Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/07/2017
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Juan José Alonso Perandones
13/08/2014

Maxi Arce, el silbido de la tierra

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La 142, como gran parte de las carreteras de Maragatería, tiene la capa de rodadura blanquecina, de tan desgastada, y por estas fechas cada año saturan sus baches con emulsión y areniscas. El problema para mi vieja moto Piaggio, de carrocería y ruedas pequeñas, no es tanto las protuberancias de la calzada, ni la deformidad de su castigado lomo, sino la gravilla residual, que provoca leves derrapes; así que hago caso de sus advertencias y reduzco aún más la velocidad. Camino de Rabanal no importa el tiempo en esta mañana del 27 de julio de dos mil catorce, para más señas día de homenaje a Maxi, en Chana de Somoza, su pueblo natal. Los peregrinos, en bici o a pie, suben con su pensamientos y yo con los míos: cuando el día de la boda, para la sobremesa, acudí al señor Antonio, de Danzas de Maragatería, a solicitarle un tamboritero discreto que nos acompañara en la sobremesa; siempre tan atento,  no lo dudó un instante: Maxi, el afamado tamboritero de Rabanal del Camino. Es mediodía, ha alcanzado su plenitud ese sol incandescente de julio y el Teleno en la distancia, omnipresente, se arropa con el acolchado violáceo de las urces; los peregrinos caminan con sus pensamientos, y yo con estos míos, los de aquella tarde en que me maravillaba de cómo de la  flauta del tamboritero tan pronto fluía una bailina como un pasodoble, y hasta mentira me parece, al revivir aquella alegría, que se hayan ido para siempre tantos seres queridos. En la calle Real de Rabanal hay gentes de todos los confines del mundo; franqueo la puerta carretal de su casa, de modesta fachada, y lo llamo con contenidas voces; su mujer, María Fernández Argüello,  me recibe con esa reciedumbre propia del pueblo maragato, con aplomo y dignidad, y me manifiesta, bajo un hermoso corredor de barrotes torneados,  que Maxi ya ha bajado para Chana y que ella no puede asistir por  el impedimento de su enfermedad.

 

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Las cimas más altas que se contemplan del Teleno desde la iglesia de Chana de Somoza, Las Reguerinas, aún conservan una hondonada de nieve. Los vecinos están endomingados porque es la patronal de Santiago Apóstol, y el generoso campanario, a punto de iniciarse la ceremonia de fiesta, está repleto de jóvenes que acompañan a un maestro dispuesto a tañer los sones de fiesta. Son dos grandes campanas las que soporta la compacta espadaña y a través de ellas se divisa un oleaje de altiplanicies verdosas en la cercanía, y en el horizonte malvas y azuladas, y se insertan, apenas sin transición, en la bóveda celeste con un ligero resplandor. Para un auténtico tamboritero, el público es siempre su satisfacción, incluso en días como hoy, en los que se reconoce una vida de amor a la tierra, a la que se trabaja y canta. Eso me viene a la cabeza mientras observo, sentado cerca de mí, en un banco aledaño a la puerta de la iglesia, al apreciado tamboritero. Están recitándole versos como homenaje desde el atril del altar, y nadie se sorprende de que Maxi no esté en lugar preferente sino alejado, cerca de la puerta, con el tamborín sobre la pierna izquierda, preso pero no apretado por un brazo cuya mano sujeta la flauta y el sombrero. Observo que declaman y declaman versos a su pasión por esta tierra, como si él fuera su más granado fruto ancestral, y algo se empapa su cara con un ligero sudor, brillan sus ojos claros, y  aprieta un poco los labios, pero sin alterar su natural expresión. No sé qué pasará por su cabeza ante tal torrente de versos; pero quiero pensar que quizás imágenes de cuando niño, como tantos niños entonces pastor, con una flauta y una lata por tamborín por estas montañas de la Providencia. O de adolescente, aquella tarde en que capaz fue de amarrar la oveja preñada y tirar, tirar de ella entre bramidos aunque el lobo se llevase en los dientes una de las ubres de leche hinchada;  o quizás esté rememorando las virtudes de sus perros, compañeros fieles, que cuidaron los rebaños encomendados; en todo caso, los amores y estas montañas que nunca ha abandonado, a no ser por obligación militar: las de Rabanal, Piedras Albas, Chana, Folgoso, Villar de Ciervos, Fonfría del Pero, La Maluenga...; todas ellas con los nombres de sus pagos y hacenderas, de sus parajes, y de sus ríos y manantiales, y de sus árboles y de sus frutos.

 

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Para un buen tamboritero su satisfacción es la del público. Y así es, porque lo veo salir sin esperar a que finalicen los sonoros aplausos que fervorosamente le dedican; se sitúa a la salida misma de la iglesia, junto a la cancilla con celosía, sin entorpecer el tránsito, dispuesto, otra vez, para acompañar en la festividad a los hijos del pueblo. Así viste y calza Maximiliano Arce Simón, de 77 años muy trabajados, hijo de Cándido y de Faustina, que tomó por esposa a María, la hija del gran tamboritero Antonio Fernández Rojo. Fluye la gente del interior de la iglesia y no puedo evitar sentir admiración: erguido que no tenso, por ello lucen más sus proporcionadas facciones; el sombrero justamente calado, la flauta descansada en el meñique, el tamborín sin el menor bamboleo, y un ensimismamiento como si de cada soplo y nota emanara el silbido de esta tierra. Admiración, la misma que el día de la boda, porque hoy, como entonces, como sucederá  en el  homenaje que tendría  lugar a continuación en la plaza de Chana, en ningún momento ha desalojado de su brazo el tamborín, de su mano la flauta, y cuando se ha quitado o calado el sombrero lo ha hecho con el respeto y atención necesarios para no desmerecer las otras piezas de este hermoso traje de paño negro, y chaleco y cinto rojos con hermosas  bordaduras de leyendas, hojas y flores. “Lo llevo en la sangre”,  clama ante los vecinos que  lo agasajan   en la  Plaza, y “pido a los jóvenes que transmitan, que no pierdan este legado  que en la sangre llevo”. 

 

 

 

 

 

 

 

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