Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/07/2017
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Lala Isla
10/04/2017

La conmoción del descubrimiento de una fosa común en Astorga

Lala Isla viene trabajando en un libro sobre la Guerra Civil en Astorga con los recuerdos de su madre, Ángeles Ortiz de la Fuente, y de su padre, Alfredo Isla García y de muchas personas más, que ayudará a comprender las mentalidades y la invención de la realidad por parte de los golpistas y las vidas no lloradas de los perdedores y represaliados. Publicamos en cinco entregas un espigado de varios capítulos de ese potencial libro que debería dar que pensar.

[Img #28428]

 

 

(...)

 

Los retazos de los acontecimientos sucedidos en Astorga y La Bañeza durante la Guerra Civil llegaron hasta mí filtrados por la manera de pensar de mi familia materna y paterna. Dos derechas que si bien lucharon juntas, tuvieron éticas y comportamientos diferentes. La materna hablaba de la República, de la clase obrera, de la Iglesia... de una manera mucho más racional y menos apasionada que la paterna. Mi madre y sus hermanas habían estudiado en un colegio francés, hablaban bien el idioma, y eran mujeres abiertas que iban a bañarse al río, a las playas de Asturias y a esquiar en Foncebadón, lo que no hacían mis tías paternas. Por eso mi madre y tía Coral fueron tan amigas de Bertha y Olga Pérez Monteserín cuya familia había sido siempre muy avanzada. Cuando muchos años después yo me pasaba los veranos yendo en bicicleta, evitando el paseo de la plaza y buscando pozas en los ríos donde bucear, cuando iba a La Bañeza mi abuela no paraba de decirme: ¿Pero no te arreglas? A ella le parecía un escándalo que fuera al río a bañarme con chicos. Si eso sucedía conmigo en los años sesenta ¿Cómo habría sido en los treinta? 

 

La familia de mi madre estaba convencida, y nos convenció a sobrinos e hijos, de que “fuimos más liberales que otros”, algo que era de consenso general en Astorga, como me dijo años después alguien cuya madre era de allí: “tú tuviste la suerte de que vosotros, los Ortiz, siempre fuisteis muy abiertos”. Mi abuelo José no parece constar en ningún organismo oficial de ningún tipo pero el abuelo paterno, en cambio, pertenece al partido Unión Patriótica Nacional, creado por  Miguel Primo de Rivera, es concejal del Ayuntamiento en 1924 y, conforme las normas dictadas para la renovación de ayuntamientos, sigue siéndolo en la Corporación constituida el 26 de febrero de  1930 con los mayores contribuyentes de la ciudad. El 27 de octubre de 1931, también en calidad de pertenecer a la categoría de mayor contribuyente, participa en el proceso de elegir senadores. En 1933 es miembro del comité local del Partido Republicano Conservador acaudillado por Miguel Maura que pretende agrupar a las derechas españolas.   

 

 

[Img #28427]

 


Un ejemplo de lo que las hermanas de mi padre habían oído en su entorno podría ser lo que me contó Alejandro Valderas, director del Archivo Universitario en León, en el verano de 2010. En una conversación que había tenido recientemente con el patrocinador bañezano Conrado Blanco, éste le contó que el día 14 de abril de 1931, cuando se instauró la Segunda República, hubo en esa ciudad, como en el resto de España, una manifestación de júbilo. Conrado la vio desde un alto por donde andaba tía Lucila Isla García, que era una niña pequeña, seguramente acompañada de su hermano Rafael, de la misma quinta que Conrado y amigo suyo. Mi padre estaba entonces interno en San Antón, el colegio de los Escolapios en Madrid. Conrado le describía a Valderas lo que tía Lucila repetía sin parar: “pero si son personas, pero si son personas”. A ella  le habían contado que los ‘rojos’  eran demonios con rabo y los manifestantes no lo tenían. Si alguien podía llegar a creer que una pluma del Arcángel San Gabriel y gotas de la leche de la Virgen María estaban guardadas en relicarios (la primera en una iglesia de Elche) cualquier cosa podía ser posible. Lo de pensar que los ‘rojos’ tenían rabo fue noción muy extendida en aquella España atrasada y pobre, dominada por una religión tridentina de milagros e infiernos, y yo he oído mencionar a mujeres concretas que se lo habían creído a pies juntillas. Es interesante comparar la creencia del rabo ‘rojo’ con lo que cuentan en Turquía y algunos países de Asia por donde pasó Alejandro Magno camino de la India, de que éste tenía cuernos. Así lo cantan todavía hoy en una especie de romanceros populares. 


La mención de ‘los señores republicanos’ en la foto que nos mostró el dueño del Museo del Chocolate hizo que por primera vez me percatara de que había mantenido a La Bañeza y Astorga en un estado de excepción permanente pues mis conocimientos de lo sucedido en otras partes del país no los aplicaba a estas dos ciudades. Cuando empecé a tratar de responder a las preguntas que me hacía el asunto, me pareció todavía  más llamativo si tenemos en cuenta que desde hacía años iba regularmente a los seminarios de Paul Preston en la London School of Economics y había leído bastante sobre la Guerra Civil. Me interesaban -y me interesan- los ‘historiadores de la sospecha’, como dice Jose María Lama (‘Masacre’ de Francisco Espinosa Maestre) refiriénose a los que sospechan de la versión franquista de la guerra pero ¿por qué, a pesar de ir a esos seminarios, había dejado de lado la historia contemporánea de los dos lugares que más me marcaron en la infancia? ¿Me defendía de la cruda verdad, evitándola, como la han evitado y evitan millones de mis compatriotas? Durante la terapia psicoanalítica que hice toqué bastante la participación de mi padre en la contienda pero no ahondé más por desconocer lo que con el tiempo he ido sabiendo del conflicto, algo que ayuda mucho a  relacionar cada detalle con el esquema general de la Historia y el particular de cada individuo.


Cuando en  diciembre de 2008 estaba leyendo El País, tuvo que ser de un sábado o domingo porque eran los que solía comprar,  y di con la pequeñísima nota, que podía perfectamente habérseme pasado de largo, en donde se mencionaba que Astorga era una de las ciudades que pedía a Garzón abrir su fosa común, la noticia me impactó de tal manera que esa noche no pude dormir de tanto como me bullía la cabeza. Contacté inmediatamente a Mercedes Unzeta y a Martín Martínez que yo pensaba me podían informar, pero los dos me contestaron lo mismo: “no hemos oído nada de nada sobre el asunto”. Fui entonces a Google y me pasé un día entero pinchando diferentes direcciones relacionadas con Astorga pero lo único que hallé, a pesar de las muchas entradas que hay sobre la ciudad y sus hoteles, fue una mención a los presos asturianos que llevaron a su cárcel en 1934, después de la Revolución de Asturias, y de nuevo en 1937, cuando cayó el Frente Norte. También di con una información muy valiosa donde, entre otros temas, se hablaba de presos bañezanos transportados en los autobuses Ramos al presidio improvisado en el monasterio de San Marcos (León). Aunque algo había oído hablar de ese terrible lugar -“el que entraba no salía”- me faltaba aún el conocimiento documental e histórico para sopesar hasta qué punto se cometieron en ese edificio plateresco, convertido hoy en parador, las mayores atrocidades. 

 

[Img #28429]

 


Al leer el nombre de Ramos la sangre se me heló en las venas porque el recuerdo inocente de aquella tarde cuando siendo muy niña me pinché con ortigas en el jardín de la hija del dueño, quedó manchado de sangre para siempre. Eso iría sucediendo en progresión aumentativa a medida que fui leyendo los trabajos publicados por serios profesionales donde mencionaban lo sucedido durante la guerra en la provincia de León y luego, a través de las entrevistas que hice, me enteraría de lo que ciertas personas cercanas a la familia  paterna, incluso perteneciente a ella, habían hecho. Hasta ese momento yo sólo las había percibido como abuelos y abuelas de, padres y madres de, tíos de, hermanos de. Porque una cosa es leer libros de Historia y otra muy diferente internalizar la participación de la propia familia en esos hechos históricos, sobre todo si es contraria a la propia ética, hay una resistencia lógica a dudar de lo que se tiene ante las propias narices. A medida que iba metiéndome en la investigación y me iba enterando de lo que tantos conocidos habían hecho durante la guerra, éstos se fueron trastocando en verdugos y cuanto más supe de ellos más tipos encontré de esa calaña por toda la provincia, equiparables a otros en el resto del país. Es más, incluso alguno podría ser inscrito en el catálogo universal de los más sádicos. 

 

El asunto de la fosa en Astorga me perturbó sobremanera sin embargo, de haber sido mencionada una fosa en otra parte de España no me habría sorprendido lo más mínimo y no me habría causado tan enorme incomodidad incluyéndola mentalmente en la lista de las que van apareciendo por todas partes. Lo impactante para mí era la existencia de una en la misma Astorga donde estaba convencida de que no había pasado nada. Sentí entonces una gran necesidad de ponerme a desmontar lo que empezaba a percibir como una gran mentira, algo que me ha sucedido tantas veces en la vida, para llegar al fondo de las historias de mi padre al que yo creía muy de derechas, sí, pero incapaz de crueldad ninguna. Lo más fuerte era la implicación de mi madre a quien yo había catalogado de mucho más abierta. El silencio de ambos hablaba de una inconmensurable negación que sólo ahora empezaba a descubrir había existido, hasta ese momento siempre pensé que mis familiares no temían en absoluto, como otros, hablar de la Guerra Civil. 


Entre la documentación que hallé me vino a las manos un artículo de Javier Rodríguez publicado el 23 de febrero de 2006 en el Diario de León, donde dice lo contrario de lo que contaba mi padre: "En esa provincia la represión fue muy fuerte. Precisamente por ser una de las primeras provincias sublevadas y porque con la represión se ayuda a instaurar el nuevo orden, que no debemos olvidar que fue dictadura. León es un buen ejemplo donde se puede estudiar la represión porque fue sublevada desde el principio...". El León de Javier Rodríguez no se parecía en nada al poco menos que idílico glosado por mi padre y mi madre pero en muy pocos meses me percaté de que esa provincia, lejos de haber sido un remanso de paz, es un colador lleno de fosas comunes todavía sin abrir. Una prueba más de que la dictadura partió de un genocidio. Y siguió siéndolo.

 

 

[Img #28426]

 

 
Tan pronto  empecé a investigar me fui dando cuenta de que la frase “aquí no pasó nada” tapaba la amarga y cruenta verdad de lo sucedido en Astorga y La Bañeza, siendo exactamente igual a lo acontecido en el resto del país. La lectura de documentos, periódicos, libros, todo lo que encontraba en mi búsqueda de respuestas, hizo que pudiera dar fecha exacta a la mayoría de las historias que me habían contado en casa insertándolas en el amplio contexto socio-político de la época. Sabía de antemano que la familia paterna, estuviera donde estuviese, habría apoyado siempre el golpe pero tenía mis dudas respecto a la de mi madre. Sin embargo mi padre y mi madre coincidían en decir: “Tuvo que venir por fuerza el Movimiento, no había otro remedio, porque estaba todo muy revolucionado”. Él siempre nos hizo saber que había cumplido con el deber de todo buen patriota alistándose en el ejército ‘nacional’ en el mismo momento cuando se dio el parte de guerra, luchando desde el primero hasta el último día en los diversos frentes que le tocaron “para defender a mi madre y a mis hermanas” y por supuesto jamás dudó de que la legalidad no estuviera de su lado. Como decía Gibson en El País el 12.02.2012 “para la derecha, este país le pertenece. Y los otros son usurpadores”.     

 

(...)

Noticias relacionadas
Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress