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Óscar González García
12/10/2015

Mi hispanidad

El patriotismo es el último refugio de los canallas.

Samuel Johnson

 

Mi hispanidad no la representa una bandera, tenga los colores que tenga y cuelgue de donde cuelgue, ni un jefe del Estado a quien no puedo elegir. Tampoco quienes gastan 800.000 euros en un desfile militar, mientras muchos malviven. No hay pulserita, ni frontera, ni sevillana de las que se ponían sobre los antiguos televisores que represente cómo aprecio a mi patria.

 

No puedo decir, como Fernando Trueba –a quien muchos critican ahora pero seguro celebraron su 'Oscar' como un gol de la selección– que no me haya sentido español ni cinco minutos de mi vida, pero no me han ofendido sus palabras. La forma en que amo a mi país no tiene que ver con competiciones absurdas ni con creer que lo nuestro es mejor que lo de otros, cosa que no demuestra más que absoluta ignorancia.

 

Mi amor a mi tierra proviene de entender que mi sangre contiene gotas indoeuropeas, fenicias, griegas, romanas, germánicas, árabes, bereberes, judías, y puede que hasta francesas. Sin embargo, ninguno de los éxitos de los españoles del pasado es mérito mío y, por lo tanto, encuentro absurdo sentir orgullo por ellos, como tampoco me siento culpable de los muchos desaguisados que han provocado mis compatriotas. No necesito fechas que conmemoren victorias o derrotas, reales o inventadas, para sentirme más de un lugar, y considero que la del 12 de octubre, es una fecha cuanto menos desafortunada para instaurar una fiesta nacional, pues la hazaña de Colón, fue seguida de siglos de vergüenza en los que los españoles y otros europeos sometieron sin piedad al continente americano.

 

 

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

 

 

Nadie me preguntó si quería nacer en esta parte del mundo, pero así sucedió. La nacionalidad no es más que una cuestión de suerte… ¡Y tanta suerte! He tenido suerte porque cuando nací en esta tierra preciosa, ya había muerto un señor que la gobernaba y que fue, a nadie se le olvide, un dictador sanguinario. Además, muchos compatriotas se empeñaron en que el lugar que me vería crecer disfrutara de una democracia y unos servicios públicos que me permitieron tener una educación. Gracias a eso pude aprender el castellano, lengua que comparto con miles de personas, y me permite disfrutar plenamente de la literatura de Eduardo Mendoza o Javier Marías en su versión original. Ser español es, sin duda, una suerte.

 

También aprendí que España no siempre fue España y que las fronteras, en todas partes del mundo cambian de manera constante y no son, ni mucho menos, eternas. A mí no me importa un bledo que Cataluña se independice, he estado allí muchas veces y siempre me he sentido bien (jamás me pasó aquello de “…fui a Barcelona y si no hablas en Catalán no te atienden…”), pero creo que todo el mundo tiene derecho a decidir cómo quiere vivir. Al final, las fronteras no son más que una invención humana…

 

Quienes pertenecen a una misma nación comparten una lengua, una cultura y unas costumbres, historia o religión. Es por eso que forzosamente profesamos afinidad con quienes nos rodean y desarrollamos un sentimiento de pertenencia a un conjunto. Esto, bien entendido, no es malo, pero nunca debería ir acompañado de rechazo a los demás.

 

Mi patria son mi familia y mis amigos; los platos que comía de pequeño y que hoy día cocino, las canciones que he escuchado y cantado con otros que también se las sabían, las series de dibujos que aún comento con amigos y los libros que me mandaban leer en la escuela. Todo eso lo comparto con buena parte de los otros españoles, pero me cuesta mucho identificarme con quienes descalifican y pretenden que su sentimiento de patria es el único válido. La patria son las personas que la forman; personas que trabajan duro y que hacen frente día a día al duro devenir de unos tiempos inciertos. Mi tierra es la que labraron mis abuelos con gran esfuerzo derramando sudor y lágrimas, algunos sangre, que ninguna bandera enjugó.

 

Bajo esa tierra aún hay más de 100.000 personas desaparecidas, compatriotas también, aunque algunos, muy españoles, lo nieguen. Sobre esa tierra, hay más de cuatro millones de parados y miles de personas que han visto cómo sus condiciones laborales son cada vez peores. Supuestos amantes del país y de su unidad se han llenado los bolsillos sin tapujos a costa de quienes lo sostienen y llamamos fiesta nacional a la tortura de animales sin la más mínima contemplación. Permítanme que no esté todo lo contento que quisiera con mi patria.

 

Yo me siento más del país de los que trabajan a diario por mejorar la situación de quienes les rodean, de la nación de los que acuden a ayudar a los demás cuando hay catástrofes sin importarles las fronteras que deben cruzar, de la tierra de quienes ayudan a sus semejantes sin pedirles el carnet de identidad. En esa patria, que debería ser la de todos, también hay españoles, y no necesita banderas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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