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Óscar González García
10/10/2014

Echadle la culpa al perro

No soy partidario de abandonar a una persona a su suerte en un lejano país de África; mucho menos si se encuentra allí llevando a cabo una importante misión como es ayudar al prójimo. Me importa poco si se trata de un misionero infectado con Ébola, como es el caso tan criticado estos días, o de un alpinista accidentado en las montañas de, por ejemplo, el Perú, a pesar si cabe de que ambos hayan ido a cada uno de estos lugares voluntariamente y conociendo el peligro. Tampoco me preocupa que esas personas sean o no españolas, ya que debería caber en cada corazón humano, la inquietud de ayudar al prójimo, sea de donde sea, tenga el color que tenga y hable el idioma que hable. Sin embargo, en este mundo que hemos construido, se ha entendido que cada país ha de socorrer a los suyos, juego en el que además hay que aplicar la regla de pertenecer a una de esas naciones preocupadas por los nacidos bajo su bandera las cuales, por supuesto, no son todas.

 

A pesar de todo, me asalta la duda sobre si el hecho de acudir en pos de unos religiosos afectados de una peligrosa enfermedad se hizo con la intención de salvarlos o de afianzar el voto más carpetovetónico y clerical de este país, en un momento en el que seguro se mascullaba ya poner el freno a la llamada Ley Gallardón, que ha costado el puesto recientemente al ministro que le puso el nombre. ¿Era realmente necesario movilizar a la fuerza aérea para traer “el bicho” a casa? ¿No se podría haber aplicado algún protocolo, costase lo que costase, para acercar el socorro al lugar donde se necesitaba y, de paso, ayudar a aquellos a quienes los religiosos estaban auxiliando?

 

Evidentemente es tarde para dar respuesta a estas preguntas, y tampoco corresponde a un “opinador” cualquiera el tomar estas decisiones. En cualquier caso, el resultado es conocido: muerte de las personas rescatadas y pánico general por la infección de otra ya en suelo patrio.

 

De todo esto alguien tendría que responder, pero estamos en España, y lo que se lleva aquí es echarle la culpa a otro…

 

El consejero de Sanidad de la comunidad de Madrid culpa a la enfermera infectada de mentir y de no haber llevado a cabo los protocolos con la seguridad adecuada. Yo me imagino la escena y en mi mente se dibuja una estampa de la sanitaria diciéndose a sí misma: “¡Jo! ¡Yo que soy de izquierdas de toda la vida…ahora que estoy tratando a este hombre me voy a tocar la cara con el guante y así me infecto y le hago la puñeta al Gobierno! ¡Qué gran idea!” Lo lamento pero no cuela… Señores del gobierno: ¡asuman por una vez la culpa de algo!

 

El colmo ha sido después lo de pagarla con el perro…Que no se me entienda mal: a pesar de mi amor por la raza canina entiendo que la vida humana ha de prevalecer en cualquier caso, y si el perro era realmente una amenaza su sacrificio sería necesario y lógico. El problema es que ha dado toda la sensación de que ha sido un atentado indiscriminado contra la vida del animal, sin plantearse nadie siquiera el realizarle unas pruebas diagnósticas que certificasen que era un peligro.

 

La salvajada gubernamental va aparte de la movilización ciudadana en defensa del perro, la cual me ha dejado también un tanto perplejo cuando, parece que en este país a la gente le cuesta un potosí menearse en favor de sus semejantes…

 

Como apunte histórico me parece interesante informar de que esta no es la primera vez en que un gobierno español acude en ayuda de un misionero. En tiempos de Isabel II, concretamente bajo la presidencia de O´Donnell, soldados españoles fueron enviados al reino de Anamm, posteriormente Vietnam, en coalición con una fuerza militar francesa. La razón fue el asesinato de varios cristianos y misioneros españoles y franceses que se encontraban por la zona. El conflicto, que duró de 1858 a 1862, constituyó para España una operación que pudo servir al ensalzamiento patriótico y militar, de moda en aquellos tiempos, pero con pocos beneficios. Para Francia fue el inicio de su dominación de lo que se conocía como Indochina, que duraría hasta 1954, y de donde tuvieron que salir por piernas cantando la Marsellesa y dejando la zona preparada para que los Estados Unidos armaran allí “la marimorena”, aunque tuvieran que salir también, unos años después, de la misma forma que los galos. Al menos sacaron tema para varias horas de películas sobre la Guerra de Vietnam. Seguro que franceses y americanos, con sus desastres respectivos en el sureste asiático, habrían deseado tener un perro al que echarle la culpa de sus errores…

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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