Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 20/11/2017
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Juan José Alonso Perandones
17/09/2014

La Zamorana

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Nosotros, ya de niños identificábamos la calle de entrada a  La Zamorana por García Prieto como la calle Ancha; denominación atribuida en razón de sus coetáneas, pues hasta tiempos recientes era bastante angosta en su embocadura final. Muy transitada, nos llamaban la atención los borricos de las lecheras con cántaros en los serones, en las aceras de enfrente, y  los dos escaparates comerciales de este establecimiento (uno de ellos en calle Pío Gullón), donde Mario de Francisco conjugaba sus cualidades de pintor y de decorador. En esa cruz griega que conforman las dos  calles nombradas y Postas y Marcelo Macías con el Bar Correos y el señorial Hotel Moderno, bullía la vida comercial de la ciudad, y era lugar de labores de descarga y de conversación, por lo que rara vez no tenías en tu caminar que abandonar continuamente las aceras; no era mayor problema porque en la ciudad las furgonetas y coches no abundaban, y algún caso había en el que el reparto se efectuaba de forma rudimentaria; baste recordar la pintoresca estampa de Caste o Pepe Silva pedaleando en una bici-carro para surtir a los clientes de la pescadería La Coruñesa. Este edificio de la droguería La Zamorana era de postín, con su escudo nobiliario (repuesto en el actual edificio), y de mucho ajetreo: no solo porque en la planta baja también se hallasen la pescadería de Quinito y el bar La Guitarra con su celebrada tortilla de patata (de misteriosa elaboración); la peluquería de  las hermanas Chaves, en la planta alta, gozaba de gran reputación, y allí iban las mujeres de la  familia y siempre eran tratadas con simpatía y afecto familiar.

 

Aunque a pocos pies estaba el antiguo edificio del antiguo Casino-Caja de Reclutas, y otros no menos nobles cercanos, ninguno para mí alcanzaba tanta notoriedad como este de La Zamorana, porque necesitabas liga para los jilgueros, allí la hallabas, carburo y mecha para reventar los botes de hojalata, ellos te la facilitaban. A este establecimiento iba mi padre por sulfatos para la huerta, Blanco España, pintura, cal, conservador de vino, y las semillas para las plantaciones de berza, que después vendía, en sus variedades  de asa de cántaro, corazón de buey y bacalán; recuerdo a mis padres en tardes de sofocante sol en la huerta de la casa blanca del señor Felipe Fernández, en la que vivíamos (cercana a la  vía del Norte), ir entresacando y atando con juncos de la Moldera manojos de estas plantas que después eran enviadas en tren, dadas las facilidades por el oficio de mi padre, ferroviario. Allí compraba mi madre la cera con la que refrotaba cada poco tiempo los pisos entablados, la piedra pómez para tener impoluta la cocina económica; y el Sidol, al que yo le tenía una especial querencia, porque cuando con él abrillantaba los herrajes y la tapa del calderín de la cocina, las manillas de las puertas, me parecían aquellos dorados relucientes como los de la lámpara de Aladino, algo fino y exquisito en aquella  casa que, como tantas entonces, no contaba más que con los objetos y muebles imprescindibles para el desenvolvimiento de la vida cotidiana.

 

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El señor Tomás Tejedor Fernández gozaba de predicamento en mi casa; se le tenía por un hábil y serio comerciante, es decir, atento con el cliente y atinado consejero en el uso de los productos. Cuando con su hijo mayor, de nombre también Tomás, he rememorado la historia de esta empresa familiar, veo que mis padres no estaban faltos de razón. No era costumbre el decir voy a la droguería La Zamorana, pues su nombre sin aditamentos evocaba un amplio surtido de ramos comerciales, despachados a granel: colonias de sonoros nombres, como Embrujo de Sevilla o Flor de Blasón, y masajes varoniles; productos para el cutis, como el Visnú,  en diversos tonos, los polvos Caron; esmaltes de colores para las uñas, y para los hombres el Crecepelo SyJ38,  que causó furor entre los astorganos con calvicie en la pasada década de los 50;  fue invención del jesuita Isaac Montero, de quien dicen se llevó consigo a la tumba la fórmula de tan prodigioso producto. De todas estas esencias, aunque era costumbre el espolvorear hasta  las casas humildes con colonia, a mí me prendaba el frasco acaramelado de mi padre, el Floïd, y me pegaba a él cuando se afeitaba con la barbera, porque al final  se rociaba la cara con este masaje de aroma “suave mentolado”.

 

El haber trabajado el señor Tomás en la farmacia y rebotica de don Paulino (que fue alcalde, padre del anterior cronista, don Luis), en calle Postas, regentada después por Segundo Flórez, junto a su experiencia anterior, le otorgó conocimientos para la elaboración de jarabes, píldoras y sobres para tomar “a ojo de boticario”. Nunca descuidó este afán curativo, pues junto a las semillas de remolacha, nabos, maíz híbrido, lino, de berza, ya citada, en La Zamorana tenía Prudencio, el célebre curandero de San Justo, su botica: allí enviaba a sus pacientes para que el señor Tejedor y sus hijos les dispensasen en sobres de cien gramos la medicina natural recetada (“rocío de sol” o drosera, pulmonaria, tusílago…). Avezado era  para la publicidad, pues junto a los cuidados escaparates, contrató con una empresa los bonolotos, una suerte de rifas que se entregaban en razón del consumo y que aireaban a la hora de dar el premio a los afortunados.

 

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La Zamorana era una  de esas tiendas donde las calles continúan en su interior, tal era la vida que tenía. Sus repisas llenas de botes, el techo de colgaduras, el suelo entarimado con toneles de lejía, de aceite de linaza, de barniz, aguarrás y petróleo, le daban un aspecto de espacio feriado. Fue obra de un  hombre de gran vista  comercial, que nació en la población zamorana de Villafáfila en 1905, vino para nuestra ciudad en 1929, contrajo matrimonio con Antonia Salvadores Prieto, de Murias de Rechivaldo, y a punto estuvo de cumplir los 100 años. La Zamorana, antes de su emplazamiento definitivo, atravesó varias vicisitudes: se estableció en Manuel Gullón 5 el cinco de octubre de 1945, al lado del Sanatorio San José y de la sastrería de Eumenio; fue trasladada a Pío Gullón 12,  junto a El Corte Moderno, tan solo por tres meses, pues un incendio voraz, en 1950, el Día de Santo Toribio, calcinó todos los productos. El señor Tomás tuvo que empezar de nuevo, con el retorno a Manuel Gullón, para, sin abandonar esta tienda (será por poco tiempo),  asentarse definitivamente en 1955 en  las calles  Ancha / Pío Gullón, frente al Hotel Roma, en la que había sido tienda de ultramarinos “Hijos de Martín Castrillo” (conocida como Silabario, por la venta de cuadernos de este sistema de lectoescritura); en 1983 quedaría echada definitivamente la aldaba.  Su agudeza comercial y buen trato han continuado con sus hijos y nietos en  nuevos comercios  del ramo, abiertos en su entorno: Tomás Tejedor, Aloha, Droper, Perfumería Tejedor.

 

Dos puertas siempre abiertas, dos escaparates con remolachas y otros frutos  pintados, aromas, esencias, olores aceitosos; señoras con bolsas, astorganos y comarcanos con bicicletas cargadas en su portaequipajes, o con  fardeles  y cestas, para transportar la mercancía comprada; y  el buen son  de una publicidad netamente de nombres españoles, inspirados en religiones orientales, en  la literatura costumbrista, las  artes y la naturaleza, con rostros sin más artificio que el despunte de su propia belleza. Dicho queda: para muchas generaciones La Zamorana no les  ha sido ajena.

 

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