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José Cabañas (*)
16/09/2014

Los caciques (I)

Todo el entramado político de la Restauración se sustentó en la alternancia en el poder de los dos partidos mayoritarios (conservadores y liberales), facilitada por el sistema caciquil, que con su influencia y el uso de los resortes del gobierno falseaban la voluntad popular, sobre todo en los distritos rurales donde los caciques de aldea, alcaldes, delegados gubernativos, jueces municipales, capataces, prestamistas, párrocos y otros notables, completaban la red caciquil jugando un decisivo papel en la farsa electoral que no estaba exenta con frecuencia de arbitrariedades y atropellos. Todo valía para asegurar el triunfo del candidato adicto: multas, amenazas, detenciones y traslados forzosos de los votantes, incluso la violencia física y otras brutalidades contra ellos y sus propiedades que el gobierno no dudaba en emplear para conseguir la mayoría.

 

En el distrito de Murias de Paredes se intimidaba a los electores de la oposición con amenazas de cortar las orejas de sus caballerías; en Nogarejas hubo en 1893 un muerto por arma blanca en una refriega electoral; en Astorga, en las elecciones de aquel año, desde la gullonista publicación La Verdad se recomendó votar a Antonio Crespo Carro “porque es liberal y porque lo manda don Pío” (Gullón), favorecedor de algunos intereses del distrito a la vez que artífice de cesantías impuestas, promesas incumplidas, destierros de cronistas molestos, y persecuciones de candidatos opositores. Las partidas de la porra funcionaban a discreción en los pueblos del sur de la provincia leonesa, controlados a través de sus muñidores por Demetrio Alonso Castrillo (obstaculizado en otras ocasiones -como en 1891- por los conservadores del gobierno), y más de una vez hubo tiroteos y altercados en Valderas, Villamañán, Laguna de Negrillos y algunos pueblos coyantinos.

 

Era el cacique rural tirano de los de abajo, esclavo de los de arriba, y sanguijuela de todos. Contando con él, el juez municipal convierte el juzgado en comedero; el maestro municipal se arregla sus famélicos bolsillos; el alcalde hace sus apaños en el ayuntamiento; en suma, todos los que pueden meter la mano entran a medias con el cacique, que extiende sus brazos y chupa con sus insaciables ventosas como el pulpo. Uno de los principales sostenes del caciquismo rural es el impuesto municipal o reparto de consumos (arbitrario arbitrio muchas veces), cuyas cuotas se subirán hasta arruinar sus propiedades a quienes no voten en las mesas constituidas por sus secuaces según lo que al cacique plazca y le convenga. Por medio de elecciones ganadas de este modo agrada el cacique a su protector (generalmente el diputado del distrito), que por un centenar de votos hace la vista gorda y cubre con el tupido velo de su influencia los desmanes de sus protegidos.

 

Con el nuevo siglo alcanzó su plenitud un caciquismo que terminó siendo endogámico, de manera que ganar un acta, en los distritos rurales sobre todo, era cuestión de dinero, llegando a cotizarse los votos hasta a cien pesetas, como en 1903 en Sahagún y Grajal, además de “escabeche y cuba de vino abierta a disposición de los votantes”. Con frecuencia el pueblo negociaba con el candidato el precio del voto, pagado en dinero o en víveres y provisiones (un vagón de grano en La Vecilla o dos libras de merluza y un cántaro de vino en Murias), arreglo de carreteras, escuelas, iglesias o fuentes, o la exención de quintas (como alguna vez hizo para Valencia de Don Juan, su pueblo, el citado cacique Demetrio Alonso Castrillo, que al pasar en 1905 a senador vitalicio legó el acta a su hijo Mariano, que la mantuvo hasta la dictadura del general Primo de Rivera). Se dice en Castrocalbón que el puente de hierro que allí se construyó en 1917 lo consiguieron merced a la promesa electoral que un cacique local hizo, y en Murias de Paredes en las elecciones municipales de 1922, últimas antes del pronunciamiento militar del año siguiente, “se pagaron por los votos hasta 50 duros, y a 20 duros el que menos”.

 

Transcurriendo los años, los diputados se convierten en perpetuos e intocables (reelegidos muchas veces por unanimidad con el apoyo del artículo 29 de la Ley electoral de 1907), como lo fue desde 1905 hasta 1923 Antonio Pérez Crespo en La Bañeza, abogado nacido en Santa Colomba de Somoza, muchas veces por el Partido Liberal, y otras por el Partido Liberal Democrático escindido de aquél; que ocupó altos cargos en la Administración (director general de Prisiones; de los Registros y del Notariado; de Comunicaciones, y subsecretario del ministerio de Gracia y Justicia); que en la dictadura primoriverista sobrevivió a la Restauración, y que siguió en política a través de las plataformas agrarias de la II Republica para ser de nuevo en ella diputado. No desapareció el caciquismo con la llegada de la democracia republicana, y muchos de nuestros pueblos continuaron dominados por “los de siempre” y siendo reductos de caciques que dificultaban o impedían las reformas emprendidas.   

 

La vida rural y lo que de atraso económico y cultural y extendida ignorancia para tantos ella venía a representar propició y mantuvo en parte el sistema caciquil, que campó y fue consustancial y elemento clave en todo el periodo de la Restauración a la corrupción y al reparto del poder político que en ella se ejecutaba. No fue menor en los amaños y componendas electorales de los caciques la capacidad de influir para lograr desde los ayuntamientos exenciones más o menos fraudulentas o discrecionales al Servicio militar, que establecía la permanencia en filas por tres años en unos tiempos recorridos por frecuentes guerras y por los riesgos que ellas conllevaban. Afectando la quinta a los más desvalidos, muchas familias se arruinaban, dispuestas a caer en las garras de los usureros antes que perder al hijo. En los niveles de corrupción que rodeaban a los sorteos de quintas de los llegados a la edad prescrita debió de ser importante la presencia eclesiástica, refrendando con su autoridad tantos manejos en tiempos anteriores a la existencia de registros estatales y en los que el párroco y los libros parroquiales de bautismo eran testigos fehacientes para aquellas suertes, aunque eran también en ocasiones los secretarios de ayuntamiento quienes se prestaban a realizar en ello componendas ilegales y otras corrupciones caciquiles.  

 

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En cuanto a las trampas que los caciques urdían para conseguir los votos, iban desde la simple y sencilla compra, al saco de cebada que por cada voto conseguido ofrecía en 1921 el senador por la provincia de León y diputado a Cortes por el distrito de Sahagún Juan Barriobero Armas Ortuño y Fernández de Arteaga (barón de Río Tovía, casado en 1919 con María Josefa Pérez de Soto Vallejo, viuda superviviente del naufragio del Titanic), o a las añagazas al parecer también utilizadas en la comarca bañezana de mercarlos a cambio de media peseta o de una sola alpargata; la otra o el resto del billete los entregaba el cacique después de la constatación de habérsele votado, o a la captación de votos, a la antigua usanza, mediante la entrega a los electores de vales de comida que se denuncia desde las páginas del semanario Yunque de Lugo en junio de 1931. De otras artimañas puestas en juego por los llamados muñidores de los caciques nos ilustra las utilizadas por Genaro Blanco y Blanco (“Genarín”, el santo laico de aquel León humilde y viejo de los finales de los veinte con sabor y regusto aún a pueblo grande) en beneficio del diputado conservador y maurista Bernardo Zapico Menéndez, que lo fue a Cortes por León de 1919 a 1923, consistentes en “hablar bien en público de su patrocinado durante la campaña electoral, espiar a los candidatos rivales y reventar sus mítines, y comprar para él los votos de los convecinos invitándoles a merendar escabeche y huevos fritos”.

 

A tales o parecidos manejos se alude y de ellos se hace chanza en los números 4 y 14 de el mensual bañezano El Jaleo, del 1 de marzo y del 6 de diciembre de 1914, con los versos -¿No vas a votar, mujer? / -¿Yo a votar? Sería bueno / Los hombres son los que votan. / - Y los niños y los muertos, y con un satírico anuncio que da cuenta de que “se venden Votos para elecciones a diputados a Cortes, provinciales y de concejales”, y a las frecuentes mudanzas de ideología y de facción, al abundante transfuguismo de los políticos de la época, señalando el trueque de los ayer conservadores de Valencia de Don Juan en liberales merinistas hoy, y fustigando al que pasó de radical / a conservador maurista / siendo después socialista / y al presente liberal, prácticas que continuaron produciéndose también en los tiempos siguientes.

 

 

(*) Del libro “LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA” (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas – Valduerna, Valdería, vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga- de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González.

 
 
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