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Juan José Alonso Perandones
17/04/2015

Dos cerezos para Martín

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Ya pasan de las ocho de la tarde de este Martes Santo / 2015. Genaro Prieto, que junto a su esposa Valentina Martín cuenta con gran almacén en la calle de San Dictino, se dispone a echar el cierre al establecimiento: introduce, con una ‘transpaleta’, los grandes árboles con cepellón que se muestran en el exterior, y en un santiamén ha dejado colocados en la amplia nave los carros con bandejas de plantas de hortalizas, algunos útiles de labranza y para la ganadería, y retirado bombonas de butano. Cuando abate la gran puerta basculante se lleva uno  un grato  olor a  pienso, que está distribuido en sacos por  grandes estanterías adosadas, y a los  cereales que  se almacenan en el suelo. Con igual presteza, echa al interior de su furgoneta una pala, una azada, una paleta de vivero, varias garrafas de agua: vamos a El Buyeiro con dos cerezos, de raíz viva, que ha depositado primorosamente junto a las herramientas.

 

Aunque confundimos el camino, y tomamos el de más arriba, bien mereció la pena pues nos adentramos en un bosque, y tanto en el corto tramo de ida como en el retorno, salían por doquier de las madrigueras conejos, y fue una suerte el verlos corretear ante nosotros porque muchos de ellos no sobrepasarán el verano por la incurable mixomatosis; da pena el pensar que a criaturas tan coquetas y gráciles se les hincharán los párpados y la cabeza, y sus ojos quedarán ciegos, como quemados por un ácido. Nos encaminamos, finalmente,  por el camino verdadero, que está más cuidado, y pronto llegamos a El Buyeiro: una suerte de pago en el Valle de Rozas, en  esa extensa cuenca compartida por Estébanez y San Justo, colindante con la nacional que nos comunica con León, y por el otro extremo, el noreste, con  continuación  en  otros dos valles, el de El Fanal y Los Ramos. Antiguos caminos hoy perduran en ellos y permiten enlazar ambos pueblos y llegar directamente a Benavides; incluso con parada en la restaurada Fuente de los Carreteros, donde mana un generoso chorro que salpica y  corre hacia un  cercano abrevadero.

  

En esta tarde última aún marcea y cuando el sol se esconde por poniente, desde este paraje, el haz de rayos incandescentes no puede filtrarse entre el corredor de encinas que se acomoda en la loma encarada hacia el Teleno, pero torna rosadas las pocas solitarias que se descuelgan de tan tupido verdor. Ante la modesta casa familiar y de descanso se disfruta un hermoso paisaje: frente a uno la vaguada que de niño Martín conoció poblada de bueyes, rezumosa y con canalillo de agua, por eso sube y remonta hacia arriba entre plantíos de choperas que lucen blanquecinos y desnudos en la lejanía. Próxima a la casa, agostada para no desmerecer al encinar que justo al lado remonta hacia el oriente, me ha llevado los ojos, en la cercana cumbre, una torre majestuosa, perpendicular a la hilera de torretas de presilla, también para transporte de electricidad, que cruzan todo el Valle. Luchó denodadamente por reducir su impacto en esta tierra que para él era raíz y savia enamorada; no pasan desapercibidas, cierto es, pues las lomas y hondonadas, las lontananzas y las tenues cordilleras, están tejidas de estos  postes metálicos. Pero, esta de la cima, es como una  hijastra de la torre Eiffel, con sus celosías y su casquetillo de remate, al igual que la Mona Lisa contó con su propia dúplica para ensalzar aún más su indescifrable mirada.

 

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Elegimos los enclaves donde plantar los dos cerezos, y decidimos que uno, al lado de la casa, al abrigo de las cinco corpulentas encinas, y otro cercano al  pozo, en la propia vaguada. Genaro es hombre generoso y de palabra: un día hablando con Martín comprobó que le gustaban los cerezos, por eso estamos aquí, para complacerlo, a él y, con igual estima, a su familia. Mi papel no es otro que el de comparsa, pues es el suyo un brío que a mí no se me alcanza: el terreno de la poza primera es un turrón de pedregal y tierra rojiza, mientras que la del pozo es de  tierra fértil; nada se resiste a su paleta de vivero, pues la adentra en la tierra como quien horada con una cuchilla. Hay que plantear bien la disposición de los arbolillos, emplazarlos bien enhiestos, y una vez arropados el agua se encargará de dejar apresadas sus raíces.

  

Todas esas labores vamos haciendo mientras uno se figura a Martín, de niño, correteando por entre estas encinas, empapando  sus pies en la pradera humedecida, aprendiendo los nombres de los árboles y los más variados de la ganadería y de la sementera, todo ese vocabulario de costumbres, de paisajes agrarios de Estébanez que nos legó para encumbrar el cotidiano vivir: la fiesta y el juego,  el laboreo y  la plegaria… No hace tanto, en el verano de 2013, que  merodeaba por aquí, en sus   reposos hospitalarios, con ese optimismo vital pese al maligno e impertinente “bicho” que le retenía las piernas y el aliento,  y en verdad que por este pago sigue, pues uno siente como propio este paisaje por su mirada. Lo imagino, en tiempo venidero, por cualquiera de estos parajes, si estos dos cerezos prenden y dan fruto, el “summit” del pozo, con cerezas de rojo intenso, y el otro, el  “napoleónico” del encinar, con racimos de gruesas cuentas amarillas enjuagadas en carmín; lo imagino, decía, correr, para ocultarse, de una a otra encina, como cuando de niño jugaba al escondite, y contemplar complacido cómo Gemma, sus hijas y sus nietos degustan a la fresca tan rico manjar.

 

Volvemos a casa casi de noche por rumbo cierto, y siento una ligera satisfacción porque cuando Genaro me invitó a realizar juntos esta labor me preguntó a ver cómo se llamaba este pago, trastabillé la lengua con palabreo, pero acerté a decir: El Buyeiro. Que te quede claro, Genaro, El Buyeiro del pregonero del Órbigo, del cronista de Astorga.

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