Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/08/2017
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El Solito Trovador
25/11/2013

Desayunando

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Siempre se ha dicho que Astorga es un cruce de caminos. Caminos físicos a veces, de los que se recorren con los pies, pero en otras muchas ocasiones, caminos del alma; de los que se caminan por dentro de uno mismo. ¿Cuántas veces regresamos a Astorga para volver a irnos? Un punto de retorno… y un punto de partida. Hace unos 50 días, cogí el acordeón y una mochila más cargada de lo que debería y emprendí esta ruta enriquecedora y viva en la que me encuentro inmerso ahora mismo. Desde este descanso en el camino, en la (como narraría Cortazar en 'Rayuela') pieza de falsos estudiantes donde viven mi hermano e Irene, en la habitualmente fría y siempre mágica ciudad de París, comienzo estas crónicas en las que intentaré reflejar lo que ha ido significando esta senda, que como todo viaje, supone un encuentro con lo más profundo y real del peregrino.

Absolutamente convencido de que el pensamiento positivo es la mayor garantía de éxito y sin ninguna duda de que dejarse llevar, llamémoslo fluir, es la forma más efectiva de encontrar los puertos más enriquecedores o los mayores tesoros que esconden los mares de la vida, esa primera noche del viaje estaba cenando en Villabalter. Aquella cena de despedida fue especial. Por la compañía. Por la conversación. Por las risas. Porque nadie preguntaba a dónde iría ni cuándo volvería, porque entendían perfectamente que el primer disco de El Solito Trovador no se llama 'Un Velero a la Deriva' por casualidad, sino por principios. En ocasiones hay que navegar a la deriva. Sentir ese impulso, esa voz que nos muestra el camino, e ignorar los susurros de los miedos que nos bloquean, que nos paralizan. Así debía ser el viaje, porque precisamente esa era y es una de las principales motivaciones y razones. Ver que es posible, dejándose llevar, encontrar las manifestaciones más puras de luz. Que la vida no es exactamente como nos han enseñado y que tenemos un potencial mucho más intenso y real de lo que pensamos. Que si los caminos se tuercen, también podemos pensar que giran y nos llevan en otra dirección; que si llueve, es agua y solo moja; que si se cierra una puerta se abren otras cien; que muchas veces, cuando los planes no salen como estaba previsto, surgen los encuentros, las personas y las situaciones que nos enriquecen y acompañan a lo largo de la vida o de las etapas de la misma.

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A la mañana siguiente me levanté pronto. Desayunamos. Fuera hacía frío. Me despedí de Estela. Iba a echar tanto de menos aquél lugar donde siempre hay calor, ilusión y motivos para no irse… pero tocaba soltar amarras, a veces no hay que buscar más explicaciones. De la abuela y del tío Marco ya me había despedido. De los padres también, en la estación de Astorga. El Diañu llegó con la furgoneta. Cargamos allí los bártulos y, aún al alba, recorrí otra vez ese camino de cuento hasta la gruta del Diañu. 

El barrio de Pinilla, en León, tiene algo de mitológico. Allí desayunamos por segunda vez y decidimos que todo serían desayunos, porque los desayunos son iniciáticos y positivos. Son frescos, vivos y sostienen el día entero. Cantamos Payasina Clown y por supuesto, Good Morning Pachamama!! Había que darle los buenos días al viaje y cargarse de mentalidad positiva, el mejor de los ingredientes para cualquier acción, independientemente de su grado de cotidianeidad. 

Fuimos en la furgoneta del Diañu hasta la universidad. Allí, en la cafetería, desayunamos por tercera vez (no estaba del todo claro que todos los días fuera a desayunar o comer). Allí hablamos de “irse al mundo” y le dije a Tuska que escucharía la canción de El Barrio en algún momento especial. ¡Qué vida dan estas diosinas, siempre cargadas de fuerza y tan llenas de luz! Eran la mejor compañía, la más fresca y viva de las conversaciones que podrían darse antes de marchar. No había prisa. La vida iba preparando cada paso, diseñando la sonrisa de una aventura que estaba empezando. 

Un rato después, la furgoneta del Diañu se detuvo en un área de servicio de la autovía, cerca de Sahagún. Allí hablamos de los Mayas, de las limitaciones de la tercera dimensión y de las infinitas posibilidades que existen atravesando el umbral del tiempo y del espacio… y allí me iba a quedar, con un colgante con forma de sol; una carta escrita por un druida, que tenía que abrir en un momento en el que lo sintiese y con una 'Esperancita', una muñeca pequeña hecha a mano y cargada de cariño e ilusión. Tres elementos impregnados de energía positiva para emprender este viaje tan especial.

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