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José Cabañas (*)
3/12/2014

Miguel Hernández, los Panero, y otros poetas en el homenaje de Aleixandre

El 4 de mayo de 1935 se tributaba en Madrid un homenaje a Vicente Aleixandre por la publicación en marzo de su obra La destrucción o el amor (Premio Nacional de Poesía en 1934), y al mismo (y al banquete) asisten, con Miguel Hernández, Luis Rosales, Pedro Salinas, José Bergamín, Gerardo Diego, Pablo Neruda, María Zambrano, Dámaso Alonso (que lo recogen en sus memorias) y otros renombrados intelectuales del momento, desde Astorga los hermanos Leopoldo y Juan Panero Torbado (que aparece formando parte de la Diputación Provincial del 3 de enero al 20 de marzo de 1936, como monárquico), poeta éste ya reconocido antes de que lo fuera su hermano Leopoldo, y considerado, como él y como el padre de ambos, republicano e izquierdista a la altura de 1933, enrolado como alférez provisional (lo había sido de complemento) tras la sublevación militar de 1936, y fallecido en accidente de circulación cuando se desplazaba desde León a Astorga el 7 de agosto de 1937.

 

Leopoldo había tenido refugiado en su casa al peruano poeta comunista César Vallejo después de la revolución de octubre de 1934, y por ello (al parecer) y por ser acusado de pertenecer al Socorro Rojo Internacional (SRI), sería encarcelado junto con su padre en San Marcos en el otoño de 1936 hasta el 18 de noviembre, en que son liberados por la directa influencia de su madre ante la mujer del ya Caudillo, incorporándose el hijo –tenido años más tarde por “el poeta del régimen”- al Ejército franquista, para terminar transitando desde su adhesión a una célula comunista y su pertenencia a la Asociación de Escritores Proletarios (organización “que es la misma que el Socorro Rojo y la asociación Amigos de la Unión Soviética, que dirigen sus amigos César Vallejo y César M. Arconada”) a convertirse entre 1942 y 1945 (“con actitud tolerante y criterio meramente estético”) en censor de libros de poesía y novelas extranjeras para el régimen franquista. Otro de los cuatro poetas integrantes de la después denominada Escuela de Astorga, Luis Alonso Luengo, iría más lejos en las labores represivas, participando activamente desde la judicatura en la depuración del Cuerpo de Correos y Telégrafos (como Juez Especial para la misma).

 

En cuanto a Miguel Hernández, asistente también a aquella celebración, la ingente mitología levantada en torno a su muerte y posterior sepelio el 28 de marzo de 1942 en la Prisión Reformatorio de Adultos de Alicante incluye “unos hechos tergiversados, amañados e inventados por los propios amigos del poeta que ‘dicen’ le acompañaron en sus últimas horas”, y que  deberán ser revisados, rectificados y puestos al día en sus biografías, después de que el investigador leonés afincado en México, Santos Escarabajal, ha desmontado por primera vez documentalmente tales versiones sobre los días finales de un hombre al que la hagiografía le hizo tener dos muertes y un solo destino, el nicho 1.009 del cementerio de Alicante, y cuya integridad y firmes convicciones estaban por encima de los intereses de familiares, amigos, sacerdotes, vicarios y personas afectas al régimen, que intentaron por todos los medios que se retractase de sus escritos, incluidos los del poder de la mitra, que no consiguió doblegar la voluntad del moribundo, aunque muchos, tras su deceso, intentaron cambiar la historia, incluida su esposa Josefina Manresa, que alteró los hechos de su “casamiento obligado, in artículo mortis”, sólo por evitarse problemas con el que sería desde 1944 a 1970 obispo de León, Luis Almarcha Hernández, con el fin de tratar de obtener un precario medio de subsistencia para ella y su hijito Manuel Miguel, algo que no conseguiría jamás, dada la inflexible decisión tomada por Almarcha (autor intelectual de la muerte del poeta, al que dejó perecer en la cárcel para ejemplo y escarmiento de los seguidores de conciencia republicana) de no prestarle ayuda si no era a cambio de retirar las ediciones de sus poemas en América. El vicario Almarcha y la Falange de Orihuela se complotarían para sentenciar y fusilar allí a Miguel Hernández en el otoño de 1939, saliéndose con la suya, aunque más tarde y de otro modo, aquel sacerdote, y luego obispo de la sede leonesa, que ya había delatado durante los cinco meses de agosto a diciembre de 1936 en Alicante a las autoridades republicanas a algunos otros clérigos que serían por ello asesinados. 

 

(*) Del libro “LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA” (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas – Valduerna, Valdería, vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga- de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González.

 
 
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