Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/06/2017
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El Solito Trovador
1/04/2014

Abandonando el Infierno

Canto sexto. Lombardía. Bérgamo


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En los últimos círculos del infierno, Dante se enfrenta al helador frío. Al hielo en el que moran quienes traicionaron. La traición. La más oprobiosa de las faltas a las que se puede enfrentar un espíritu humano. Y de todas las traiciones, la más grave es la que uno se infringe a sí mismo. Y esa traición ha de ser castigada, sufrida y purgada más tarde por los pasos del alma.

Pero más que un castigo se trata de un camino de superación. De crecimiento. La disciplina del infierno de Dante supone avanzar, venciendo miedos, superando etapas para llegar más y más arriba. Para llegar al encuentro con uno mismo.

Y tras varias etapas por el infierno; un tren más me dejó en Bérgamo. Y Bérgamo estaba fría, como los últimos círculos del infierno dantesco. Y llovía. Y era todo noche, incluso cuando era de día. 

Pasito a pasito había llegado hasta allí; acorde tras acorde seguí tocando en las calles y a pesar de la oscuridad del lugar, de la humedad y el frío bergamasco, una sonrisa comenzó a esbozarse en algún rincón de mi interior. 

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Cuando la noche se hizo con el control de la situación, Bérgamo se vació y surgieron los ojos. Los ojos de las esculturas que controlaban la parte baja de la ciudad. Miedo… pero un miedo de esos que gustan. Un miedo sin peligro; un miedo desde la seguridad de saber que algo estaba cambiando, porque estaba a punto de atravesar las puertas del purgatorio y dejar para siempre atrás el infierno. La vida estaba empezando a concebirse dentro de mí de otro modo. Caminaba en la niebla, entre la piedra imponente, lisa y blanca; me observaban las monumentales construcciones y las miradas de los seres vivos e inertes que poblaban las fachadas de la ciudad. Y sí, tenía un miedo que en realidad me hacía sonreír… un miedo como el que nace al ver una película de terror; todo era un teatro y el escenario estaba en mi interior. Y el protagonista estaba a punto de vivir una de las escenas más importantes de aquel acto. 

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Subí a la ciudad vieja. Atravesé una de sus puertas y enseguida me encontré con una gran explanada de césped y árboles desde la que se divisaba, sumergida en la niebla, una inmensa masa de luces difusas. Bérgamo bajo. La antesala de los últimos pasos por el infierno, o más bien, de los pasos por esa estancia intermedia entre dos mundos. Pasos cargados ya de esperanza. Esa que falta en los infiernos interiores. 

Calles medievalescas, más miradas de la piedra, belleza, oscura luz naciente. Paso a paso; sueño a sueño; latido a latido. Torres, soledad, color naranja, menos niebla que abajo. Y el laberíntico trazado conduciendo al peregrino hacia sí mismo.

Hacia un rincón muy especial de su alma que se metaforizaba en placita pequeña, acogedora, iluminada. Donde vibraba la esencia de un camino que continuaba. La esperanza era la llave con la que desde Bérgamo, pude abrir la llave de una nueva etapa: El Purgatorio.

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