Albiac
![[Img #47615]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2019/3930_dsc_0281.jpg)
Sentí mucho no poder asistir a la conferencia que Gabriel Albiac pronunció el pasado 19 de diciembre, en la Casa Panero, dentro del ciclo ‘Tardes de autor’, que con tanto tino conduce Luis Miguel Suárez. Desde que, allá por los 80, leí su opus magnum sobre Espinosa, La sinagoga vacía, lo tengo entre mis ensayistas favoritos, no solo por la hondura y clarividencia de su pensamiento sino también por su espíritu independiente, al margen y por encima de las sectarias y trivializadoras ideologías hoy en boga, esas que irremediablemente nos están conduciendo a “la gran servidumbre soñada por los totalitarismos, pero de forma voluntaria”, tal como declara Albiac en la entrevista concedida a Eloy Rubio Carro: una entrevista que no cabe sino calificar de excepcional, luminosa, profunda, como pocas he leído en los últimos tiempos, y cuya publicación justifica en sí misma un medio digital como el que los lectores tienen entre sus ojos, tan modesto como digno, y en el que, por ello mismo, es un honor contarse entre sus colaboradores.
En la entrevista, menciona Albiac sus años de investigación en la Biblioteca Ets Haim de la Sinagoga de Ámsterdam, precisamente “la sinagoga vacía” que da título al libro que acabo de citar y por el que recibiera el Premio Nacional de Ensayo en 1988. De esa sinagoga fue expulsado en 1656 Baruch (Benito) Espinosa por haberse atrevido a cuestionar las sagradas verdades de las Escrituras y las tradiciones de su pueblo. Al parecer, el gran pensador pronunció su alegato de defensa ?a la postre, inútil? en español, la lengua de sus antepasados, oriundos de la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros. De ahí que sea más correcto escribir su apellido a la manera española que no Spinoza, como sin embargo suele ser común.
Frecuenté bastante esta biblioteca durante los años en que ocupé la cátedra de Estudios Hispánicos de la Universidad de Ámsterdam. Como cicerone por aquel mágico laberinto de impresos y manuscritos en español y portugués me serví de un destacado estudiante holandés, Harm den Boer, que por entonces se estaba doctorando con una tesis sobre la sección literaria de sus fondos y que hoy es catedrático en la Universidad de Basilea. Cuidaba la biblioteca un viejo sefardí, el señor Goudsmit, que hablaba un entrañable ladino y conocía al dedillo los tesoros bibliográficos que albergaban sus anaqueles. Recuerdo la emoción que me produjo ojear las obras poéticas y dramáticas de José Penso da Vega, Antonio Enríquez Gómez, Jacob (Manuel) de Pina, o Daniel Leví de Barrios, conocido entre nosotros como Miguel de Barrios. Arrancados del suelo en que vieron la luz sus padres y abuelos, jamás renunciaron a sus raíces y siguieron hablando, leyendo y escribiendo en la lengua de Sefarad. De su espíritu abierto y tolerante da idea el hecho de que, para aquellos escritores, uno de sus modelos predilectos fuera, a pesar de su rabioso antisemitismo, nada menos que don Francisco de Quevedo. Vida cultural intensísima la de aquellos judíos hispanoportugueses, de la que es otro buen ejemplo el todavía reciente descubrimiento por Jorge Ledo y el citado Den Boer, entre los fondos manuscritos de Ets Haim, de la primera traducción al castellano del Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam.
La reflexión de Albiac sobre aquella edad dorada de la cultura española en su expresión judaica y sobre el propio Espinosa no queda en mero ejercicio de arqueología, sino que es válida también para nuestro presente, pues el antijudaísmo no es cosa de ayer ni mucho menos superada; por desgracia, todo lo contrario. Y así resulta lastimoso comprobar cómo las izquierdas, en general, sostienen un discurso proárabe sin matices, y condenan, también sin matices, al Estado de Israel, el único democrático del Medio Oriente, y el único en el que las mujeres, los homosexuales y otras minorías tienen reconocidos sus derechos. Al parecer, lo que en nuestro cómodo mundo occidental es dogma incontestable para el discurso progresista no vale para los países islámicos. Por estas y otras ideas que chocan con la ortodoxia de la Corrección política, el pensamiento de Albiac ha merecido, como en su tiempo el de Espinosa, aversión y rechazo. Mas no por ello nuestro filósofo ha cejado en su empeño de iluminar nuestra época con el ejemplo de los clásicos, y así el año pasado dio a las prensas una monumental edición crítica de los Pensamientos, de Blaise Pascal, otro de los grandes heterodoxos de la historia.
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Sentí mucho no poder asistir a la conferencia que Gabriel Albiac pronunció el pasado 19 de diciembre, en la Casa Panero, dentro del ciclo ‘Tardes de autor’, que con tanto tino conduce Luis Miguel Suárez. Desde que, allá por los 80, leí su opus magnum sobre Espinosa, La sinagoga vacía, lo tengo entre mis ensayistas favoritos, no solo por la hondura y clarividencia de su pensamiento sino también por su espíritu independiente, al margen y por encima de las sectarias y trivializadoras ideologías hoy en boga, esas que irremediablemente nos están conduciendo a “la gran servidumbre soñada por los totalitarismos, pero de forma voluntaria”, tal como declara Albiac en la entrevista concedida a Eloy Rubio Carro: una entrevista que no cabe sino calificar de excepcional, luminosa, profunda, como pocas he leído en los últimos tiempos, y cuya publicación justifica en sí misma un medio digital como el que los lectores tienen entre sus ojos, tan modesto como digno, y en el que, por ello mismo, es un honor contarse entre sus colaboradores.
En la entrevista, menciona Albiac sus años de investigación en la Biblioteca Ets Haim de la Sinagoga de Ámsterdam, precisamente “la sinagoga vacía” que da título al libro que acabo de citar y por el que recibiera el Premio Nacional de Ensayo en 1988. De esa sinagoga fue expulsado en 1656 Baruch (Benito) Espinosa por haberse atrevido a cuestionar las sagradas verdades de las Escrituras y las tradiciones de su pueblo. Al parecer, el gran pensador pronunció su alegato de defensa ?a la postre, inútil? en español, la lengua de sus antepasados, oriundos de la villa burgalesa de Espinosa de los Monteros. De ahí que sea más correcto escribir su apellido a la manera española que no Spinoza, como sin embargo suele ser común.
Frecuenté bastante esta biblioteca durante los años en que ocupé la cátedra de Estudios Hispánicos de la Universidad de Ámsterdam. Como cicerone por aquel mágico laberinto de impresos y manuscritos en español y portugués me serví de un destacado estudiante holandés, Harm den Boer, que por entonces se estaba doctorando con una tesis sobre la sección literaria de sus fondos y que hoy es catedrático en la Universidad de Basilea. Cuidaba la biblioteca un viejo sefardí, el señor Goudsmit, que hablaba un entrañable ladino y conocía al dedillo los tesoros bibliográficos que albergaban sus anaqueles. Recuerdo la emoción que me produjo ojear las obras poéticas y dramáticas de José Penso da Vega, Antonio Enríquez Gómez, Jacob (Manuel) de Pina, o Daniel Leví de Barrios, conocido entre nosotros como Miguel de Barrios. Arrancados del suelo en que vieron la luz sus padres y abuelos, jamás renunciaron a sus raíces y siguieron hablando, leyendo y escribiendo en la lengua de Sefarad. De su espíritu abierto y tolerante da idea el hecho de que, para aquellos escritores, uno de sus modelos predilectos fuera, a pesar de su rabioso antisemitismo, nada menos que don Francisco de Quevedo. Vida cultural intensísima la de aquellos judíos hispanoportugueses, de la que es otro buen ejemplo el todavía reciente descubrimiento por Jorge Ledo y el citado Den Boer, entre los fondos manuscritos de Ets Haim, de la primera traducción al castellano del Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam.
La reflexión de Albiac sobre aquella edad dorada de la cultura española en su expresión judaica y sobre el propio Espinosa no queda en mero ejercicio de arqueología, sino que es válida también para nuestro presente, pues el antijudaísmo no es cosa de ayer ni mucho menos superada; por desgracia, todo lo contrario. Y así resulta lastimoso comprobar cómo las izquierdas, en general, sostienen un discurso proárabe sin matices, y condenan, también sin matices, al Estado de Israel, el único democrático del Medio Oriente, y el único en el que las mujeres, los homosexuales y otras minorías tienen reconocidos sus derechos. Al parecer, lo que en nuestro cómodo mundo occidental es dogma incontestable para el discurso progresista no vale para los países islámicos. Por estas y otras ideas que chocan con la ortodoxia de la Corrección política, el pensamiento de Albiac ha merecido, como en su tiempo el de Espinosa, aversión y rechazo. Mas no por ello nuestro filósofo ha cejado en su empeño de iluminar nuestra época con el ejemplo de los clásicos, y así el año pasado dio a las prensas una monumental edición crítica de los Pensamientos, de Blaise Pascal, otro de los grandes heterodoxos de la historia.







