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Juan José Alonso Perandones
19/02/2015

Bendito seas, Morla

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Como te había dicho en tu casa, teníamos, querido Morla, pendiente esta miscelánea, y la escribo ahora en esta tarde del 12 de febrero de 2015, en la que después de una mañana con aguanieve, ha clareado y tiene la atmósfera un tono gris latonado, como tu azacaneada trompeta, bendito seas, que ha quedado en el salón, sobre el maletín con tu gorra de forro curtido de tanto sudor derramado. Al amparo de la torre rosada catedralicia, mientras te portan tus sobrinos frente a la iglesia patronal, como si un príncipe fueras, aquí tienes a la Banda, los veteranos, y muchos jóvenes para los que siempre has sido, como para mí, un eterno y vivaracho adolescente. “¡Cómo toca  la Banda!”, te oigo decir de nuevo en tu cobijo, como en la noche de las Navidades de 2013 cuando te festejaron con este pasodoble 'Manolo Morla' de Ferrer Ferrán, que ahora tan rumboso suena. Siempre al grano, ya lo sé: palabras, pocas, y verdaderas.

 

Mejor ha sido no ver la indumentaria que vistes en este, tu último paseo por la ciudad, por un camino un poco desviado de la ruta hacia la Academia, distante de la de los vinillos, y que lleva a un campo de sol ardiente atemperado por los cipreses. Pero sé que te han engalanado con el soleado y venteado traje de la Banda, porque así lo has preferido para esta postrera ocasión; aunque menor no ha sido tu querencia por el  sombrerillo, los anchos tirantes sobre la camisa y la corbata de colores por fuera toda ella del jersey con su prendedor de trompeta. De todas esas fotos que adornan la pared de tu salón, y que son la biografía de un siglo de la Banda municipal, ya te lo dije, me gusta esa en que no levantas dos palmos del suelo, ¿dos, tres años?, y en la que tu padre, Manuel, te tiene apresado por la mano mientras contemplas desde el extremo a todos los demás músicos engalanados para la ocasión. A él se lo debes, siempre lo has dicho, el que te "entrase el veneno de la música", ese que cuando se adentra ya no sale jamás. Y el quedarte aquí para siempre, también, pues cuando volar quisiste a triunfar en otros mundos don Celestino, el cura que se hospedaba en El Moderno, le dijo a tu padre que sin tu solo de trompeta la Banda flaqueaba. En verdad, tu padre no necesitaba de mucha plática para convencerlo de que te quedases aquí a hacer el servicio militar, porque bien sabía que harías historia, que recogerías el testigo de su trompeta en la Banda y darías lustre para siempre al apellido, seña de identidad para anteriores y futuras generaciones, de la abuela paterna.

 

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Apenas si me dabas tregua para tomar mis apuntes, para anotar los datos del Acta de Nacimiento: Manuel  López Cárabes, 18, 2, 1924,  calle Padre Blanco, 11; ni para agradecerte por los toques, ante mi casa, de la Dominica, que heredaste de Pelicos, el de los Taguas. Disfrutabas enseñándome las fotos, los artículos encuadernados, como el de Isidro Martínez, tan completo, en El Faro de la Navidad de 2006. Cierto es, fue todo un acontecimiento, al segundo intento, después de la petición fallida por la Corporación en 1972, en el Boletín Oficial del Estado del 14 de septiembre del año antes citado aparece una orden firmada por el ministro en la que te es concedida la Medalla al Mérito en el Trabajo, en su categoría de Plata. Orgulloso has de estar te vuelvo a decir ahora, pues en la Gaceta nacional lo frecuente son los nombres de opositores, de normas y de leyes, pero en esta Orden para ti dictada va una vida dedicada a acompasar los acontecimientos locales, ya alegres como fúnebres, los arrullos y ardores de las parejas en las noches, los pasacalles feriados y carnavaleros, los conciertos en el templete romántico… Tocar, tocar desde niño, en pueblos abandonados de La Cabrera con Chilindrina, o en frontones, praderas, sociedades y plazas alzando la trompeta hacia el cielo en diversas orquestas, ‘Ritmo’, los ‘Astor´s’…,  y  los ‘Alonso’. Los ‘Alonso’ os cotizabais por todo lo alto, pero para  el alcalde Pepón (José Fernández) antes era la Banda que la gula, y ahora que lo pienso, te hizo un favor cuando te dijo “como un basilisco”, así me lo contaste, que de eso nada, que de dejar la Banda para dedicarte solo al “money money” os prohibiría las actuaciones.

 

Disfrutabas enseñándome tu medalla de plata, las reseñas del  homenaje después en el Hotel Gaudí, pero no como mérito tuyo sino por el afecto de tus amigos, José Antonio Hernández Pérez y la pandilla que promovió tan alta distinción. Y ahora que no me puedes replicar –bien sé de tu reciedumbre para las pamplinas–, he de confesarte que contemplé a tu vera tus ojos como chispillas brillantes, cuando la Banda hizo retumbar las paredes de la Biblioteca Municipal, de cuyo salón salíamos al finalizar el acto oficial de imposición de la medalla. Es la única vez que te he visto, así de pie en el vestíbulo, frágil y asombrado,  como un arbolillo que podía zarandear cualquier viento. No hubo viento ni huracán que doblegara tu franqueza, la pasión por la Banda, la fidelidad con los amigos; la ternura con tu familia, tan apiñada a ti, en los acontecimientos, hoy mismo hasta la segunda generación de tus sobrinos, aquí en el camposanto mientras don José Fernández eleva plegarias al cielo.

 

He vuelto al Teatro Gullón para recordarte “feliz”, por ser el único niño, como guardarropa y pasante de partituras, que podías ver los pícaros bailes de Carnaval, los confetis volteados desde los palcos; y me he acercado al Bar Imperial de la plaza de Santocildes, el de los carteles taurinos; me he asomado a la tienda de muebles de al lado, la de José Perandones, y vaya cómo te manejas reparando los muebles, con esa maña que aprendiste de los excelentes ebanistas Los Moros, con descendientes tan notables como el tallista Luis, de El Bastión. Te he seguido mientras caminabas hacia la estación con el carretillo y te he visto recoger del tren una cómoda y subir airoso. No he podido evitar acercarme a la antigua Academia, y para que lo sepas, aquel  director tan querido por ti, Sebastián Méndez Nogales, se encuentra en la vieja sala ennegrecida y fría, y está resoplando, solo, con esa maestría que sabes inigualable, en su bombardino, y te está esperando para que lo acompañes con tu trompeta, para tocar y tocar, una pieza y otra y otra, hasta que ese 'labio grueso' del que estabas dotado reviente y tengas que abrasarlo con coñac, como en aquellas fiestas de los pueblos, dale que dale hasta el amanecer. Que no, que no es necesario sobrepasar el alba, que no estamos tristes, que nos queda la música de toda tu vida, Morla,  Morlina, bendito seas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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