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Oscar González García
15/09/2015

Fábula del perro y el toro

“No defiendas tus ideas antiguas solo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció”.

George Gurdjieff

 

 

Hace ya un año que Thor llegó a casa. Es un precioso pastor alemán que algún hijo de madre tuvo a bien abandonar a su suerte, eso sí, le llegó la humanidad para dejarlo atado en las instalaciones de la perrera municipal de Astorga, donde encontró refugio y calor por algún tiempo. Las circunstancias que me llevaron a adoptarlo no tienen la menor importancia pero desde que él llegó, mi visión del mundo ha cambiado sustancialmente…

 

Nunca había tenido un perro, y no recuerdo haber prestado demasiada atención a mascotas tales como peces, tortugas y algún hámster. Mi relación con el reino animal no iba más allá de acariciar al can de algún conocido o comerme un bistec. Incluso recuerdo haberme reído de cierto amigo cuando abandonaba a la pandilla diciendo que “tenía que sacar al perro”, algo que yo veía como una interrupción innecesaria de su diversión. Qué idiota pude llegar a ser…

 

Conocer a Thor me ha hecho una persona más feliz; es un ser puro y honesto, incapaz de hacer daño a nada ni a nadie a pesar de que pueda parecer fiero. Su amor y compañía son incondicionales y cada día me enseña algo nuevo. Incluso me he dado cuenta de que cuando hablo de él nunca digo “mi perro”, y es que el sentido de propiedad sobre otro ser vivo se ha difuminado en mi cabeza hasta el punto de no tener sentido. Hace poco alguien me preguntó: “¿Es tuyo?” Y me sorprendí a mí mismo respondiendo: “Vive conmigo”.

 

No vayan a pensar que ahora les voy a decir que estoy barajando la posibilidad de hacerme vegetariano porque este escrito no va de eso; va de respeto, de compartir el mundo con otros seres que casualmente no evolucionaron como lo hizo el ser humano y de lo innecesario de causarles daño.

 

Cada segundo martes de septiembre tiene lugar en la localidad de Tordesillas el llamado Torneo del Toro de la Vega, festejo muy conocido por la polémica que trae consigo desde años atrás al crecer sin parar sus detractores y organizarse cada vez más actos de protesta en contra de su celebración. Un toro es perseguido y lanceado hasta la muerte por jinetes y hombres a pie en una “tradición” que se remonta, al parecer, a 1534. Los argumentos a favor y en contra son sobradamente conocidos y no es mi intención repetirlos aquí.

 

Las tradiciones son algo complicado y las hay de todo tipo, más o menos asumibles y más o menos condenables, mas lo cierto es que nuestro país ha dado una buena lista de costumbres relacionadas con el maltrato a animales, especialmente toros, pero también hemos tirado cabras desde un campanario o arrancado cabezas de gallos y gansos sin ningún pudor. En contra de lo que se puede leer estos días en redes yo no creo que quienes participan en estos eventos sean personas malas y salvajes per se, y quisiera creerlas incapaces de dañar a un semejante. El problema de fondo es de cultura y educación. Si vives en un pueblo donde se desarrolla una actividad por rutina, sea cual sea, lo normal es que te unas a ella sin hacerte muchas preguntas. Cierto es que el ser humano goza de un raciocinio que le permite juzgar y distinguir el bien del mal, y gracias a eso se van superando algunas de esas llamadas 'tradiciones', algunas de las cuales ya han sido prohibidas. Incluso, refiriéndonos a Tordesillas, existe constancia de la prohibición de la muerte del toro durante un periodo a finales de los sesenta.

 

Yo provengo de una familia salmantina y taurina. Mi abuelo era transportista y se dedicó toda la vida a llevar toros de lidia a las plazas. Sacó adelante a una familia numerosa que me incluía a mí mismo y se sentaba delante de la tele con una cerveza y unos cacahuetes cuando había 'corrida'. Era una bellísima persona que me educó y cuidó y nunca en su vida hizo daño a nadie.

 

Yo mismo he ido algunas veces a ver 'los toros' a la plaza de León y fui cofundador de una peña taurina en mi ciudad, aunque todos sabemos en qué consiste en Astorga el 'día de toros', homenajes a la mujer española aparte. No creo que entonces disfrutara especialmente de la muerte del toro en sí, sino del ambiente, la música, el colorido, la compañía, etc., detalles que parecen baladíes de verdad si tenemos en cuenta el resultado final que no es otro que la tortura de un ser vivo hasta la muerte; entonces no pensaba en ello. Hace al menos dos años que no piso una plaza de toros si no es para asistir a un concierto, y no tengo intención de regresar a ver espectáculo taurino alguno. Cuando escucho argumentos como el tan manido “el toro no sufre”, recuerdo que alguna vez he pisado la pata a Thor sin querer y puedo asegurar que siente dolor como cualquier otro ser.

 

Esta metamorfosis no pretende ser ejemplo a seguir sino explicación del por qué se mantienen ciertos usos.La respuesta es redundante: por tradición. Así los festejos con toros se cuentan por doquier en todas las latitudes de nuestro país y, aunque puede que la tradicional corrida esté de capa caída –el número de espectadores decrece cada año– este año 2015 va a ser famoso por la cantidad de muertos en carreras o encierros. Ni siquiera la muerte de otro ser humano motiva serios debates acerca de estas celebraciones. Esto se explica porque la llamada Fiesta Nacionaltiene un trasfondo que va mucho más allá del hecho de la muerte del toro –cosa que a día de hoy me resulta abominable– e involucra intereses que tocan lo económico. Pueblos que llenan sus hoteles en fechas coincidentes con los festejos, empresarios y ganaderos que se lucran con ellos o toreros que más tarde se sacarán otro pellizquito en los programas del corazón, son solo la parte visible del negocio pero, no olvidemos que, como en todas las industrias, también hay obreros que obtienen de ella su medio de vida. No dispongo de datos que cuantifiquen cuánta gente vive del mercado taurino pero, en estos tiempos difíciles, sería necesario plantear una reconversión de esta industria de cara a que no paguen justos por pecadores las consecuencias de una posible prohibición.

 

Con todo esto quiero llegar a explicar que la tradición solo se mantiene mientras es buena para alguien que se ocupa de que las generaciones venideras sigan convencidas de su utilidad, por lo tanto, no basta con el abolicionismo para acabar con aquelarres como el tordesillano. La prohibición convierte al hecho vedado en punta de lanza o bandera de sus partidarios, y la protesta masiva hace de toreros o lanceros, héroes que resisten el furibundo ataque de quien atenta contra algo ancestral. Solo la sociedad que eduque a sus jóvenes en el amor y respeto a los animales evitará tener adultos que los maltraten; que nuestros niños sean adultos que no quieran ir a las plazas llevará algún tiempo. Para los que, como yo, van talluditos…prueben a adoptar un perro.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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