Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/03/2017
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José Cabañas (*)
7/11/2014

Violencias por el riego: Sangre por agua en Presarrey en julio de 1934

Los cánones de aceptación de la violencia en las relaciones comunitarias, sociales y políticas, eran bien diferentes de los actuales en nuestro país y en otros del entorno antes del final de los años treinta del pasado siglo. De hecho, la impregnación de actitudes y comportamientos violentos en tales interrelaciones ha estado presente hasta no hace tantos años, sobre todo en los ámbitos rurales, en prácticas y modos más o menos agresivos o iracundos que cristalizaban en juegos infantiles o en costumbres de la mocedad y rivalidades entre barrios o entre pueblos vecinos, que con cierta frecuencia eclosionaban con ocasión de celebraciones o de fiestas, sin olvidar las disputas vecinales por la tierra, su propiedad, su aprovechamiento, sus frutos, sus lindes o su riego, de los que en ocasiones informaba la prensa bañezana y que a veces se resolvían en enfrentamientos que terminaban en los juzgados o en la Audiencia, y que en el terreno político hasta 1936 se dio una amplia y notoria falta de usos democráticos también en las formaciones actuantes de uno y otro signo, y así, cuando la política del gobierno no respondía a sus expectativas se recurría a la sublevación armada sin ningún resentimiento democrático, como había sucedido antes tantas veces y sucedió de nuevo en agosto de 1932, en octubre de 1934 y en julio de aquel año, en un contexto en el que la coacción era ampliamente aceptada como elemento instrumental al servicio de la transformación sociopolítica y como alternativa o camino para la conquista del poder que en nada desmerecía de las urnas, ni siquiera moralmente, y sobre todo en las muchas zonas donde el voto permanecía preso de los intereses caciquiles.

 

Con respecto a la violencia, en los tiempos que nos ocupan, el lenguaje y sus significados, las convenciones morales y los marcos referenciales colectivos, culturales y de valores eran otros. Como práctica cultural, la violencia decrece a medida que va siendo considerada y constituida como procedimiento delincuente, y se aminoran sus manifestaciones, también producto a veces de desavenencias entre mozos por cuestiones de amoríos, en escenarios festivos, romerías, bailes o reuniones en torno a los cuales se daban rituales (como el de cortar, que en los bailes obligaba a una moza a bailar con todo mozo soltero que se lo solicitara, o el de pagar el piso, que imponía convidar a una merienda a los mozos del pueblo al forastero que matrimoniaba con una moza del lugar) que estimulaban conflictos que en no pocas ocasiones acababan en peleas a navajazos o con disparos que provocaban lesiones o muertes entre los contendientes, como el habido en Villoria de Órbigo el 8 de diciembre de 1929, que se saldó con varios mozos heridos por arma blanca y tres de ellos detenidos (“costumbres perniciosas, los bailes, que producen tales frutos como un castigo de lo alto”, dice el periódico católico regional El Diario de León en la noticia), o la agresión a cuchilladas entre dos jóvenes en La Bañeza el día 12. También el juego o las disputas de taberna estaban frecuentemente en la génesis de este tipo de violencias.

 

Otras veces se desataban altercados y choques con ocasión de las salidas nocturnas de jóvenes a rondar, como sucedió a primeros de noviembre de 1901 también en la capital de la comarca bañezana, según reseñaba entonces el semanario El Tiempo. En ocasiones disputas y resentimientos por el riego, como las que arrastraban mozos de Villanueva de Jamuz y de San Martin, precipitaban batallas campales como la habida el 15 de agosto de 1908 cuando por la tarde unos y otros coincidieron “en el trinquete bañezano propiedad de Patricio González” (se trataría de su Frontón Novedades), con algunos heridos y con un laborioso cacheo realizado por la Guardia Civil en el que se recogieron gran número de armas blancas y de fuego (por la mañana del mismo día “el señor Inspector – que trabajando desde hace tiempo con denuedo ha limpiado esta ciudad de gente maleante- y agentes a sus órdenes habían verificado ya también un minucioso cacheo de las personas sospechosas que acudían al mercado”). Los ánimos debieron de continuar exaltados tras el encontronazo, lo que obligó a que “se reconcentrara en la ciudad la Benemérita de Destriana y de otros lugares limítrofes.

 

Ilustrativo de la violencia que impregnaba la época es el contrato que en 1907 se establecía en la villa de Valderas entre el empresario de la plaza de toros y uno de los diestros que habría de torear en ella, por el que aquél “se hará cargo de su asistencia si sufre un percance o es herido por una res, pero no si lo fuera por pedrada, arma de fuego, martillo u otra arma contundente”.

 

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Alguno de quienes luego fueron represaliados, como fue el caso de “el Pernales”, Santiago Huelmo Velado, encarcelado, procesado y fusilado en León en febrero de 1937, había participado ya años antes en violencias por el riego: las ejercidas en julio de 1912 contra Felicísimo Nadal García (éste víctima después también del franquismo, paseado el 29 de octubre de 1936), al que causa lesiones por las que es condenado por la Audiencia Provincial el 7 de diciembre a dos meses y un día de arresto mayor y al pago de 60 pesetas de indemnización, por diferencias sobre el reparto del agua y los turnos del cauce municipal que saliendo del río Duerna en Sacaojos riega el pago del Crucero. En la causa que instruye el Juez municipal Luís Zapatero se le suspende condicionalmente la condena “por delinquir la primera vez y ser de buena conducta”, lo que contrasta con el hecho de que ya aparece encartado en otra causa que sobre lesiones instruye quien es entonces Juez municipal, Darío de Mata, en abril del mismo año. 

 

Había además (según mostraban los sucesos tan a menudo repetidos) en poder de la población un considerable arsenal de armas cortas, aparte de las tradicionales escopetas de caza tan abundantes siempre y especialmente entre los habitantes del rural, y armados acudían muchos a ferias, festejos y lugares de otras confluencias. Poseer una pistola era frecuente, y se usaban más corrientemente las de marcas Astra o Star, ambas vascas, y de calibres 6,35, 7,65 y 9 (corto o largo); los dos menores se podían llevar en el bolsillo o en el cinturón sin llamar la atención, y a juzgar por los documentos de la época, en especial los judiciales que tan frecuentemente tratan sobre tenencia ilícita de armas, o los periódicos nacionales, provinciales y locales (“En la calle Nueva hay bronca y se dispara una Browing”, se dice en el bañezano El Sorbete del 21-08-1921), y por algunas reliquias de aquéllas que de vez en cuando aún aparecen en las viejas casas de nuestros pueblos, debió de existir también aquí un considerable depósito de armas cortas (y blancas) en manos de quienes entonces los habitaban, como a lo que parece existían por doquier (era habitual la publicidad de armas de fuego en la prensa nacional y provincial –también en la leonesa- en los primeros de los años treinta). Ya se había disparado en La Bañeza en diciembre de 1909, después del escrutinio de las elecciones a concejales el día 12, según mostraba entonces El Diario de León. A finales de agosto de 1916 informaba La Crónica bañezana de haberse producido “en Castrotierra y otros pueblos los azadonazos de costumbre, con heridos graves, por el riego”.

 

Se dieron así a veces en nuestra tierra situaciones y altercados que ocuparon los anales de la justicia y la crónica de sucesos de la época, incluidos los pliegos de cordel, los romances de ciego y las coplas, en alguna de las cuales, como la que narra el Nuevo y lastimoso crimen cometido por Pepe Aparicio, dando muerte a Lorenzo Carrera el día 15 de mayo de 1935 en Navianos de la Vega, ya se adelantaban las técnicas de captación y fidelización de las audiencias, pues se divide la copla y el relato en dos partes publicadas aquel año por F.F.F. en Imprenta La Comercial de La Bañeza, y en tres a veces, como en la que Mariano Rúa refiere el jocoso embromado urdido en 1925 en la ciudad a cuenta de un billete de lotería falsamente premiado.

 

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Ya se producían litigios por las aguas de riego en Destriana en el verano de 1932 (y también antes), cuando por distribuirlas más equitativamente se trabajaba desde la Sociedad de Trabajadores de la Tierra de la villa, y se continuarían produciendo en los años siguientes cuestiones entre los vecinos y desórdenes, hasta el punto de hacerse preciso que en el de 1935 la Guardia Civil haya de vigilar su uso. En Morla de la Valdería, discutirían a finales de septiembre de 1933 dos vecinos y sus respectivas familias por el riego, originándose una batalla campal de la que resultaron algunos heridos por golpes de azada.

 

Persistían en Destriana los desentendimientos causados por el riego, y allí, en la madrugada del 16 de mayo de 1934 se había anegado una finca de alubias en el pago de los Pedregales al honrado labrador Matías Calvo, intencionadamente y causándole grandes desperfectos y daños, actuación que el corresponsal de El Adelanto califica de indignante y bárbaro atentado y de la que se desconoce quien haya sido autor.

 

En Astorga en la madrugada del día 10 de junio de 1934 un grupo de ocho a diez jóvenes fascistas que portaban porras y pistolas agredían a otro afiliado a la Casa del Pueblo, un suceso en el que los guardias de Seguridad no desplegaron mucho celo para cachear y detener a los agresores, según denuncia El Combate el 16, ya sometido “a la previa censura que ha sido establecida para todo” (por causa de la huelga campesina a la que había llamado la socialista Federación Nacional de trabajadores de la Tierra).

 

En San Juan de Torres, cuando el 3 de julio de 1934 regaban unas fincas, se acometían disparándose Avelino Castro Rubio e Inocencio de la Fuente, siendo el primero herido de un tiro de pronóstico reservado en el costado derecho. Inocencio era detenido por la Guardia Civil, que no pudo hallar ninguna de las armas con las que se hicieron los disparos. Veinte días más tarde, cuando una pareja de la Guardia Civil protegía por orden del gobernador las obras de cierre de Presarrey, decidido por su comunidad de regantes y molineros en el pueblo de Sopeña de Carneros, el vecindario de San Román de la Vega (“de cuyo lado estaba la razón”), armado de todo tipo de útiles de labranza, palos y piedras, la agredía, hiriendo a un guardia y rompiendo el tricornio a otro. Para defenderse repelieron la agresión haciendo uso de sus armas e hiriendo de gravedad a Manuel de la Iglesia González, de 23 años, y a Juan Álvarez González, de 20, ambos solteros, trasladados en gravísimo estado al Hospital de San Juan de Astorga. Se practicaron diez detenciones (los cinco últimos apresados eran liberados el 23 de agosto por la directa intervención ante el Auditor de Guerra en La Coruña del diputado socialista por Salamanca Andrés Manso); inspeccionaba lo sucedido el jefe de la benemérita comandancia, y el gobernador civil interino, Anesio García Garrido (titular de la secretaría del gobierno civil, y natural de La Bañeza), abría por la tarde una información sobre el suceso, del que conoce la jurisdicción militar mientras continúan en grave estado los heridos (el más joven de ellos fallecería al poco). “Parece que las doctrinas predicadas en los últimos años son la causa de estos hechos tan dolorosos en pueblos donde antes todos se entendían admirablemente en las cuestiones de riegos”, se añadía desde El Diario de León. El taponamiento de la presa será después derribado por orden gubernativa y se impondría al presidente de los regantes multa de 500 pesetas, “aunque mayor responsabilidad le alcanza al cura diputado (por la CEDA) Pedro Martínez Juárez, promotor ante el ministro de la Gobernación del ilegal cierre y a cuya disposición se puso la benemérita de Astorga”, decía El Combate el 4 de agosto (desde el semanario socialista astorgano presentan al sacerdote en diversas ocasiones como un clérigo refinado y dandi, amante de lujos, “sedifero y perfumado”), informando además de que en Toral de los Vados, donde los trabajadores de la fábrica de cementos Cosmos llevan unos tres meses en huelga, “la Guardia Civil mata a un obrero”, y en Villoria de Órbigo un hermano de aquel eclesiástico parlamentario derechista, por diferencias sobre el riego agredía a otro vecino con la azada, del que a su vez recibía varios golpes.   

 

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Tampoco se entendían muy bien en el Congreso, donde el mismo día 4 se producía un tumulto inenarrable cuando se debatía sobre la actitud de rebeldía de la Generalitat frente al gobierno de Madrid, increpando los socialistas a las derechas después de los aplausos que estas dirigen a unas frases de Gil Robles, lanzándose unos diputados contra otros repartiendo numerosos golpes, en los que interviene también Indalecio Prieto, que salta por los escaños y desenfunda y esgrime una pistola (por haber visto otra enfrente, alegaría), ante lo que se suspende por cinco minutos la sesión toda vez que el presidente de la Cámara la abandona entre una gran confusión e impedido de mantener el orden (según narraba al día siguiente el ABC).

 

Se fugaba el día 9 de la cárcel de Castrocontrigo Joaquín Blas Fernández, de 22 años, hojalatero ambulante que había sido detenido por rapto, y una de las pasadas noches lo habían hecho de la prisión de La Bañeza, serrando los barrotes de una ventana, los reclusos Antonio Acebedo Soriano, de 28 años, Vicente Falagán López, de 21, y María Pascua Martínez, que no volvieron a ser detenidos a pesar de los esfuerzos y pesquisas que para ello realizara la Guardia Civil. 

 

 

(*) Del libro “LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA” (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas – Valduerna, Valdería, vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga- de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González.

 
 
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