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Oscar González García
11/06/2014

El día en que murió el socialismo

Pablo Iglesias Possé, el fundador del PSOE, debe estar hoy revolviéndose en su tumba. También lo estarán Besteiro, Indalecio Prieto o Largo Caballero, y los que más me preocupan, los miles de socialistas que fueron a parar a las cunetas y descampados de este país sin que su memoria haya podido ser recuperada.

 

¡No! No consiento que nadie me llame “guerracivilista”, ese concepto acuñado por determinada prensa e historiografía para dirigirse a quienes reivindican los derechos defendidos desde hace décadas por la izquierda; esto no es un alegato de alguien que quiera ganar ahora lo perdido en el 39 porque ¿saben qué? Yo no estaba allí. Ni siquiera me importa lo más mínimo el tan actual debate sobre las banderas y me da igual que se recupere la tricolor o se mantenga la rojigualda que, como se han encargado de dejar claro muchos eruditos de Wikipedia en estos días, no es un símbolo franquista, sino que lleva entre nosotros desde que Carlos III la instaurara como enseña de marina. Solo son símbolos y lo importante son las ideas.

 

No estaba vivo en el 39 por suerte para mí, pero tengo formación y memoria histórica. La suficiente para comprender que sí, ustedes, señores diputados socialistas y medios de comunicación que les sirven, tienen razón: con la Constitución en la mano no cabe debate alguno en cuanto a la sucesión de Juan Carlos I y no hace falta más que una Ley Orgánica para hacerla efectiva. Con la Carta Magna ante nuestros ojos y proclamando el espíritu de la Transición, lo están haciendo ustedes todo bien y no se han salido ni un ápice de la legalidad. Sin embargo, es esta una cuestión de sentido común, y las palabras socialismo –que implica igualdad– y democracia, deberán resonar en sus conciencias desde hoy y por el resto de sus días. Un libro no puede debatir lo que tan claramente puede ser entendido por cualquier mente humana de este siglo: el pueblo debe poder elegir a sus gobernantes, y este pueblo no lo ha hecho, al menos una gran parte de él.

 

Cuando este miércoles han votado a favor de la Ley Orgánica de la Abdicación, han querido dejar muy claro que el debate solo trataba sobre eso, y no sobre la forma de Estado, e incluso su líder se ha atrevido a decir que “no ocultan su preferencia republicana”. Aun así, dichas justificaciones no me sirven, y no valen más que para echar un poco más de arena sobre la tumba del socialismo y el republicanismo en este país; lo triste es que la paleen aquellos que deberían estar defendiendo esas ideas.

 

Hoy el socialismo ha muerto en España, pero llevaba tiempo agonizante; desde que dejó de servir a los Obreros y Españoles que le dan nombre al partido, para empezar a obedecer otros intereses más rentables. Se iba cavando su tumba cada vez que un alto cargo era imputado en un escándalo de corrupción; cada vez que algún concejal de cualquier modesto ayuntamiento repartía puestos señalando con su dedo o cada vez que gente sin oficio ni beneficio engrosaba sus listas para vivir de la política. Después históricos líderes, antaño orgullosos de luchar contra la injusticia, certificaban su delirio al declararse orgullosos de ser la “casta” y abogar por alianzas con partidos supuestamente antagónicos antes de dar paso a nuevas opciones a las que la ciudadanía ahora se aferra. Lo de hoy, como he dicho, ha sido su muerte y enterramiento.

 

Sin embargo, aunque en estos días se han preocupado mucho de recordar a todo aquel que no comulgue con sus ideas que es un anti-demócrata, un chavista, un nostálgico de tiempos pasados, un friki y muchas otras lindezas, el pueblo no es tonto. Los votantes saben para quién gobiernan y, después del castigo de las últimas europeas, sus actos solo deberían confirmar su desaparición así que, muchas gracias PSOE por los servicios prestados, que no han sido pocos, y Descanse en Paz.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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