Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/07/2017
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Juan José Alonso Perandones
4/09/2015

Fernando, el Carrero

Si por Fernando fuera me hablaría cantando, y no ha extrañar porque no solo se heredan los oficios sino las aficiones. No en vano, su progenitor, Lorenzo, de la saga de los Roquines, ya gozó de fama en el Círculo Católico, junto a Paco el Pertiguero, padre del ilustre Emilio, el primer César de nuestros fastos bimilenarios y con heredado desempeño catedralicio. Como testigos vivos  de un oficio artesano y de una pasión musical,   en el antiguo solar familiar de la calle San Antonio, 12,  en su casa, ya de factura moderna, se muestran, en un chaflán de su escalera, la bandurria, el laúd y la guitarra, bien trajinados, y en los bajos los útiles fabriles y herramientas del taller familiar.

 

Aunque envejecemos, hay gestos y vivezas que no se las comen las arrugas ni la flacidez,  tal sucede en Fernando, el Carrero, apellidado en la partida de nacimiento del juzgado astorgano Alonso, y Nistal por su madre Rafaela.  Aún diría más, el tiempo en algunas personas oculta las aristas y revela lo más benefactor de ellas, y lo afirmo porque aunque Fernando tiene sus ojos azules algo velados por la contemplación de la vida desde 1929, brillan al menor recuerdo, y en su rostro, en el que se han aligerado sus facciones proporcionadas y contundentes, aflora de continuo una sonrisa plácida y bienhechora. Las mañanas las pasa merodeando por  el antiguo taller de San Antonio; algunas tardes, en el Casino, a jugar a la 'subasta perrera', con el exalcalde Luis, Miguel, el de la Funeraria, el maestro Tomás Astorga, Julio Sahagún, Rafa Tagarro y Jesús González. Y convive con la añoranza de tantos que ya se han ido, como su hermana Mari Carmen, en julio, Pepe, de La Mallorquina, en octubre…; y, Mercedes,  ¡cinco años en el pasado marzo! Mercedes Villada Rodríguez, su esposa, excelente bordadora de entre las que en el taller del Hospicio aprendieron este arte y que de niña llegó a esta ciudad porque a su padre lo destinaron como sobrestante de su Estación.  

 

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A los seis o siete años, me dice con naturalidad y gracejo,  “yo era un sobresaliente cantando”, “el niño bonito”, en el Grupo Escolar de la calle Los Sitios: que había que poner la bandera o encender los braseros, Fernando, que había que cantar canciones vascas con el querido maestro don Valentín, pues Fernando. Pero no fue con este o con otros maestros como don Domingo, don Manuel García, don Esteban o don Juan Seco, con quienes aprendió las primeras letras sino con la señora María, la Ti Petaca, en su casa de la plazuela de Santo Domingo, como los demás párvulos del barrio de Cañinas, San Juanín y La Soledad. Recuerda de ella que se auxiliaba de bastón, pues andaba encorvada,  y de los chupilargos de caramelo que les vendía por unos céntimos y que partía a la mitad para degustar en la mañana y en la tarde. Cuando abandonó el Grupo, con catorce o quince años, y se incorporó al taller familiar, continuó con clases particulares, con Laureano, en la calle del Cabildo,  y los Hermanos de La Salle.

 

Continuar un negocio y oficio, el 'Taller de carros y arados Lorenzo Alonso', cuando es costumbre y modo de vida familiar, era lo más natural del mundo, más para un niño que al final de las clases, diariamente, se subía a una silla para dar al fuelle y avivar la fragua. De aquella cuenca abrasadora salían todo tipo de herrajes incandescentes,  para ensambladura, como clavos, bisagras, argollas y pulseras en escuadra; francaletes para unir las caballerías al collarón, tentemozos para sostener el carro mientras se enganchan las caballerías; del horno cercano, al que se daba fuego con urces, los  aros para las ruedas; y de la carpintería las 'atibas', los cabiales para la unción de las vacas… Todo un arte. De ahí que Pablo Llamas, el competente monitor que fue de forja y metalistería en la Escuela Taller Municipal, requiriese su maestría para algo  que hoy en día ya pocos alcanzan a  dominar: 'caldear', empalmar el hierro sin soldadura cuando sale del horno derretido. Ajenos a estas habilidades no fueron los mandos militares cuando, a los 21 años, se fue a hacer la mili a Gijón, pues en la carpintería del acuartelamiento, con la graduación de cabo, le encomendaron fabricar dos carrocerías para camiones y toldos para los carros de servicios.  A él acudimos cuando hubo que fabricar la llave para la antigua cerradura de las portonas del restaurado palacio municipal. 

 

Hace mucho tiempo que las vacas y bueyes desaparecieron en el laboreo, y las caballerías, totalmente,  no menos de quince años.  Majestuosos tractores,  bien equipados según la faena, y cosechadoras se mueven hoy en día  por caminos compactados. La decadencia, el fin de una fabricación artesanal los ha vivido Fernando: con la incorporación de las ruedas de goma que sustituyeron a las antiguas de radios emanados de la calabaza y con aros incrustados en pinazas. Se fabricaron remolques para las caballerías y  se adaptaron, o se hicieron nuevos, para los tractores, que fueron implantándose a partir de la pasada década de los sesenta, hasta la reciente costumbre de su adquisición con todos los acoplamientos. Hermosos carros, rejas, 'atibas', trillos, engavilladoras, remolques, se conservan en toda la contorna; en las afueras de los pueblos, rastros (colmenar de caracolas), vertederas y gradas se oxidan entre la maleza. Constancia, en último término, de un ancestral oficio: el de carrero, que no fue solo aquí propio de los Roquines (su tío, Pedro Alonso, uno de los promotores de la construcción de la Plaza de Toros en 1900, poseía taller de 'reparación y construcción de carros' en la calle del Pozo); otros, como los Miranda, se acomodaron a los nuevos tiempos, con la fabricación de carrocerías para camiones, cerchas y otros soportes para las obras de construcción. Para el recuerdo queda aquella costumbre de los campesinos, los cuales, antes de llevarse el flamante carro pintado, invitaban a una buena comilona, con aderezados pollos de sus corrales, en las cantinas de Maruja o de Avelina.

 

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En agosto, los astorganos celebramos las fiestas patronales desde tiempos pretéritos con toda suerte de espectáculos. En las últimas décadas han gozado de una gran impronta creativa local. Una de las primeras agrupaciones en sumarse a este empeño fue la de los Aficionados al Arte Lírico, sucesora de Los Macacos del Centro Segura, antes de la Guerra, y de la existente en los pasados años cuarenta. Cuando, a las ocho de la tarde del 24 de agosto de 1985, en el Teatro Diocesano, algunos de nosotros, de la corporación municipal,  vimos subido el telón, abrimos los ojos: parecía increíble que aquella agrupación musical,  que había  nacido en la Asociación de Jubilados, con medios muy precarios, en la propia Biblioteca,  fuese  capaz de representar con aquella calidad la zarzuela La del Soto del Parral, dirigida por Pedro Gómez. Fernando actuaba de tenor, Luci García Baños de soprano, Goyo Sánchez de barítono, Mari Manteca de triple cómica e Ignacio Pollán de tenor cómico. Ni en estos, ni en  tantos otros que nos ofrecían tal espectáculo nada sería comprensible sin su anterior afición musical. Como sucede con Fernando, desde niño hasta hoy: en la escuela, en la iglesia del barrio con Antonio Celada, Perina, y José Ramón Geijo, en la tuna que dirigía Ángel Julián, hijo, cuya madrina era Pía Carracedo y el presidente Miguelito Tarambana; en la Coral Astorgana, en la Novena de los Dolores, en verbenas, celebraciones, como las del Real Madrid,  en actos del CIT; como vocalista ocasional de las orquestas Los Brisas, La Monfortina y Jazz Alonso…

 

“Mi hermano Juan (con el que compartió el negocio durante años) y yo, mientras trabajábamos, siempre cantando”. Cantar, ¿cantar para qué, Fernando?: “Pues  para llevar la armonía, Juanjo, para llevar la armonía”.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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