Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 21/10/2017
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El Solito Trovador
2/12/2013

Yo me voy al mundo

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Salí del Convento de San Antón, contento por haber pasado una noche al abrigo del frío de unas paredes que mantenían en pie la historia y el arte de un lugar de protección, donde la Tau impregnaba de buena suerte a los peregrinos. El día anterior había mirado los mapas de la zona en una taberna de Castrojeriz y si mi intención era seguir haciendo autostop lo iba a tener complicado, pues me esperaban kilómetros de caminos o de carreteras más que secundarias y rurales. 

Me puse en marcha y me tomé con filosofía que tocaba caminar bastante. Aún así no esperaba que tanto. Emprendí el Camino de Santiago en dirección contraria y comencé a encontrarme peregrinos con rostros ambiguos al verme tan cargado y desandando los pasos que ellos darían. Me preguntaban si venía de Santiago. Les contaba un poco por encima mis intenciones y sus rostros se volvían aún más ambiguos, pero esos pasos fueron regados con miles de sonrisas y palabras de ánimo. Y sol. Y cansancio. Y dolor de pies. Empecé a darme cuenta de que esta ruta no debía estar planteada para andar mucho (planteamiento que al día siguiente se me olvidaría por primera vez). Resumiendo y pasando por alto encuentros y horas de campos de labranza con labradores motorizados; de cruceros en un desierto a la castellana; de molinos eólicos que parecían gigantes violentos en medio de la nada, queridos sanchos; de pequeños oasis con frutales (peras y moras para hidratarme, pues no llevaba agua) y tan solo dos pueblos (Hontanas y Castrillo del Camino), vacíos, tristes, silenciosos aquella desapacible mañana de octubre que anticipaba el otoño; después de subir cuestas y bajarlas; de ver un par de cruceros y sacar fuerzas y ánimos de algún sitio, llegué a Hornillos del Camino. Era un pueblo largo, y ¡Sí! ¡Al final de la larga recta había un bar! No solo un bar, sino que pregunté a la camarera si sabía de alguien que fuese a Burgos y me respondió que sí, que si esperaba un poco, la cocinera me podía llevar. 

A eso de las cuatro de la tarde estaba atravesando el arco de Santa María bajo un inmenso cielo azul que para mí simbolizaba un motivo más que evidente de que todo iba e iría bien. Había caminado casi veinte kilómetros demasiado cargado, por unos caminos no aptos para el carrito con el que tiraba del acordeón. Había inventado mil maneras de hacerlo todo más llevadero. Acordeón en la espalda y mochila en el carrito. Acordeón en el carrito y mochila en la espalda. Acordeón y mochila en el carrito. Acordeón y mochila en la espalda… (no, eso no). Tirar del carrito. Empujar el carrito. Así, al menos, me había ido manteniendo entretenido. ¡Pero ya estaba en Burgos! Cuando pensaba que estaba a dos horas de León, me daba cuenta de lo que significa un viaje. De lo que supone un camino. 

En la plaza mayor de Burgos escuché la canción, Tuska, la de El Barrio, esa que dice “yo me voy al mundo” “llevo un lápiz y un papel” “soy el hijo de la noche y no tengo horizonte ni metas que alcanzar, soy testigo de la luna y toda mi fortuna la tengo en mi cantar” ¡Gracias por descubrírmela en el mejor momento! Esa canción resume lo que ha sido y está siendo este viaje y cualquier viaje. Habla de vivir la vida (que a fin de cuentas es la forma más digna de usar la vida), de la libertad y en definitiva de dejarse llevar, haciendo cada cual lo que sabe hacer, sin molestar al vecino, pero disfrutando, soñando, creando y sumergiéndose de lleno en el instante…

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A las diez menos diez de la noche caminaba tranquilo y satisfecho por delante de la catedral de Burgos. No sabía dónde iba a dormir, había hablado con una serie de peregrinos de dormir en la calle, pero no les encontraba. Pero no pasaba nada. De eso se trataba, de confiar. Sabía (intuía, sentía) que todo iba a desembocar donde debía. Unos minutos después estaba en la recepción de un albergue del Camino de Santiago contando mi caso. No me pusieron trabas a pesar de no ir hacia Santiago. Supongo que entendieron que lo mío también era un peregrinaje. Lo único que me dijo el hombre serio que estaba tras el mostrador fue “un poco más y no llegas, cerramos a las diez”. Miré el reloj. Aún quedaban tres minutos para las diez. La única realidad era que había llegado.

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