¿Por qué estamos en el piso 48? porque en él, muy cerca del cielo, se ha instalado un mirador, con cafetería y tienda de regalos, con vistas impresionantes sobre la ciudad. La visita es gratuita y se puede realizar a la torre norte o sur. Desde aquí hemos visto anochecer y ponerse el sol al lado del monte Fujiyama, el monte sagrado que vigila la vida de la ciudad desde su origen.

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                                        Las dos torres del Ayuntamiento de Tokio.

Dos curiosidades
La dirección de andar en el metro, pero también en muchos lugares de la ciudad, se respeta escrupulosamente pero también se recuerda de forma permanente con flechas amarillas en el suelo. Curiosamente el mismo símbolo y color que nos ha traído a este país.

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Caminos de ida y caminos de vuelta entre la multitud de Tokio.

Ya he tenido oportunidad de explicar que los niños van solos al colegio pero es que en Tokio también y se pueden ver niños de tan solo 7 u 8 años con su maleta a la espalda camino del colegio o de casa. Estamos hablando de una ciudad de 9.000.000 de habitantes. A algunos les parecerá una barbaridad pero lo cierto es que se trata del reflejo de la seguridad y orden de una ciudad inmensa.

Un maragato en Japón
 




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