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El Solito Trovador
12/02/2014

Infierno. A los pies de Garisenda

Canto Tercero. Emilia Romagna
                  Bologna



Qual pare a riguardar la Garisenda
sotto’l chinato, quando un nuvol vada
sovr’essa sì, che ella incontro penda;

[Img #7747]


Allí, en la estación de Bologna que varias veces pisaría para dejar la ciudad y para regresar a ella, estaba mi guía particular, el Virgilio que me acompañaría. Mi compañero y amigo. Luigi. Como Dante, Lugi había vivido en la luz de arte florentina y como Dante, vivía un exilio particular, pues un napolitano siempre que no está en Napoli está sin duda en el exilio. Y eso se nota, se siente al oírles hablar. Al verles sentir. La gente del sur de Italia. Gente especial, sin duda. Como él. Pero Luigi no iba a ser Dante en esta historia. Más bien Virgilio. El poeta romano que guía al peregrino por el infierno. El que habla con los habitantes de esa región del alma. El que traduce. El que enseña palabras como “sconvolto”, “anche” y “adesso”, términos que el Dante Trovador no olvidará jamás, pues ir entendiendo esa maravillosa lengua hacía que el cerebro pudiera configurar y comprender mejor lo que significaba Italia.

[Img #7745]

Pero los círculos del infierno aún tenían que dar de sí. Bologna… la roja. Bologna de fuego. Bologna la de los pórticos que no permiten ver el cielo, porque aún estamos en el infierno. Bologna la de las dos torres que imponentes arañan a las nubes haciendo más pequeño al caminante. Dijo Goethe de Garisenda, la torre inclinada: “es un espectáculo que disgusta y, sin embargo, es muy probable que haya sido construida así a propósito”. Torres levantadas con soberbia, como símbolo de poder. De riqueza. Vestigio prepotente de las ambiciones sociales. Pequeña muestra de las cien que pudo haber. 

Pequeño y solo, el caminante recorre las calles boloñesas. Busca esquinas donde ponerse a tocar, pero no las encuentra. Camina con su equipaje de un lado a otro. Cargado. Cansado. Vacío y perdido. Encuentra un buen sitio. Toca un rato. Bologna, la que tanto prometía, la desordenada. La del ruido silente. La de la falsa sonrisa. “Habiamo la testa cosi” dice una farmacéutica al cantante. Bologna, donde Cerbero castiga a los condenados por la gula; donde el fuerte viento agita las almas de los que no sucumbieron a la pasión desmedida; donde los avaros pierden su individualidad y desaparecen en la multitud; Bologna, la de la pereza de quienes no hicieron con su vida lo que su vida les pedía; la de los iracundos. La que Luigi le enseña al Trovador. La que grita. La que miente. La que se alza, bella, orgullosa y grande para ser descubierta, desentrañada bebiendo spritz con más gente del sur. Maravillosa gente del sur. 

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Y precisamente esa noche que los antiguos conocían como Samhain, la que los cristianos llaman de los difuntos y la que los yanquis exportan como Halloween, Bologna era el escenario. Una noche en la que se entremezclan los mundos, en la que los espíritus campan a sus anchas por las tierras de los vivos. En la que los disfraces emulan tradiciones extranjeras, pero en las que, sin quererlo, la procesión va por dentro, porque la fomentan con sus impulsos las energías de la naturaleza. Esa noche, Luigi, a quien los ángeles, o quizás sus pasos, pusieron en verano en León en forma de peregrino hacia el Finisterre, y así pude conocer al poeta Virgilio que me guiaría por la Bologna, me llevó a cenar con más gente del sur, un artista romano, un músico de calle, una acordeonista italiana y otra francesa con quien más tarde contactaría cerca de Annecy, cuando caminase por el paraíso que aún quedaba tan lejano e inconcebible sumergido en la realidad mental del infierno dantesco y trovadoresco. Aquella cena, aquella noche de Samhain, la de los difuntos… no habría tenido el mismo significado en otro lugar. 

Allí, en Bologna. La ciudad redonda. La del arte. La de los sueños. La de las ideas. La que reorganiza. La que nutre. Allí, en Bologna, en donde empecé a entender que al igual que en París años atrás fue necesario el Spleen para tocar el Ideal, ahora era necesario el dolor del infierno no para acariciar, sino para ser acariciado por el vivo aliento del paraíso. Bologna… la maestra. 

[Img #7746]

Como al mirar la Garisenda semeja
bajo el inclinado lado, cuando una nube pasa
sobre ella, que a su encuentro navega;

tal me pareció Anteo a mí que estaba atento
a verlo inclinarse, y fue tal entonces 
que más hubiera querido ir por otra vía.

Pero suavemente en el fondo donde devora
Lucifer a Judas, nos dejó;
Luego, así inclinado no se demora,
y como el mástil de una nave se elevó.

Divina Comedia, Infierno, XXXI

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