Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 20/07/2017
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José Cabañas (*)
2/07/2014

Los mártires de Santocildes

Pedía Izquierda Republicana al inicio de junio de 1936 en un manifiesto a todos los partidos del Frente Popular que no creen conflictos al gobierno, y se dispone el día 5 la dotación de un millón de pesetas a la Junta de Socorros para aliviar la situación de las viudas y los huérfanos de la revolución de Asturias de 1934; a sus víctimas, “a nuestros muertos caídos por las balas homicidas de los centinelas de la cárcel-cuartel de Santocildes”, conmemoraban el 7 de junio desde la Casa del Pueblo de Astorga con una manifestación en visita al cementerio y un acto ante sus tumbas.

 

Habían llegado a la ciudad maragata ya el día 13 de octubre del 34 más de un centenar de revoltosos de las cuencas asturianas, hechos prisioneros y encarcelados en el cuartel de Santocildes, y también diez revolucionarios heridos, de los que dos fallecían y el resto era ingresado en el Hospital Militar de San Juan Bautista.

 

Comenzaban pronto en la capital leonesa (el 22 de octubre) los juicios sumarísimos, uno de los primeros contra el pintor José Vela Zanetti por coacción e insultos a la fuerza pública, mientras se publicaba el bando del general López de Ochoa, “Jefe del Cuerpo de Ejército de operaciones en estas provincias” conminando a la entrega de armas y explosivos bajo sumarísimas y marciales penas; se aplazaba el licenciamiento de las clases de tropa actualmente en filas, y en la Prisión Provincial seguían ingresando revolucionarios, pasando ya los recluidos de 200, y en Astorga en el pabellón habilitado del Cuartel de Santocildes hay 316 detenidos y “continuamente están llegando camionetas con nuevos revoltosos”.

 

El 10 de noviembre informaba El Adelanto de que ya habían regresado los primeros expedicionarios del batallón de guarnición en Astorga, siendo recibidos con gran entusiasmo por la población, y de que hay en el pabellón del Cuartel de Santocildes 500 rebeldes detenidos. Nuevos contingentes de presos revolucionarios continuaban entrando a la altura del 17 de aquel mes, alcanzando la cifra de 750, aproximándose ya a primeros de diciembre al millar los reclusos que lo ocupan.

 

En León, Asturias y Palencia se prorrogó el 7 de noviembre el estado de guerra decretado tras la asonada del inicio de octubre, y las sucesivas ampliaciones (hasta el 14 de abril de 1935; el 24 de enero se había levantado para el resto del país) combinadas con el de alarma mantuvieron los estados de excepción durante más de un año. Desde el 20 de octubre la prensa conservadora publica sin parar noticias sobre presentaciones de rebeldes, detenciones, y hallazgos de armamento. En la capital leonesa se instaló de nuevo un Tribunal de Urgencia que de inmediato comenzó con los juicios sumarísimos (aún proseguían con notable dureza a finales de 1935, y en ellos se despliegan ya argumentaciones que se harán norma en los celebrados a partir de julio de 1936) y las condenas a mineros, dependientes de comercio, camareros y militares sobre todo, parte de los aproximadamente 800 detenidos en la provincia, puestos la mitad en libertad y recluidos algunos de los restantes para cumplir penas que oscilaban entre los 2 y los 30 años de prisión en la cárcel provincial (solo quedarán en ella ocho –cinco de Veguellina y tres de Valderas- cuando se decrete la amnistía el 22 de febrero de 1936) y las de Astorga (más de cien fueron enviados al Cuartel de Santocildes) y La Bañeza, expedidos otros a penales repartidos por todo el país, como Valladolid, el Dueso o el fuerte de San Cristóbal, en Pamplona, antigua fortaleza en ruinas que se habilitó y comenzó entonces a utilizarse como cárcel, en periplos que llevaban a algunos, como los procesados por los sucesos de Cistierna, a ser trasladados a primeros de noviembre al acuartelamiento penal astorgano desde el Depósito de La Bañeza, rebosante y en lamentable estado (con el tejado destrozado y celdas que se llueven), según se certificaba entonces a la autoridad provincial.

 

Las deplorables condiciones en que en aquellas cárceles y en otras se confinó a los numerosos presos de la represión del movimiento revolucionario de octubre de 1934 (se habilitaron ya como prisiones edificios religiosos) motivaron la denuncia por escrito, dirigido primero a la opinión pública el 22 de diciembre de 1934 y al presidente de la República el 11 de enero de 1935, del diputado por León del Partido Republicano Radical Socialista Félix Gordón Ordás (como ésta, con todos los detalles de nombres y firmas, se presentaron las respectivas de los también diputados Fernando de los Ríos -al inicio de enero de 1935- y Álvarez del Vayo), después de no habérsele permitido realizar ya el 12 de diciembre una interpelación urgente sobre ello en el Parlamento y de limitársele la tribuna periodística, y que tituló “Por la salud del régimen. La represión en las provincias de Asturias, León y Palencia”. Aquel manifiesto hubo de publicarse y circular en ediciones clandestinas, y se penó su posesión, como se hizo el 21 de enero de 1935, clausurando el Círculo Radical Socialista de Palencia y sometiendo a juicio sumarísimo a su conserje, a quien se le hallaron algunos ejemplares.

 

Según tal denuncia, en toda España se estaban dando anomalías y atropellos en la “cruel, feroz e inhumana represión” del movimiento revolucionario, y singularmente en las provincias objeto de su reclamación, que el parlamentario visitó para constatar las perpetradas en Pravia, Mieres, Pola de Gordón, Villafría, Barruelo de Santullán, Aguilar de Campoó, Bembibre, La Bañeza y Astorga, para concluir que en el cuartel-cárcel de la última “han seguido sintiendo el vergajo los detenidos, lejos de haberse convertido para ellos en remanso de paz”, narrando después las torturas y apaleamientos por la Guardia Civil que se infligen entre los días 15 y 20 de noviembre de 1934, bajo el mando del comandante militar Baltasar Chinchilla Orantes (que había participado con tropas de Santocildes en las operaciones militares contrarrevolucionarias en El Bierzo), a apresados vecinos de Caboalles de Abajo y de Matarrosa del Sil, y que remiten al hacerse cargo del mando el comandante Germán Madroñero (cesará en la comandancia de la Plaza de Astorga el 8 de enero de 1936 destinado como comandante jefe de las fuerzas de Seguridad y de Asalto de la 4ª División en Barcelona, para donde sale el 4 de febrero).

 

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Había en el Cuartel de Santocildes a primeros de enero de 1935 unos 1.030 presos, todos ellos procedentes del movimiento revolucionario y pertenecientes a la zona leonesa y algunos a la asturiana, según el informe de Fernando de los Ríos, en situación horrible: “la inmensa mayoría no tiene manta, y sólo existen quince o veinte jergones de paja; los demás duermen sobre el bálago infectado de toda clase de parásitos. En tres meses, ni una sola vez han sido sacados al patio, tan espléndido, donde pudieran airearse. Constantemente sometidos a todo género de malos tratos; incluso muerto de un balazo un preso que cierto día se asomara a la ventana de una galería. Los que son puestos en libertad por los jueces, cuando van a sus pueblos, la Guardia Civil los lleva al cuartel, les da una paliza horrible y de nuevo los llevan a la cárcel, a pesar de estar judicialmente libertados”. En aquel habilitado recinto carcelario el diputado socialista visitó solamente a Alfredo Nistal, y un periódico de Astorga publicó un suelto a cuenta de las preferencias en su visita, lo que molestó un tanto a los funcionarios de prisiones, y la publicación astorgana hubo de aclarar que las preferencias aludidas se referían a las del parlamentario, que se olvidó de los demás presos, y no a los funcionarios a cuya custodia se hallan los recluidos (contaba el 17 de enero de 1935 El Diario de León).

 

En alguna fecha de aquel mismo año por mandato del Partido Socialista se desplazaría a Astorga Rodolfo Llopis, uno de sus responsables, para hacer entrega al comité de ayuda a los presos, representado por el médico Ildefonso Cortés Rivas, de dinero para su distribución equitativa entre los socialistas detenidos en aquella cárcel y cuartel. A primeros de enero de 1936 una comisión de presos da las gracias en carta abierta publicada en El Combate por el reparto que entre ellos se hizo de la ropa y el dinero (siete pesetas a cada uno) recogido en la colecta. El condenado Alfredo Nistal habría sido también socorrido mientras ocupó aquel reclusorio por sus hermanos masones del maragato Triángulo Asturica. Sería, por cierto y como señalará La Democracia el 23 de marzo de 1936, el maestro David Escudero Martínez, natural de Castrocalbón y delegado provincial de la sección leonesa de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza (integrada en la FETE), el alma mater en la organización de la ayuda económica prestada por numerosos maestros nacionales de la provincia (la mayoría afiliados a la ATE) a los compañeros presos y perseguidos por causa de la revolución de octubre del 34 y a sus familiares. Ayuda parecida se prestó a sus represaliados por el Cuerpo de Correos, y por un grupo de médicos a sus colegas castigados.

 

Sobre las penosas condiciones de la reclusión de estos presos de la revuelta de 1934 también aporta datos Gordón Ordás en su denuncia de enero de 1935 ante el presidente de la República; lo hace para la prisión-cuartel astorgana, en la que el 20 de octubre del 34 continuaban ingresando detenidos procedentes de Asturias y de las cuencas mineras de León, y donde “llegó a haber hasta 800 encarcelados” (al finalizar noviembre alcanzaban la cifra de 1.050, y se esperaba un contingente de 300 detenidos más), en la cual hay dos clases de presos: los enceldados y los alojados en la llamada aglomeración. Los primeros están encerrados en pequeñas habitaciones; la proporción es de treinta hombres por cada veinte metros cuadrados. No se pueden mover, y para dormir tienen que turnar o acostarse los unos con la cabeza sobre las piernas de los otros. Salen de la celda para la aglomeración, pero no al exterior, dos veces al día; por la mañana, dos horas; por la tarde, una. Mientras están encerrados hacen sus necesidades en botes de conservas, que han de tener entre ellos hasta que se les abre la celda, a las siete de la mañana y a las seis de la tarde.

 

La aglomeración es el dormitorio de una compañía de tropa. Consta de tres naves, una central y dos laterales en ángulo recto con aquélla. A la nave central van a dar las puertas de las celdas. En la aglomeración están los presos privilegiados, porque siquiera pueden andar un poco y hacer sus necesidades en algo más a propósito que un bote de conservas. Al fondo de las naves laterales hay un lavadero en una y un retrete en otra. En la aglomeración se alojan unos 300 presos que la llenan por completo. Por eso, cuando se suelta a los enceldados, en ninguna de las tres naves de la aglomeración se puede dar un paso. Entre enceldados y aglomerados son unos cuatrocientos.

 

El lavadero de la aglomeración está perpetuamente anegado de un agua sucia en la que flotan residuos de comida. El retrete tiene cuatro agujeros para cuatrocientos hombres. Como muchos de ellos padecen disentería, durante horas se forman largas colas de pacientes. El orín y las heces fecales se filtran por la pared y forman un reguero permanente, que se extiende por gran parte del suelo. Del recinto de las tres naves nadie puede salir. El sol no penetra allí jamás. La mayor parte de las ventanas están clavadas y las restantes han de mantenerse cerradas para evitar las posibles y dolorosas contingencias de que muera quien se asome por el tiro de algún centinela (como le sucedió al minero Vicente Blanco González, de Villaseca de Laciana, de 38 años y padre de tres hijos. Según El Diario de León del 7 de noviembre, cuando intentaba fugarse del cuartel fue requerido por el centinela, y como no hiciera caso disparó contra él, muriendo a los pocos minutos. Estaba en la celda 14, a un metro de la ventana, cuando recibió sin ningún aviso previo un tiro de fusil, dirá por contra El Combate el 29 de febrero de 1936).

 

No se puede allí leer ni escribir. Todos los días vagan los presos igual que sombras por aquellas naves lóbregas como cuevas, en medio de una fetidez horripilante. Por la noche se duerme en el suelo, amontonados a lo largo de las paredes, sobre un centímetro de paja sucia, que no se renueva nunca. Abundan los parásitos de todas clases. El agua es insuficiente; a veces falta hasta para beber. La consecuencia es que nadie puede lavarse más que dos días por semana. La alimentación consiste en un cazo de agua caliente, o mejor tibia, con dudas y sospechas de café, leche y azúcar, a las ocho de la mañana; a una hora que varía entre doce y tres de la tarde, y a otra hora que oscila entre siete y diez de la noche, dan otro cazo de arroz, garbanzos, alubias o patatas, un guiso indeglutible a veces. Dan, además, medio kilo de pan por barba y día. La gente se encuentra famélica y enferma del intestino. Están bajo la vigilancia de varios funcionarios de prisiones, que al principio trataban con humanidad a los presos. Se les veía sonrojados y angustiados, pero nada o casi nada podían hacer por ellos.

 

Para estudiar esta vergonzosa situación y ver el modo de ponerle remedio se han realizado diversas visitas oficiales, una de ellas incluso por el Director General de Prisiones. Nada se ha hecho aún. Hace unos quince días estuve yo allí y supe que se esperaba la llegada de algunos centenares más de presos procedentes de la cárcel de Burgos. Ya han llegado, sin que antes se paliara ninguna de las deficiencias existentes, y como es lógico la situación ha empeorado.

 

Donde antes había cuatrocientos hombres hay ahora próximamente el doble en las mismas condiciones. La paja no se ha renovado desde hace tres meses y está mezclada con restos de comidas, esputos, heces fecales y orines arrastrados por los pies de los hombres, fermentada y pútrida. Muchos presos no tienen paja en que acostarse, ni siquiera esa paja estercolaria, y carecen también de manta para abrigarse. El rancho ha empeorado y es ahora malo y escasísimo. A los heridos y enfermos no se les presta asistencia médica más allá de ser atendidos parvamente y a medias cada cuatro o cinco días con un  poco de yodo para unos y una purga para los otros. La enfermería es una celda igual a las demás, con la misma paja y la misma hacinación y la misma miseria y suciedad. La alimentación de los enfermos es también igual a la de los sanos. No existe botiquín ni material alguno sanitario. Hasta los funcionarios de prisiones, que comenzaron por tratar benignamente a los presos, han cambiado. La aglomeración hubo de crear fatalmente problemas de organización, que no se han sabido resolver. Con los problemas no resueltos y el consiguiente exceso de trabajo, el carácter de dichos funcionarios se ha agriado. Han renunciado todos a establecer una organización seria y se ha encomendado la solución de las cuestiones al vergajo. Los funcionarios de aquella prisión andan ya vergajo en mano, como si este soez y vergonzoso instrumento fuera el signo de su autoridad y todos los días hay repugnantes escenas de golpes a los presos, propinados a diestro y siniestro, como si se tratara de animales en país sin Sociedad Protectora de ellos. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses...

 

Porque a todos los presos sin excepción debe el Estado democrático un trato noble; porque el delito de estos detenidos, si existe, es un delito revolucionario, el mismo delito que estuvimos dispuestos a cometer, Excmo. Sr., todos nosotros, desde S. E. hasta el más modesto de los republicanos, contra un régimen que nos parecía abominable (¡Y qué pena da ver lo pronto que los hoy blancos olvidan la época en que fueron rojos!), y porque República es justicia o no es más que una palabra sin sentido, la dignidad de la República exige que se ponga inmediato fin a estas infamias.

 

Que también fueron denunciadas, y también el terror que allí se daba, por los recluidos en aquella prisión-cuartel en carta a la Agrupación de Abogados Defensores de los encartados en los sucesos de octubre (ASO, a la que pertenecía el letrado leonés Timoteo Morán, y cuya delegación en la capital estaba integrada además por Ramiro Armesto, Eustasio García Guerra, José Fuertes, David Fernández Guzmán, Alfredo Barthe, y Fidel Blanco).


Funcionaban en la plaza de Astorga a la mitad de enero de 1935 diferentes juzgados militares, y en la mañana del día 19 volvía a repetirse que “cuando se asomaba a una de las ventanas del Cuartel de Santocildes el preso Juan Álvarez Vázquez, natural de Oviedo, de 44 años, fue requerido por los centinelas para que se retirara, y como no  lo hizo, uno de ellos le disparó hiriéndolo en la cabeza; conducido a un sanatorio, continúa en gravísimo estado”. Las condiciones de la reclusión en aquel cuartel-presidio harían que, por desesperación o por demencia, un preso se mate el 5 de marzo arrojándose al patio desde una galería, y aún se repetirá el 30 de mayo que un centinela dispare contra el recluso Francisco García González, de 18 años, vecino del Valle de las Casas, “el cual se asomó por una ventana, estando prohibido, y recibió un balazo en la cabeza, siendo su estado grave”, un alevoso fusilamiento el de aquel cuarto preso cazado sobre el que cómodamente disparan para entretener su tedio los aburridos centinelas que se ganan un mes de permiso cuando abaten a la pieza, una víctima a distancia por cuyo asesinato los demás recluidos en aquel cazadero humano (“con las paredes de las naves materialmente acribilladas a balazos”) declaraban unánimemente la huelga de hambre, según publicará el 29 de febrero de 1936 El Combate que había dado a conocer el también preso Antonio Rodríguez Calleja (médico municipal de Villablino desde 1923) entonces a sus compañeros socialistas astorganos.

 

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(*) Del libro “LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA” (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas – Valduerna, Valdería, vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga- de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González.

 
 
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