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Fernando García Crespo / ILUSTRACIÓN: César Núñez
29/10/2015

Apokalipsis versus Linares

(Con todo mi cariño y respeto para todas las personas y zombis que puedan sentirse identificados como personajes) 

 

[Img #18929]

Linares vino en comisión de servicio desde Benidorm. Al principio le tomamos por un tipo raro, más extraño aún que Alejandro que se pasaba el día entrecruzando sus manos a modo de encuadre cinematográfico. La rareza principal de Linares no era el color de su piel, tan negra que parecía azul, sino su obsesión con los zombis. Y digo principal porque tenía otras extravagancias que nos desconcertaban severamente, como su manía de informar a los usuarios a ritmo de Rap. No he visto a nadie igual, era sorprendente su capacidad para rimar cualquier artículo, sin importarle que fuese de la ley del ierrepefe o el Real Decreto 3752/622. También nos chocaba la facilidad con la que irritaba a nuestros superiores. Le bastaban dos minutos para que cualquier jefe de departamento pensase seriamente en la jubilación o el suicidio. Tenía ese don.


Linares nos sometía, todos los días a primera hora de la mañana, a un riguroso test de humanidad. Lo hacía disimuladamente, queriendo ser casual. Así que tan pronto te cegaba las pupilas con un láser, como que te arrancaba un pelo del cogote (o varios, dependiendo de su grado de pericia ocasional). Según sus teorías apocalípticas, a los zombis no les molestaba el haz de luz del láser, ni sentían dolor alguno al ser descabellados. Era un fastidio matinal, sí. Aunque la peor parte se la llevaba Zurdo, que estaba calvo. A él le estaba destinado algo peor. Por respeto a su intimidad no lo mencionaré. Pobre Angelito.


Curiosamente, Linares entabló profunda amistad con algunos compañeros, con los más radicales y subversivos. Se estableció entre ellos una especie de… simbiosis. Llamémoslo así. Ellos fueron los que le proporcionaron el armamento y las municiones. Una vez más, la complicidad del vigilante Vicente fue determinante para introducir en el edificio un bazooca de la segunda guerra mundial y diversas armas de fabricación casera que ya hubieran querido para sí los perdedores de la del catorce.


Mientras se mascaba la tragedia, la jornada laboral transcurría con la intrascendencia habitual. Hasta que un usuario airado acorraló a Eugenia entre una enorme pila de expedientes marchitos y la averiada máquina de sopicaldos y café. Aquello tenía su explicación, ella estaba soltera y él era un marido celoso.


Sin la intervención de Linares no sabemos lo que hubiese ocurrido, tal vez hubiese quedado una plaza vacante en Gestión, el caso es que agarró al cornamentado airado por la pechera y lo lanzó contra la ventana. Afortunadamente ésta era como la del iva de la delegación de Córdoba, también estaba tapiada.


A partir de este momento Linares se convirtió en el héroe de nuestras compañeras. Juana le escribía interminables poemas épicos; Charo le tejía chalecos estilo Bronx; Reme le pintaba retratos en los que parecía más alto, más delgado, más guapo, más normal; y otra serie de obsequios que consiguieron que envidiásemos insanamente a nuestro colega.

En la oficina surgieron dos bandos, el de Linares y el de los que considerábamos que la amenaza inminente de una invasión zombi era una estupidez.

Ahora que estamos aquí, atrincherados tras el mostrador de recaudación, sólo deseamos que nuestro heroico camarada no nos guarde rencor. Los zombis están en la puerta, confundidos por la estratagema de David que, no sé cómo, ha conseguido ponerles en fila de a uno frente a la máquina del Ateneo. A ver si con cita previa podemos aniquilarles mejor, más eficientemente.


Bendito Linares, ¿qué sería de nosotros sin él y su cuadrilla de guerreros de la iluminación?

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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