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Fernando García Crespo
19/10/2015

Cosas de la edad

Tal vez sean cosas de la edad, no sé; el caso es que últimamente me ha dado por pensar en qué será de mi cuerpo una vez que yo ya no esté aquí, dentro de él.


No me apetece que lo entierren, siempre he sido algo claustrofóbico, así que sólo de pensar en que mi cuerpo puede acabar en una caja sin adosados y cubierto por toneladas (también soy algo exagerado) de tierra hace que se me quiten las ganas de morirme y que quiera afiliarme a una eternidad a día de hoy imposible.


Así que se me ocurrió donar mi cuerpo a la ciencia.


No he tenido suerte.

 

Se ve que lo poco que valgo en vida condiciona el valor de mi próximo cadáver. Eso es lo que he entendido al leer la negativa del Instituto Anatómico Forense a hacerse cargo de mí cuando yo no esté. Manifiestan que, de acuerdo al historial médico al que han tenido acceso en la base de datos de la Seguridad Social, el estado de deterioro de mi organismo impide cualquier labor humanitaria futura, es decir que los desperfectos (fruto de años de conceder al cuerpo lo que pedía) que sufren mis órganos principales hacen prever que dentro de pocos años no servirán para otra cosa que recibir atención médica; difícilmente podrán servir para trasplantes u otra cosa que no sea el estudio de un cuerpo muerto y en mal estado.


Jó. La verdad duele y, además, escuece.

Así que empecé a contemplar la posibilidad de la incineración. Idea que, en principio, no me gusta nada. Tal vez debido a mi educación católica, el tema del fuego me remite inmediatamente a las llamas del infierno.


Y es que yo no quiero ir al infierno. No es que crea haberme ganado el cielo, pero el infierno…


Sólo de pensarlo me entran escalofríos y me pongo a sudar. Me agobian los sitios abarrotados. No puedo evitar imaginarme ese lugar repleto de almas quejándose de no haber recibido un juicio justo, de haber sido confundidos con otros, de haber sido tentados hasta la saciedad por una sociedad que les condenó al averno en el momento de nacer. Uffff, qué agobio.

Como última solución se me ha ocurrido ofertar mi cuerpo sin vida en e-bay.


De momento las pujas van muy bien, hay un pique tremendo entre una secta satánica soviética y un artista conceptual que trabaja con animales muertos.


No pido mucho, lo mínimo para que no parezca que no me aprecio. ¿Y es que si yo no me doy el valor adecuado quién va a hacerlo?

 

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