Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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El Solito Trovador
28/11/2013

Hacia una bóveda de estrellas

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El Diañu me abrazó y se fue. Ahora tocaba poner en marcha el mecanismo del pensamiento positivo y estar absolutamente seguro de que todo iría bien. ¿A dónde me dirigía? No era necesario un destino concreto. Sabía que quería pasar por Jaca y que desde allí cruzaría los Pirineos en dirección a Europa (“Carlos, vives en Europa”, me había dicho alguien cuando hablaba de mi viaje en esos términos). 

"Hola buenas, soy un músico que estoy de viaje y tengo intención de ir hacia Francia, ¿me acercarías si es que vas en esa dirección?” Quizás no fueron esas las palabras, pero en esa línea me dirigí al primer camionero que vi. “Te llevaría, pero tengo el seguro solo para mí y la empresa no me permite recoger a nadie”. Primera barrera. Yo estaba convencido de que los camioneros serían mis mejores aliados en este viaje, pero quedaba claro que no. Tendría que intentarlo con los coches particulares.
 
No fue difícil. Dos intentos, y estaba en marcha con un matrimonio vasco que iba a Santander y que tenía un sobrino que intentaba vivir de tocar la guitarra. Me dejaron en Osorno, en frente de un bar. Entré. Más que a mí miraron mi equipaje, al que trataba de ir haciéndome, acostumbrarme a ponerme la mochila, a quitarla y apoyarla sin preparar esperpentos patéticos de viajero inexperto que acaba de empezar. Pregunté y me dijeron que era muy difícil que alguien fuese en dirección de Burgos desde allí. Ante ese nuevo reto tocaba moverse. Llevaba la mochila al hombro y el acordeón en un carro. Parecía que me apañaba para caminar.

Recuerdo que iba feliz, sonriendo, mirando los campos que había a mi alrededor y siendo plenamente consciente del presente que estaba viviendo. Un rato más tarde llegué a una gasolinera en la que me dijeron que más adelante tenía un área de servicio con restaurante y que allí quizás encontrase a alguien que fuese hacia Burgos. Sin embargo, allí me dijeron que era difícil encontrar a alguien que fuese en esa dirección, así que decidí seguir andando. Poco más adelante estaba el desvío a Burgos. Haría autostop en carretera.

Caminé varios kilómetros. Hacía calor y notaba que iba bastante cargado para caminar mucho, pero iba animado, contento. Quedaban aún muchas horas de luz. Si antes de la noche no encontraba ningún lugar donde dormir,  podría plantar la tienda de campaña y continuar al día siguiente. No obstante, si tenía fuerzas y ganas para seguir andando, en unas horas llegaría a Melgar de Fernamental. Atravesé el límite de las provincias de Palencia y Burgos y lo sentí como una victoria, una meta volante que me animó.
 
Se acercaba una furgoneta a lo lejos por la recta infinita de la carretera castellana. Levanté el dedo, con algo de timidez, un poco de sentido del ridículo y esas 'vocecitas interiores' que paralizan cualquier intento de romper con la rutina o con lo socialmente controvertido. Pero atreverme fue una nueva victoria. Me crecí. Y tuvo resultado. Unos metros más adelante, la furgoneta giraba y unos minutos más tarde estaba en medio de una familia gitana. Delante iban tres hombres, de unos sesenta, cuarenta y veinte años, detrás, dos chicas jóvenes y otro chaval y en el medio, dos mujeres, de unos sesenta y cuarenta, esta con un bebé en brazos.  “Puedes llevártelo a Francia” me dijo la que debía ser la madre, refiriéndose a la criatura desde el asiento de atrás. Se interesaron por mi viaje, por mi música y me dejaron en Melgar de Fernamental, por donde comencé a caminar, tremendamente feliz y satisfecho de haber llegado hasta allí.

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“¿La carretera hacia Burgos?” le pregunté a una mujerina. “¿Vienes de muy lejos?” quiso saber ella. “De Astorga, León” le dije. “Uy pobre”, fue su respuesta. Me indicó el camino hacia la carretera de Burgos. Me encontré con un cartel que decía que León estaba a 143 kilómetros y sentí que ya estaba plenamente inmerso en el viaje.

Tras un par de horas decidí que no era buena idea seguir intentando que alguien me llevase a Burgos. Di la vuelta y volví sobre mis pasos. Estaba seguro que alguna señal me indicaría el camino, y así fue. Castrojeriz. Esa fue la palabra. Una señal indicaba la dirección a Castrojeriz. Hacía tiempo que quería conocer ese pueblo y en concreto visitar el antiguo convento de San Antón, hoy convertido en albergue, que desde el siglo XII ha acogido a peregrinos en su ruta jacobea. No me esperaba que aquel lugar estuviese en mi ruta, sin embargo, cuando levanté de nuevo el dedo pulgar en la carretera de Castrojeriz, el primer coche que me vio se detuvo. Una chica me llevó hasta el albergue, a tres kilómetros del pueblo. Curiosamente, su jefe era quien regentaba el albergue. Las casualidades están bastante lejos del sentido del rumbo cuando la brújula marca cuatro direcciones: sueños, deseos, ilusiones y pasiones. La brújula que me regaló la gente de Balterius’98, el grupo de teatro de Villabalter, me lo dejaba más que claro.

Impresionado ante los muros góticos con los que jugueteaban el sol y la tarde con la vegetación, pregunté al hospitalero si podía poner la tienda por allí. Después de decirme que sí, me comentó que prefería que durmiese en una cama. En aquél rincón del universo, en un  místico y vivo recuerdo en piedra y presente, conocí y cené con Pierre, un peregrino francés con barbas largas y blancas y Jeannette, canadiense en dirección a Compostela… ¿o Finisterre?

Subí a facebook una foto de donde estaba, y mi padre comentó que de allí al lado era mi bisabuelo. ¿Casualidad? Para mí significó algo más.

Todo fluía. Varias estrellas fugaces surcaron la bóveda celeste llena de constelaciones que esa noche de luna creciente era la cubierta más impresionante que aquella primera etapa podría proyectar en el cielo y en los sueños de algo que no había hecho más que empezar.

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