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Tomás Valle Villalibre
20/10/2015

Mis primeros maestros

José Martí, el pensador, escritor, filósofo, poeta y también político republicano democrático cubano, se refirió en cierta ocasión a los maestros con esta expresión: “ Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha acontecido, es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive; es ponerlo a nivel de su tiempo, con lo que podrá salir a flote sobre él…”

 

Siento que es una cuestión de justicia dedicarles un pequeño homenaje a mis primeros maestros y muy especialmente a los que de niño con su labor insustituible, complementaria a la educación familiar me ayudaron no solo a adquirir formación escolar, también de valores y respeto, algo que ha descendido desafortunadamente incluso hacia ellos, a pesar de ser quienes desde la impartición de sus conocimientos son actores importantes en la transformación de la sociedad. Ellos fueron los primeros adultos que no formando parte de mi familia constituyeron mi primera relación social y que a pesar de la época que les tocó vivir, intentaron proporcionarme además de conocimientos, modelos de vida. Mi periplo escolar comenzó a principio de los sesenta  en Blanco de Cela; un viejo edificio, con enormes clases para nuestros pequeños tamaños, que años más tarde fue derruido para construir el que conocemos actualmente y las casas para los maestros.

 

Sé que al principio mi madre me llevaba de la mano a la escuela y que además de ir por el camino lloriqueando; al llegar a la clase, los primeros cinco minutos eran de llanto o llanto contenido de ese que no llega a explotar aunque estés a punto de ahogarte. Doña Milagros fue mi primera maestra, la que me enseñó a leer y trazar las primeras líneas con el pizarrín, en la pizarra que llevábamos cada uno de nosotros y posteriormente en los inolvidables cuadernos de “Rubio”. Sería el año 63. Todavía recuerdo la suave voz y el cariño con el que nos trataba.

 

Con Don José el cambio ya era importante; pasabas a otra etapa en la que ya te creías mayor. Aunque bajo la supervisión de mi madre, el trayecto hasta la escuela ya era con mi amigo Manolo, con Jose, Lorencín y mi hermano Pedro, que al ser más pequeño que yo todavía iba con Doña Milagros. Por las mañanas antes de entrar en las clases, teníamos que formar en el patio al más puro estilo militar y bajo la dirección de Don Ángel Murias, director a su vez de la escuela, cantar el 'Cara al sol', algo de riguroso cumplimiento impuesto por el 'régimen'. Al entrar en el aula nos esperaba la cara de Franco, encima del encerado, a la derecha del crucifijo, mirándonos fijamente. A la izquierda estaba la foto de José Antonio Primo de Rivera.

 

La cartera de cuero cuyo especial olor sigo teniendo grabado, el del colegio con su aire saturado de polvo de tiza, el de los lápices recién afilados, el de aquellas gomas de borrar de nata. La infantil congoja de haber dejado Parvulitos y pasar para otra clase superior, la de Don Metodio Galo. Un hombre muy inteligente, serio, riguroso y exigente, con poderosa personalidad, que solía aplicar como castigo 'borrarte las patillas', pero que se afanaba por tratar de rescatar lo muy valioso de sus estrategias docentes, para intentar encaminarnos con determinación hacia el aprendizaje y los estudios.

 

Aulas amuebladas con un material pobre e insuficiente. La mesa del profesor, colocada sobre una tarima para observar mejor. Cuarenta alumnos sentados en viejos pupitres de madera con el hueco del tintero. La enciclopedia Álvarez.

 

Pasar para Don Baltasar significaba que decididamente estabas en la adolescencia. Con él estuve poco tiempo porque por motivos que no vienen a cuento me llevaron para la Preparatoria del Seminario; pero creo que era un buen profesor, al que posiblemente le tocó vivir en una época que él, de haber podido, no hubiera escogido.

 

La leche americana que nos preparaba la señora Emilia en aquellas enormes tarteras que rebosaban espuma y que era obligado tomar en el recreo de la tarde. Las flores a María en el mes de Mayo. Las visitas al Centro de Higiene donde, te miraban las muelas y la vista. Las confesiones en la cuaresma.

 

El régimen de Franco y la estrecha alianza con la Iglesia, cargaban a los maestros con razones más que de sobra para hacer cierta la frase: “La letra con sangre entra” y puesto que  la función del maestro se basaba en el principio de autoridad, en la escuela los castigos eran frecuentes y, según quién los aplicara, podían llegar a ser crueles y humillantes.

 

Eran otros tiempos, tiempo difíciles para todos y yo intento enmarcar en aquella época, el estilo educativo de aquellos maestros  por los que pasé de niño y, creo que debo agradecerles la huella y los valores que dejaron en mí y que me han acompañado durante el transcurrir de los años.

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