Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/05/2017
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puede sentir ofendido o insultado. Además, quién no se ofende cuando se le critica. Muy pocos. A nadie le gusta que le critiquen. Pero la crítica es necesaria, porque es un antídoto contra el dogmatismo. El dogmatismo nos estanca; la crítica, en cambio, nos hace avanzar, hace que las cosas mejoren. En realidad, los que tratan de impedir que alguien pueda travestirse de Virgen María, que circulen autobuses, tanto el de ‘Hazte oír’ como el de Podemos, el ‘tramabús’, que lo mismo da uno que el otro, o que se hagan chistes, bien sean sobre Carrero Blanco, Franco o Santiago Carrillo, se están oponiendo a la crítica, van contra el pensamiento crítico-racional.

 

Este pensamiento es el fundamento mismo de nuestra cultura Occidental. Sin él no sería posible la democracia ni la ciencia, los principales elementos que hoy modulan nuestras vidas. En una sociedad en la que uno no pueda expresarse libremente, criticar, teniendo como único límite los derechos fundamentales de las personas, no hay democracia. La libertad, la crítica, es la esencia de la democracia. Y sin democracia no seríamos ciudadanos, seguiríamos siendo súbditos, seres que viven al dictado de otros, que casi siempre son los más poderosos. También la ciencia se alimenta de la libertad. Es verdad que la ciencia es posible en las sociedades autoritarias, pero donde mejor florece es en las sociedades democráticas, donde hay libertad y se puede criticar. Por eso, la ciencia moderna surgió principalmente en las repúblicas italianas, en Alemania y en los Países Bajos, donde había más libertad que en otras partes de Europa, como España, que a pesar de ser un imperio, se hallaba encorsetada por el catolicismo de Trento, la contrarreforma. Y fue precisamente la crítica de Galileo a la interpretación literal de la Biblia la brecha por donde se coló el heliocentrismo, que revolucionó la astronomía, la punta de lanza de la Revolución Científica. Sí, los Padres de la Iglesia se sintieron ofendidos por la crítica de Galileo y lo condenaron a arresto domiciliario. Sin embargo, a pesar de la Iglesia, la ciencia siguió avanzando y gracias a ella hoy vivimos mejor y más.

 

También el mismo pensamiento crítico ha sido objeto de crítica. Sócrates, su representante más destacado en la antigüedad, fue ridiculizado por Aristófanes, que en su obra Las nubes lo presentó como un sofista colgando de un cesto observando el cielo. Como un sofista, él que no cesaba de discutir con los sofistas, sus adversarios dialécticos. No cabe mayor ofensa. Y sin embargo, que se sepa, nunca se quejó. También Darwin, que revolucionó la biología con su teoría de la evolución, fue caricaturizado en la prensa de su época por los más conservadores. Y tampoco pasó nada.

 

Sin libertad, libertad para criticar, nuestro mundo no sería como es ni nosotros viviríamos como vivimos. Ir contra la libertad es ir contra nosotros mismos. Ir contra el modo de vivir que nos hemos ido dando a lo largo de los últimos siglos, que, si bien no es perfecto, es el mejor que hemos tenido. Por eso suscribo las palabras de Voltaire: “Detesto tu opinión, pero pelearé con todas mis fuerzas para que tengas derecho a expresarla”. Porque nadie tiene por qué callar. Porque las cosas hay que hablarlas y atenderse a razones, como se dice en los pueblos.

 

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Llego bien pasada la una de la madrugada. Vengo de un ensayo al borde de las olas, cercano a la playa casi desierta bajo la llovizna fugaz de esta noche serena. Vuelvo de cenar, entre risas y cervezas, con unas compañeras artistas: fotógrafa, bailarina, cantante, y yo. Cierro tras de mí la puerta de casa y entro en mi mundo-refugio. De eso hablábamos, entre tantas otras cosas, de cómo es la manera en la que nos gusta vivir, estar, compartir, amar,…

 

Me siento en el sofá para relajarme antes de ir a la cama y pongo la TV mientras repaso las redes. Y entonces lo leo, y veo sus ojos inmensos que me llegan a través de la pantalla. Un puño me golpea el corazón y lo comprime con inmensa angustia. Ella ya no está, nos ha dejado esta tarde. Apago todo y busco el refugio del silencio, pero necesito hablar, necesito decirle, necesito disculparme…Lo sabía, y lo dije: tengo que ir, siento que no tengo tiempo que perder. Pero lo perdí. Una vez más. Y caí de nuevo en la vorágine cotidiana que amo, de mi caos, de mis doscientas actividades, de mis días comprimidos. Me preguntaban, ahora, al salir de la cena, ¿pero esto que haces es puntual o siempre así? Siempre así, y es que además, me gusta que sea así, me divierte. Yo no aguantaría tanto estrés. Yo no aguantaría vivir con otro ritmo.

 

Imposible dormir. Imposible relajar el alma, alejar la culpabilidad, el fracaso. Le prometí acercarme a verla, y lo hablamos, disculpándome, por no sacar los minutos antes de Semana Santa, emplazándonos al regreso. No hubo posibilidad. O la hubo, y la perdí.

 

Se acercan fechas malas. Recuerdos de pérdidas de hace menos de un año. Y una vez más, prometerme a mí misma vivir, degustar cada segundo, no perder ni uno sólo, por mí, por ellos. Dejar los miedos ridículos en el cajón y avanzar a pecho descubierto, abierta a las heridas de sangre de la vida.

 

Ella…

"No dejes balcones a los que puedas trepar;
ni pechos blancos como la leche donde puedas hallar reposo;
ni cabezas doradas con las que puedas compartir la almohada;
ni copa de vino si el vino es bueno;
ni éxtasis de cuerpo o de alma...
Has de morir, sin duda, pero muere viviendo
en honduras de azul y arrebato, emparejado,
besando a la abeja reina, la vida
."

 

Edmund Pollard 

(Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters)

 

 

Esa era ella. Esa es ella. Esa su lección, ese su legado. ¡Saboreemos la vida, exprimamos los limones cotidianos!

 

Me viene la mente el pretendido invento de otra compañera, el avisador de las últimas veces. ¿Me gustaría tenerlo? Rotundamente prefiero vivir sin ese conocimiento. Sin anticipar la angustia de una despedida, sin tener que forzarme a dar entidad a cada instante, degustarlos, a veces, con parsimonia, otras con la algarada de la despreocupación.

 

Miro el móvil en mi mano. La agenda de contactos está poblada de personas que ya no. Y me cuesta borrarlas. No quiero borrarlas. Sus conversaciones permanecen en mis whatsapp, al menos, las que respetó la última trastada tecnológica que envió parte de mis datos y contenidos al limbo virtual.

 

Y pienso en Jorge Manrique y esa maravilla de las Coplas a la muerte de su padre, y en la tercera vida, la de la fama. Con las otras dos, la terrenal y espiritual, no puedo hacer nada. Así que intento hacerla inmortal con estas palabras, con este cariño, mientras poso mi mirada en la suya, a través de la pantalla del portátil, imaginando que mantengo una conversación con su videobook y recuerdo que la última vez que nos encontramos en persona fue para despedir a otra compañera. Entonces yo no sabía que ella padecía el mismo mal. ¡Tan valiente! Gracias, Yolanda, por enseñarme vida con tu ejemplo. Por tu mensaje desde Spoon River. Gracias a ti, lector, porque al leerla, la haces viva.

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