Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/08/2017
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El Solito Trovador
24/12/2013

Los laberintos místicos de Agde

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Dentro de la mística cadena de causas y consecuencias por la que si nos dejamos llevar todo funciona acorde con la dirección que nuestro ser profundo tomaría si estuviese libre de las trabas impuestas por el condicionamiento de las limitaciones que nacen de los miedos y las dudas, encontré en Jaca a una persona que tenía que ir a Lausanne. Le ofrecí pagar la gasolina a medias, pero viajaba con una furgoneta y todos los gastos corrían a cargo de la universidad suiza. 

Así que un domingo por la mañana cruzamos los Pirineos. El viaje por Europa empezaba a teñirse de acento francés cuando atravesamos - bajo un cielo azul sonrisa salpicado de nubes simpáticas - el túnel de Somport, y salimos a ese mundo infinito que desde Jaca intuíamos tras las montañas del norte. 

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Después de un día de viaje de buena música y mejor compañía, llegamos a la costa mediterránea, donde pasaríamos la noche. Llegamos a Agde, un pueblito marinero, muy cerca de Béziers.
Agde por la noche es sorprendente. Las calles intrincadas y laberínticas serpentean llenas de misterios. Tiene una catedral románica cuya torre hace de vigía, faro interior y fortaleza junto al río Hérault, que desemboca allí mismo. Allí, en Agde, nos dimos cuenta tras una conversación con un gato gordo y misterioso de que quien entra, no sale. Las pocas gentes que caminan con la mirada llena de perseverancia, buscan claramente como abandonar ese lugar al que se entra por casualidad sin saber que allí el tiempo se detiene en una conjunción metafísica difícil de explicar. Agde, de algún modo, permanece anclada en alguna fecha no concreta y salir de allí es algo así como una prueba, una escalada donde el alma tiene que buscar un sendero y para ello tiene que andar viva y fresca. Es como un sueño, un lugar donde se puede aprender siempre y cuando se consiga mantener fuerte el ritmo del pensamiento sin caer víctima de la onírica esencia que impregna, quizás emanando de las aguas, la pequeña localidad francesa. Se nos ocurrió que podíamos escribir en un papel esas reflexiones, para leerlas al día siguiente y recordar que había que salir de allí – el gato decía que el problema era sentirse a gusto allí y quedarse una noche más. Decía que entonces los años pasaban y Agde era una cárcel sin penas ni dolores, pero un lugar imposible de abandonar -. También pensamos que podía ser buena idea tatuárnoslo, al estilo Memento, Europa era grande y la vida larga, y preferíamos acordarnos de vivir otras aventuras. Quizás, en cualquier caso, fuera un buen lugar al que volver para no salir más adelante. Yo me veía con pelos largos y blancos, una pipa, y el acordeón, cantando en un hipotético pasado mañana las canciones de ayer hoy y mañana.

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Después de un largo y profundo primer sueño al otro lado de los Pirineos, continuamos. Logramos salir de Agde, no fue difícil en realidad. Visitamos Cap d’Agde, vimos el mar y nos adentramos en Europa, con intención de llegar a Suiza. Lausanne: Un mundo distinto estaba a punto de abrirse ante nuestros sentidos.

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