Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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El Solito Trovador
12/03/2014

El infierno. El frío

Canto Quinto. Veneto. Padova


Y aun cuando, como encallecido,
por el frío todo sentimiento
había abandonado mi rostro,

me parecía sin embargo sentir un viento;
por lo que yo: Maestro mío, ¿quién lo mueve?
¿no está aquí abajo todo vapor extinto?


[Img #8265]

Viajar. Viajar buscando… pero ¿buscando qué? Buscando solo viajar. Haber entendido que en el infierno la meta no existe. Que cualquier intento de crecer es una frustración más. El tren cambiaba la Emilia Romagna por el Veneto. El cielo de Padova teñía de gris el azul de Bologna. 

Padova. Larga. Fría. Húmeda. Triste. Muy triste todavía. Una de las plazas más grandes de Europa para perderse en la niebla. Para abrazarse a la piedra y desentenderse del cielo lejano e inalcanzable. Padova, la de los paseos infinitos. La de las horas eternas.

Dante hablaba de la triste fosa, donde reposaban todas las rocas del infierno. Allí en Prato de la Valle, las estatuas de tantos que habían honrado a la ciudad con su obra, con su existencia o con su paso, parecían ser esas rocas agarrando la niebla fría, helada. Los condenados de la Divina Comedia que al llorar mirando hacia arriba sufrían la congelación de las lágrimas. El infierno no responde a las leyes de la tierra, y allí el frío tiene sus reglas. Sus leyes heladas. 

Estaba cerca el señor de los infiernos, la última prueba antes de alcanzar el purgatorio, mas Padova debía ser vivida. Debía ser sufrida. Debía ser sentida.

[Img #8264] 
El Condottiero Gattamelatta dirige los pasos de su caballo. Lo hace sin violencia, pero lo hace con autoridad. Y es que servir a una ciudad en aquellos tiempos en los que en Italia florecían las artes, tal vez más por prepotencia y ego de cada rico que por verdadera inquietud artística, no podía ser misión fácil. Y Donatello, que como otros muchos italianos del momento supo beber de las fuentes de energía mágica que siempre fluyeron por la península de la bota y dotar a su técnica de la exquisitez necesaria para hacer de las ambiciones de los poderosos un lujo cultural y estético para los que vinimos después, reflejó en una estatua ecuestre la serenidad de un personaje cuya misión no era fácil. La psicología del retrato y el simbolismo de la escultura inquietan y maravillan, y allí, bajo Gattamelatta, el Renacimiento es concebido, comprendido y recreado, y la paz que las artes regalan al espectador que las disfruta eran un guiño de las musas, que en vez de inspirar, curaban el alma, como enfermeras que se colaban en el infierno íntimo del peregrino y le recordaban que ningún dolor es para siempre.

[Img #8266]

Y qué decir de San Antonio, de la basílica. Mi abuela le reza a San Antonio cuando no encuentra algo, y San Antonio, a mi abuela, le ayuda a encontrar lo que ha perdido. Mi tío cantaba a San Antonio cuando no encontraba aparcamiento, y San Antonio a menudo le encontraba un hueco. Y en Padova aprendí que las jóvenes ponían una estampita de San Antonio del revés cuando no encontraban marido, castigando al santo, que volvía a ser una estampita mirando al mundo cuando algún gallardo mozo se fijaba en ellas. San Antonio da esperanzas a las gentes, y si algo he aprendido de la religión, es que cada santo, cada icono, cada tradición, es una máscara o un lenguaje con el que los poderosos de turno maquillaban una tradición previa que ya había ocultado otra anterior… y así sucesivamente hasta llegar a la fuente de energía primordial y básica. Esto quiere decir que si mi abuela, mi tío y las mozas le piden algo a San Antonio, se lo están pidiendo a esa fuente de energía concreta con la que disfrazaron al santo. Y yo le pedí a las energías primordiales disfrazadas de Santo y basílica que me alumbrasen. Que me ayudasen a encontrar aquello por lo que me había sumergido en los infiernos de Dante. Que me dieran la luz necesaria para… encontrarme a mí mismo.

Y caminé, en la niebla, en el frío. En la noche. En la incipiente esperanza (poca, el infierno no permite a la esperanza morar en sus almas, pero había un brote secreto que estaba dispuesto a cuidar y regar para escalar, muy pronto, hacia el purgatorio. Porque la luz del paraíso era mi guía. Mi ilusión. Mi destino). Caminé de nuevo por Prato de la Valle. Paseé por las calles medievales y tiernas de Padova. Por sus plazas. Por su frío. Por su belleza. 

[Img #8267]

Cerca de Padova, lo suficientemente cerca como para llegar andando pero también lo suficientemente lejos como para pensarse dos veces el paseo, vivía Matteo. Me dio sofá y lo sentí como refugio. Es un historiador bergamasco que ha escrito sobre otro infierno: La Guerra Civil Española. Intercambiamos su libro y mi disco. Él y sus amigos, de nuevo gentes de distintos puntos de Italia, me enseñaron la ciudad; me llevaron a los bares y me hablaron del pasado. Así como en Bologna, acompañado por un Virgilio napolitano entendí el sur, aquí un Virgilio de Bérgamo y sus amigos me acercaban a entender las peculiaridades del norte e iba poco a poco configurando en mi mente una idea del gran mosaico de Italia. La de los dialectos. La de los trozos de mundo. La Italia de las mil Italias. La de los italianos directos y sinceros; cercanos, simpáticos y siempre, siempre, hospitalarios.  



Y él a mí: Pronto estarás donde
de ello te dará el ojo respuesta,
al ver la causa que al soplo mueve.


[Img #8268]



El cielo se abrió 

ÉL: Haces precioso el cielo con esa sonrisa creciente.
LUNA: Lo dices con la boca cerrada...
ÉL: Pero con el corazón abierto.
LUNA: Me gusta... veo que vas aprendiendo.
ÉL: He tenido que caminar mucho.
LUNA: De eso se trata. ¿Y cómo te sientes?
ÉL: Fuerte.
LUNA: ¿Cansado?
ÉL: Viviendo.
LUNA: ¿Te encuentras?
ÉL: Prefiero no pensarlo.
LUNA: ¿Y sentirlo?
ÉL: Dejémoslo en andarlo.
LUNA: ¿Hacia dónde?
ÉL: Sin rumbo.
LUNA: ¿A la deriva?
ÉL: Tal vez.
LUNA: Quizás te pierdas.
ÉL: ¿En un camino de búsqueda? No lo veo grave.
LUNA: Quizás tengas razón.
ÉL: ¿Me regalas una estrella?
LUNA: Escoge la que quieras.
ÉL: La guardaré bien.
LUNA: Y cada vez que se tambalee tu sueño, mírala. Te guiará.

La Luna no se ocultó. No había nubes, y siguió sonriendo en el cielo del Veneto mientras él se perdía buscándose, cada vez más cerca de sí mismo por las calles de otra ciudad.  (Padova, 6 de noviembre de 2013, 17:41)















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