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Tomás Valle Villalibre
11/06/2015

Una historia de aquí

La historia de Javier es la historia de un muchacho que desde que nació su vida se ha desarrollado en un barrio muy particular, oscuro, incluso aburrido, donde la chabola ha sido su hogar y el suburbio su estigma. Tiene los ojos grandes y 35 años. Los labios gruesos y una sonrisa que se abre hacia un solo lado. Las uñas de las manos tiran más bien a largas. Pantalón vaquero, camiseta negra con señales de haber tenido propaganda y deportivos que algún día pudieron ser blancos. En alguna ocasión, una visera negra de Adidas.

 

Paseamos  por la única calle que recorre el asentamiento. Calle de  tierra negra, resquebrajada, llena de baches que en ocasiones se hace intransitable. El polvo se pega en la piel. No hay ni una sola farola que pueda iluminar la noche del barrio. Las casas parecen sacadas de una película de la posguerra, de hecho se hicieron por aquella época para los ferroviarios. Puertas desvencijadas, con infinidad de remiendos; ventanas con escasos cristales que dejan entrever vida en el interior y por las que sale el olor a humo de las chimeneas con las que se calientan y cocinan. Las televisiones de las casas están prendidas desde temprano y no se apagan hasta la noche.

 

A medio camino de su casa, sale a nuestro encuentro Lucinda. Es su mujer. Una mujer de estatura media, flaca y viste jeans, zapatillas de imitación, y una camiseta de tirantes. El pelo negro suelto y las uñas pintadas. Tiene 33 años y cinco hijos, que entre sonrisas dice haberle hecho Javier en días de cariño.

 

Entramos en su casa donde el aroma a café inunda lo que parece ser una cocina comedor a la que se accede directamente desde la calle, polvorienta en este momento por el pasar de una furgoneta. Las paredes están rotas y sucias, los muebles en mal estado son los que han ido recogiendo de las basuras. Cuando llueve hay goteras. Pasamos a la única habitación de la que disponen. A uno de los  lados han juntado dos camas en las que duermen cuatro de sus hijos, el pequeño duerme con ellos y sin apenas espacio han conseguido encajar un armario destartalado donde se amontona la ropa de toda la familia. “Hasta hace poco no teníamos váter, había hecho Javier una chabola en la parte de atrás y ahí  hacíamos nuestras cosas y nos lavábamos como podíamos”, nos dice Lucinda que ahora orgullosa nos enseña el cuarto de baño que le hicieron los Servicios Sociales de la Diputación cuando empezaron  a trabajar con ellos los técnicos del Programa de Intervención Familiar. Sin perder la sonrisa, casi a coro me dicen: “esta es nuestra casa”. A mi entender  una casa donde falta la intimidad, al existir una sola habitación para los siete miembros de la familia y que es un claro exponente de hacinamiento.

 

Salimos de nuevo a la calle y en uno de los laterales, además de la soga llena de ropa que lavó durante la mañana, se amontonan leña y juguetes, algunos semienterrados entre la zahorra que el Ayuntamiento les había extendido días antes para simular el arreglo de la calle. “Estos juguetes los encontramos en los contenedores de basura”.

 

Se nos acerca un hombre que calculo rozaría los 45 años. La cabeza gacha y los hombros flacos a la altura de las orejas. Calza una visera azul que dice 'Las Edades del Hombre' y  deportivos negros con suela alta y blanca. Bermudas de jean y camiseta con la foto del Che. Habla lento y  mueve mucho las manos. Parece que repartiera un mazo de cartas imaginario. Nos invita a que recorramos la parte trasera de las casas. El olor  hace irrespirable el ambiente. Apenas a tres metros pasa un riachuelo al que van a parar los desagües de las viviendas ya que el colector al que debieran ir data  de cuando paraba allí el ferrocarril y lleva reventado varios años. Tampoco se desmaleza en esa zona y hay nidos con ratas que parecen gatos, y gatos que huyen de las ratas. Lucinda dice que de noche ella no sale a por leña porque le dan miedo y tampoco dejan salir a los niños. “Dentro alguna vez se ha colado alguna, pero solo hay ratones”.

 

Javier y Lucinda nos han llevado de la mano a través de un imaginario aceptado y creado por las familias que  viven en este barrio marginal, donde todos sus miembros viven moldeados a las reglas de la sociabilidad impuestas sobre todo desde fuera, pero también por dentro del barrio. Solamente la distancia física les permite diferenciarse y valorarse frente al exterior. El refugio es la comunidad pero sobre todo la propia familia. Una ley del silencio protege al grupo del exterior. El imaginario de los niños no se materializa en el barrio, sino en lo de afuera que en todo caso es siempre mejor.

 

Nota: Los nombres de la familia son ficticios. Su situación es totalmente real y al barrio que me refiero está en esta ciudad y seguro que muchos de ustedes saben cuál es.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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